Tantadel

octubre 22, 2012

Cataluña busca su independencia

¿Cómo conocí Cataluña? De modo accidental. A fines de 1969 estaba en París, estudiando, cuando me rencontré al inmenso novelista Alejo Carpentier. Lo conocí con un grupo de escritores mexicanos entre los que estaban José Agustín, Emmanuel Carballo y Gustavo Sáinz, en casa del editor de origen español Rafael Giménez Siles, amigo de Martín Luis Guzmán. Fue una velada memorable. El novelista cubano habló de sus maravillosas experiencias literarias. En el segundo encuentro, le pedí que me respondiera un breve cuestionario. Dijo que sí, pero no volví a verlo en mucho tiempo. En París decidí visitarlo. Fui a la embajada cubana en Francia y pedí verlo. Su esposa Lilia salió afectuosa a recibirme y dijo que por ese momento era imposible: estaba escribiendo el prólogo a las obras de Thomas Mann. Me retiraba desolado cuando ella añadió: pero Alejo me ha pedido que veas tu agenda y me digas si puedes cenar en casa el próximo viernes. Yo ni siquiera tenía agenda, así que anoté la dirección.


Al llegar a su confortable piso en una zona hermosa, ya estaban los demás invitados: el escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier, su esposa Grecia, el artista plástico, entonces en tareas cinéticas, Julio Leparc y una pareja asimismo interesante, ella sueca, él chileno, ambos diplomáticos cuyos nombres por desgracia he olvidado. Fue una cena estupenda y el comienzo de una excelente amistad. En uno de esos días, Carpentier de nueva cuenta me invitó a cenar, ahora en la residencia diplomática de Cuba. Festejaban el paso de una delegación deportiva. Fui a sabiendas que no me interesaba platicar con atletas, pero sí mantener viva la amistad con el legendario narrador y musicólogo cubano. Allí se acercó una pareja, una muchacha y un hombre ligeramente mayor. Resultaron hermanos, catalanes, por añadidura. Eran militantes comunistas (clandestinos, desde luego) y esperaban conversar con intelectuales cubanos. Nos hizo gracia la pretensión y platicamos largamente. El resultado (algo inaudito) fue que con una enorme facilidad nos invitaron a mi esposa y a mí a Barcelona, ellos vivían en esa soberbia ciudad, pero tenían un departamento en Sitges, a unos cuantos minutos por tren.

Luego del desconcierto, decidimos aceptar la invitación y una tarde de noviembre llegamos a Barcelona, donde nos esperaban los hermanos. De entrada nos invitaron a cenar en compañía de otros catalanes, todos cordiales, gratos, inteligentes. Si con nosotros eran atentos, con los franquistas eran severos. Tampoco Madrid les hacía mucha gracia. Ellos eran catalanes, no castellanos. Si bien a nosotros se dirigían en nuestro propio idioma, entre ellos, unos seis o siete camaradas, utilizaban su propia lengua. Con el vino espumoso apareció la alegría y ella, Maribel, cantó en su idioma. Era la primera vez que escuchaba el catalán. Fue una hermosa experiencia.

Estuvimos dos semanas en el departamento y al final nos despedimos cordialmente. Les obsequiamos un par de libros míos y nunca volvimos a vernos. A Barcelona fui muchas veces más y siempre fue una ciudad cordial. Incluso durante un par de años, la afamada agencia literaria, infatigable promotora del Boom latinoamericano, de Carmen Balcells, me representó en España.

Han pasado muchos litros de agua bajo los puentes desde entonces. Finalmente Franco murió, España se democratizó, se hizo una potencia, pero no volvió a la república ni a muchos de los ideales por los que multitud de castellanos, vascos y catalanes pelearon contra los fascistas: la independencia de las distintas naciones que la integran. Si los alemanes e italianos fueron brutales con los vascos y así quedó constancia en la soberbia obra de Picasso, Guernica, con los catalanes los franquistas fueron drásticos: prohibieron su idioma y en vano trataron de “castellanizarlos”. Cataluña, muy orgullosa de su historia y sus valores, supo resistir.

Pero la paciencia ha llegado a su fin. Son más aquellos catalanes que desean ser una nación independiente que quienes desean mantener el mismo estatus bajo control de una monarquía ridícula y costosa. El problema sin duda es más de fondo, pero el caso es que ahora la mayoría de sus habitantes demandan ser una nación, con relaciones fraternales con el resto de España, como ha ocurrido en la ex Unión Soviética, donde se desgajaron aquellas nacionalidades sometidas por el comunismo. O como ocurrió en los países de Europa oriental, donde regiones con cultura e historia propias se independizaron.

En noviembre habrá referéndum para que Cataluña decida su futuro y ayer lo hizo el País Vasco. El jefe del gobierno Mariano Rajoy está preocupado, y reaparecen tintes del franquismo más añejo. Hablan de unos y otros como separatistas, secesionistas, les vaticinan “la nada”: quedarán no sólo fuera de España, sino también de la Comunidad Europea. No es verdad. Obtendrán su independencia y tendrán, si el gobierno de Rajoy y la monarquía actúan con talento y sensibilidad, dos naciones amistosas y prósperas, que nunca han pedido su alejamiento de la Comunidad Europea. De lo contrario, el encono aumentará. Pero tarde o temprano, ambas regiones obtendrán aquello por lo que tanto han luchado: la plena autonomía, la independencia y acaso una alianza fraternal.

Opinión 2012-10-22 - La Crónica

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