Tantadel

octubre 08, 2012

¿El fin del presidencialismo?

El mayor problema nacional es la tendencia de los mexicanos a buscar la salvación de la patria en los caudillos del color que sean. En tal sentido, México es un enorme productor de tiranuelos aclamados por las masas. Antonio López de Sana Anna y Porfirio Díaz son dos grandes ejemplos, mas no los únicos. La Revolución fue un grandioso movimiento progresista, logró derribar al dictador, pero no fue capaz de eliminar a los caudillos. Al contrario, ellos mantuvieron el poder, una vez que eliminaron a sus rivales (también notables líderes). Poco a poco, el Estado mexicano fue modernizando la presencia de los hombres fuertes, altezas serenísimas, emperadores y dictadores de toda índole. Era indispensable mejorar la figura del gran líder, acotarlo y así fue que Lázaro Cárdenas, visionario y talentoso, le dio forma, respetabilidad y sólo seis años en el poder. A partir de ese periodo, un partido dominó la escena política, sus siglas finales nos han abrumado: PRI.


Prácticamente todas las facultades de los del caudillo se concentran de modo constitucional en la figura del presidente de México. Jorge Carpizo, en un libro importante, precisó las dos maneras de concederle poderes al mandatario: las facultades que le concedía la Constitución y aquellas metaconstitucionales que le daba la historia de caudillos y tiranos, de hombres que han dominado de manera severa al país. El Poder Ejecutivo hasta 2000 sometió brutalmente a los poderes restantes: el Legislativo y el Judicial. De tal forma peculiar, el presidencialismo subía o bajaba de tono, según el carácter del Presidente en turno. Por ejemplo, no es lo mismo el presidencialismo bajo Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría que en los periodos de Miguel de la Madrid y Ernesto Zedillo. No obstante, las facultades están de una u otra forma latentes. No somos ni una nación parlamentaria ni acabadamente una democracia.

Durante los gobiernos panistas, Fox y Calderón no tenían la experiencia de cabalgar el sistema político hecho por el PRI y sus antecesores. A duras penas se mantuvieron y jamás tuvieron la capacidad y la habilidad para modificarlo. Ahora se va el PAN, con la cola entre las patas. Regresa el PRI, soberbio y arrogante, pero con cautela. La sociedad mexicana ha cambiado.

¿El presidencialismo a la mexicana habrá llegado a su fin y Peña Nieto acabará lo que sin proponérselo iniciaron Fox y Calderón? Parte de la respuesta la tenemos en la historia, en los gobiernos conservadores que no supieron gobernar. Dentro de este aspecto, el acertado columnista Francisco Garfias contó una anécdota ilustrativa. “Sucedió en la comida de Felipe Calderón con los dirigentes de las organizaciones empresariales en Los Pinos. Estos le pidieron al Presidente de la República que interviniera ante los senadores del Partido Acción Nacional para aprobar, en sus términos, la minuta enviada por la Cámara de Diputados. La respuesta que dio el anfitrión los dejó atónitos. ‘Por el tiempo que me queda, no me alcanza la fuerza política en este tema. Trátenlo con Madero. Tiene más fuerza política que yo’... Los patrones apenas podían creer esa confesión de debilidad. Los más viejos comentaban que nunca habían escuchado a un primer mandatario saliente decir lo que acababan de escuchar. Mucho menos a aceptar que el jefe nacional del partido podía más que él, en cualquier tema. Pero los tiempos cambian”.

Ello podría parecer el final de un grave problema nacional, el poderío del Presidente, el hecho de que nadie se atreviera a contradecirlo, a darle un rotundo no. ¿Cómo explicar que Felipe Calderón, quien en estos días recorre triunfalmente el país proclamando sus éxitos, de pronto se subordine a un pobre hombre que fue incapaz de hacer un papel inteligente en el pasado proceso electoral? Un político muy menor.

En mi propia experiencia, sólo pude comprobar el absolutismo del Presidente. Mas un líder sindical de mucho peso o algún integrante del gabinete o un gobernador fuerte, me aclararon que al Presidente jamás se le dice no, que nadie ha hecho público su rechazo. Resulta que ahora Calderón se pliega al hombre que él mismo encumbro en la nada. ¿Dónde están los triunfos de Madero, en dónde radica su poderío? En ningún sitio. Lo que vemos es un sistema desfalleciente y un mandatario de poco carácter, el que ya ni respeto inspira en los dirigentes panistas.

Retomo la pregunta: ¿con esta actitud se acabará el presidencialismo tradicional o todavía lo veremos resurgir con el retorno del PRI? No es fácil saberlo. Pero dentro del futuro gabinete y entre los gobernadores priistas hay mucho del antiguo estilo político. Peña Nieto pareciera no ser un hombre autoritario, pero los métodos que lo rodearán podrían hacerlo.

Lo que es fundamental para el desarrollo del país como nación moderna y democrática es eliminar los restos del presidencialismo tradicional. De lo contrario, si regresa, nos volveremos a estancar. Se requiere de un Presidente sólido, eficaz, que sepa mandar, pero que no abuse de los poderes que los mexicanos le hemos dado, para de tal manera avanzar hacia un sistema más equilibrado, de corte parlamentario. El caudillismo disfrazado de presidencialismo sexenal ha sido una tragedia.

Opinión 2012-10-08 - La Crónica

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