Tantadel

octubre 24, 2012

Destruir el DF es de familia

Escribí un libro sobre la ciudad de México, Antigua grandeza mexicana, fue editado por Porrúa Hermanos, lleva prólogo de Martha Fernández, investigadora de la UNAM (Instituto de Investigaciones Estéticas), autora de incontables trabajos sobre arte y arquitectura nacional y defensora de la herencia que nos dejaron aquellos grandes artistas y arquitectos, especialmente de la Colonia. Con rigor, mi volumen es más una serie de recuerdos nostálgicos del Centro Histórico, sitio donde estudié, que una reflexión sobre los méritos de iglesias y edificios civiles, viejas casonas coloniales y los restos del mundo azteca. Es, o eso intenté, hacer una autobiografía intelectual, hablar no sólo de las añosas construcciones, sino de sus más distinguidos habitantes y de aquellos intelectuales y artistas plásticos que conocí en mi niñez de la mano de mis padres, quienes trabajaban en la SEP y me llevaron a las bellas edificaciones que la UNAM utilizaba cuando estaba en medio del ombligo del mundo y no existía la CU. Deslumbraban Palacio Nacional y la Catedral. Era un sitio extraordinario, de belleza e historia que ha perdido encanto a causa de la capacidad destructiva de los gobiernos capitalinos.


Si hemos de seguir haciendo culpable al PRI de todos los males del país, fue justo con tal partido que por carecer de ambiciosos proyectos urbanos, de políticas racionales para evitar que los habitantes, la pobreza y los automóviles la desbordaran y la convirtieran en una ruidosa e incómoda urbe. Sin embargo, los perredistas han sido, en tal sentido, grandes promotores de la destrucción del DF. Total, son primos hermanos de los primeros. Todos se formaron en el mismo perol cuyo objetivo es tener empleo “digno” dentro del sistema.

En tal caso trabajaron particularmente López Obrador y Marcelo Ebrard. Esto es, continuaron la obra del regente capitalino, Manuel Camacho, personaje en otra época estrechamente vinculado a Carlos Salinas. Manuel, entre otras aberraciones, decidió modificar el sitio donde estaba la pobre Diana Cazadora, a pesar de que uno de los intelectuales más brillantes y de mayor lucidez, el doctor Silvio Zavala, escribió varios artículos para explicar cómo y hacia dónde debería moverse la afamada escultura. En síntesis, don Silvio precisaba que su entorno era y debe ser boscoso, como en todas partes del mundo. El funcionario no lo escuchó, en esos momentos de gloria y esplendor político. Una vez reinstalada la obra, don Silvio publicó un ensayo señalando que la figura había desmerecido al ponerla sobre una base excesivamente grande. Dicho en otros términos, la escultura se había achicado.

A Camacho le escuché decir, mucho tiempo después, algo terriblemente agudo: “A la gente le gusta, ¿no?”. Con tales criterios, López Obrador se dio lujos extremos creyendo que gobernaba Macuspana. Destruyó el Paseo de la Reforma y le restó dignidad a un bello paseo con un camellón en verdad ridículo, al que la voz popular denominó cola del Peje.

A pesar de que el grito de guerra perredista fue “Primero los pobres”, tanto Obrador como Ebrard hicieron obras gloriosas en honor del automóvil. Los segundos pisos son una obra para los ricos o para aquellos que tienen uno o más coches. Las grandes obras de Marcelo han sido espectaculares porque están concebidas no para mejorar la transportación de las mayorías (el Metro, los autobuses, o reubicar ambulantes), sino para subsanar un problema sin solución ya: la proliferación de los automóviles y darles circo a los capitalinos.

A cambio, a los pobres les han entregado, en una ciudad de escasas zona verdes y de relativa seguridad, los sitios menos adecuados para que jueguen y se diviertan. Entre muchos otros, está el Monumento a la Revolución, dedicado al millón de muertos y desparecidos durante la gesta, un sitio funerario donde fueron sepultados algunos héroes del movimiento. Es la tumba del general Cárdenas, el más grande de los mandatarios que México ha tenido en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Gracias a la poca o quizás excesiva imaginación de Ebrard, fue convertido en un grotesco e indigno sitio para vendedores ambulantes, jóvenes practicando con patines o patinetas. De la misma forma en que degradó al Zócalo, al convertirlo en magno salón de usos múltiples: de la protesta en favor de causas políticas favorables, a cancha de futbol, pasando por pista de hielo y alberca. Imposible transitar por allí para observar la majestuosidad de la Catedral Metropolitana o el severo Palacio Nacional. Imposible apreciar el sagrario, las inmensas bocinas y las torres de la televisión que transmitirá el concierto de rock lo impiden. Hay tocadas musicales o una fiesta en honor de las figuras intelectuales al servicio de Marcelo. O megapantallas para ver a la Selección Mexicana. En las noches es uno de los depósitos más grandes de basura y en consecuencia de cucarachas y ratas. Para qué hablar de otro punto emblemático, Chapultepec.

Sé que los perredistas y sus seguidores me cubrirán de epítetos y acusarán de burgués, cuando yo sólo quiero recordar la belleza serena del Centro Histórico, por donde transitaban las más brillantes figuras de la música, la literatura, la academia y las artes plásticas.

Opinión 2012-10-24 - La Crónica

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