Tantadel

septiembre 28, 2012

Rosario, ¿la de Acuña o la del PRI?

Hasta la aparición de Rosario Robles, la Rosario más célebre fue la llamada de Acuña, Rosario de la Peña y Llerena, la que jamás se casó con el poeta, prefirió los requiebros de otro poeta, Manuel M. Flores. Fue sin duda una mujer excepcional. Vivió sus mejores años dentro del grupo intelectual más distinguido del siglo XIX, y de muchas maneras fue el eje y la inspiración de los delirios poéticos de sus contemporáneos. Famosa para la posteridad, más por el suicidio de Manuel Acuña, que por obra propia, pasó sus días finales insistiendo en que nada tuvo que ver con la muerte del afamado autor del “Nocturno a Rosario”, naturalmente dedicado a ella. Ignacio Ramírez y José Martí fueron dos grandes artistas que también le dedicaron hermosos versos. El escritor e independentista cubano le escribió una larga serie de cartas. A su círculo asistían Justo Sierra, Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio y muchos más, asimismo célebres. Rosario debió ser una personalidad magnética, muy fuerte, culta e inteligente. Las fotos y los recuerdos de sus amigos no la favorecen físicamente. Como mi novia del bachillerato se llamaba Rosario, leí todos los poemas que la de Acuña recibió de muchas maneras.


La leyenda se adueñó de la historia y le puso, como era pleno romanticismo, cualquier cantidad de elementos fantasiosos a la mujer-leyenda-Rosario. En el siglo XXI se sigue escribiendo y tratando el tema y es imposible desligarla del nombre del poeta que se suicidó en una de las habitaciones de la Escuela de Medicina, situada entonces en el lúgubre y hermoso edificio que fue sede de la Santa Inquisición, donde tanto sufrimiento provocaron los católicos españoles. Queda una dolorida placa en uno de sus muros recordando el triste suceso, el que los vinculó para siempre, por más que Rosario rechazaba con elegancia al joven talento.
A finales del siglo XX, apareció impetuosamente otra Rosario, toda proporción guardada, de apellido Robles. Muy pronto fue imprescindible para Cuauhtémoc Cárdenas y con celeridad escaló hasta lo más alto del PRD. Fue incluso jefa del gobierno capitalino, rango que no alcanzaron otras mujeres destacadas de larga trayectoria como Beatriz Paredes y María de los Ángeles Moreno. Brillaba por su radicalismo en favor del PRD. Tenía razón, había sido el conducto para su veloz éxito. Pero el amor es más fuerte que la política (claro, no en todos los casos) y así como un rey inglés, Eduardo VIII, renunció al trono por el amor de una mujer norteamericana Wallis Simpson, ella sucumbió a los encantos de un audaz y joven empresario de origen argentino. Nunca la política mexicana había visto tal escándalo, sin duda porque la corrupción de muchos perredistas estaba de por medio. Rosario Robles fue humillada, lanzada públicamente a la calle y todavía, conforme a los cánones más atrasados, lapidada sin piedad. Dolida (ella lo ha dicho) se refugió en los medios de comunicación y en quienes le dieron alguna protección.
Como pudo, rehizo su carrera y ahora la vemos al lado del futuro presidente Enrique Peña Nieto. Quienes saben, explican que ocupará una secretaría de Estado. ¿Cómo se recuperó Rosario Robles y qué hizo para merecer un sitio en la cúpula priista, de suyo tan cerrada? Hay muchas versiones. Me quedo con una poco lógica, pero de aires románticos. Alguien me dijo que su retorno triunfal, que la pone muy por encima de sus antiguos camaradas convertidos en sus mejores detractores y críticos, se debe a que el PRI corresponde con lealtad a los servicios prestados. Rosario Robles trabajó en silencio para Peña Nieto.

Hace unos días los medios destacaron la presencia de Robles en la boda de un hijo de Carlos Salinas, precisaron que estaba en la mesa de lujo. Como yo jamás le he hecho un favor al PRI ni a ningún otro partido, ignoro qué secretos esconde dicha respuesta o reacción priista. Pero finalmente me alegra por ella. Como perredista era insoportable, ahora la imagino menos arrogante y más segura: cruzó -siguen las referencias poéticas- el pantano y no se manchó. Indica algo más: la fuerza del poder. Antes los ex priistas se iban al PRD a buscar lo que su propio organismo les negaba, ahora los perredistas (no tanto hoy, sino dentro de unos tres años) caminarán discretamente hacia el PRI. Y yo seguiré intrigado sobre cuáles son los caminos hacia el poder, pensando en Rosario Robles, aunque prefiero reflexionar en el amoroso caso de un poeta notable que se mató por una mujer sensible, culta y atractiva: Rosario de la Peña.
A Rosario Robles la vida le ha sido favorable, si no supo comportarse con los capitalinos como una verdadera jefa de gobierno sino que actuó como perredista fanática y hasta resentida, ahora está ante una nueva posibilidad: la de pasar a la historia como una buena política y una gobernante destacada. La pertenencia a un partido en México, no importa más, todos son o están por ser saltimbanquis. El PRD en su mayoría abrumadora está dirigido por ex priistas y no solamente es visto con simpatías por millones de ciudadanos, sino que hasta se ha disfrazado de izquierdista, algo que es inaceptable por evidentes razones, incluso históricas.
Opinión 2012-09-28 - La Crónica

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