Tantadel

septiembre 19, 2012

John Lennon en 2012 ½

Ayer en un programa radiofónico dijeron que en Inglaterra una revista de rock había hecho una elección para saber quién era el mejor músico de las últimas décadas. Resultó John Lennon. Compitió con las figuras centrales del rock. Habrá que precisar que John se formó musicalmente en un contexto formidable. Está allí la recién iniciada Revolución Cubana, el Che Guevara todavía vivo, la heroica defensa de Vietnam, los diversos movimientos estudiantiles que iniciaron en mayo del 68 en París, el hippismo, la revuelta sexual, las drogas, el amor entre flores e ideas comunitarias, las manifestaciones de distinto cuño por la paz y en contra de la guerra, las acciones revolucionarias de los negros en EU como Black Panther, Black Power o las encabezadas por Malcolm X. Para redondear el panorama repleto de inquietudes positivas, en África se agitaban los pueblos árabes y negros, amparados por ideas de no alineación política con ninguna de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Se acababa rápidamente el colonialismo, surgían nuevas naciones y proyectos socialistas armados o pacíficos. En América Latina teníamos dos tipos de lucha en perspectiva: la vía armada y la ruta electoral como en Chile. Es lo que muchos han llamado la década prodigiosa, un periodo de activismo político, rebeldía y amor libre al amparo del rock que hizo vibrar al mundo entero. Las nostalgias de hoy tienen fundamento en ese periodo que va, para ponerlo de modo claro y fácil, de 1960 a 1970 y algo más. Imposible las precisiones, no hay fechas exactas, de allí que sea Elvis (1955) quien arranque la década y se cierre con grupos y movimientos posteriores a los sesenta y desarrollados en los setenta. Los datos fijos, históricamente hablando, no existen, siempre hay antecedentes, personajes anteriores, que permitieron los cambios y otros que toleraron su extensión antes de morir. Los Beatles, sobre todo John Lennon, amaron a Elvis, luego, al encontrarse con él en Graceland, el rey los descontroló: no era más el rebelde que sacudió al mundo anquilosado, absorto ante las canciones cursis de Bing Crosby o de la inefable Doris Day. En este caso, Frank Sinatra se cocina aparte. Fue un caso notable y absolutamente memorable del pasado que supo hacerse leyenda sin modificar un ápice su estilo y el fraseo genial que lo hizo un fenómeno artístico y le permitió morir rodeado de éxito humeante por los cigarrillos que fumó y por la cantidad de whisky ingerido incluso en los escenarios. Todavía en pleno auge de Beatles y Rolling Stones, de Dylan y Jim Morrison, metió algunas canciones al Hit Parade. A su vez, Lennon cantó más de una rola de Presley, Gene Vincent o Budy Holly, en homenaje a los pioneros de mayor talento.




De todos los pioneros del gran rock, los Beatles ocuparon un primer lugar. Al principio los vi uniformados, con el mismo corte de pelo, propios y agradecidos con el público (el “respetable”, diríamos los mexicanos, cuando todo tiene menos respetabilidad) que comenzaba a idolatrarlos. Brillaba Lennon, a pesar de la presencia de Paul, la simpatía de Ringo y la seriedad de Harrison. Alguna vez le preguntaron a Keith Richard si era mejor guitarrista que su compañero de banda, Ron Wood (quien sustituyó a Mick Taylor en 1974), “no lo sé”, repuso el extravagante roquero, ídolo del actor Johnny Deep, pero juntos somos insuperables. Ésa era la clave de los Beatles: juntos eran geniales, no importaba que Ringo o Harrison fueran de menor talento, reunidos en el escenario o en el estudio de grabación eran inmejorables y muy pero muy peculiares.



Los Beatles encantaban, poseían el arte de evolucionar. Pronto fueron más famosos que Jesucristo y desde luego más gozosos. Tengo sus discos, incluido el asombroso Álbum blanco en primera edición. Me acompañaron por años, hasta que los Beatles anunciaron su dolorosa separación. ¿Tan rápidamente un grupo genial rompía su amistad y trabajo colectivo, luego de una profunda e imborrable huella? Muchos responsabilizaron a Yoko Ono, otros vieron la ruptura como parte del discreto enfrentamiento entre los dos mayores talentos de la banda: John y Paul. Cada quien hizo lo que pudo por su lado y quienes mayores triunfos consiguieron fueron justamente Paul y John. Harrison los siguió con discos formidables, el álbum All Things Must Pass, digamos, en cuyo interior estaban “My Sweet Lord” e “Isnt’it a Pitty” y Ringo puso en juego su simpatía y cordialidad para grabar viejas melodías que le iban a su estilo y no le fue nada mal, supo conservar la relación con sus ex camaradas y tocaba la batería con unos y otros.



Sin duda una etapa estaba llegando a su fin y la anticipaba la ruptura de los Beatles, la desaparición de otros grupos de alta calidad y la fatiga política del bloque socialista que, dicho sea entre paréntesis, no era muy dado a permitir el carácter subversivo del mejor rock y prefería seguir en las tranquilas aguas del estalinismo, sólo útil para impedir ver lo que abajo ocurría: poco a poco se desmoronaban los cimientos que Lenin logró hacer y donde no pudo construir el edificio completo, serían sus sucesores los autores de una obra de pésima calidad y cuyos resultados ya no están a la vista. La revolución marxista, la gran utopía, había muerto o estaba en plena fuga.



Opinión 2012-09-19 - La Crónica

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