Tantadel

octubre 03, 2012

El gran solitario de Palacio

Hace una semana el distinguido periodista Jorge Fernández Menéndez, en Excélsior, habló de la soledad palaciega de los hombres en la cumbre del poder. Citó a dos autores: Luis Spota con su saga de novelas sobre la política mexicana, y la mía, El gran solitario de Palacio, como ejemplos de su argumentación. Ayer fue el aniversario de la matanza de Tlatelolco. Por curiosa coincidencia, me notificaron que la BUAP y la UAM harán ediciones conmemorativas de Los juegos y El gran solitario de Palacio. Ambas llevarán prólogo de especialistas y una suerte de proemio mío sobre el momento en que las escribí y las razones que me impulsaron a dicha tarea. La iniciativa proviene del director de Derecho y Ciencias Sociales, Guillermo Nares, y del coordinador de la Maestría en Ciencias Políticas, Nicéforo Rodríguez, de la universidad poblana. La primera novela fue una sátira al mundo intelectual y es contracultural, crítica y divertida. La segunda es un mural sobre la represión en México. Es, pues, una tragedia. Las dos fueron escritas en tiempos en que el Presidente de la República y su círculo, los intelectuales al servicio del poder, eran intocables. Escribí Los juegos en 1966 y la otra en 1970. Tanto una como otra fueron objeto de censura y rechazo: no era posible tolerar que un joven escritor se lanzara contra los más distinguidos paladines del sistema. Políticos e intelectuales, siempre en contubernio, fueron satirizados sin piedad. Los juegos, que tenía promesa editorial, fue finalmente rechazada cuando Rafael Giménez Siles, dueño de la empresa, y su asesor literario Emmanuel Carballo, pensaron que yo me excedía en el trato hacia los integrantes del sistema. La polémica fue ruidosa. Jorge Volpi hace algún recuento incompleto en un libro suyo y me vi obligado a hacer las dos primeras ediciones con mis propios recursos y el apoyo de amigos entrañables como José Agustín y su novia de ese momento: Angélica María.


Me parece, cito de memoria, que El gran solitario de Palacio ha sido el más afortunado de mis libros. Lleva unas veinte ediciones, la primera fue en Buenos Aires, en 1971, y la más reciente es de Nueva Imagen, en la serie de mis Obras Completas. La Asamblea Legislativa hizo una edición conmemorativa. Está traducida a varios idiomas y lo han comentado hasta adversarios míos. En mi página web hay algún recuento de sus más destacados críticos mexicanos y norteamericanos. Algunos le han dedicado tesis, por una de ellas, de la UNAM, supe que he vendido más de cien mil ejemplares. Una cifra nada despreciable para un escritor poco conocido.

Al contrario de lo que algunos han expresado, no es el retrato de la masacre del 2 de octubre de 1968, sino una especie de mural de aquellos años dominados brutalmente por el PRI. Aunque el personaje central es Gustavo Díaz Ordaz, en su interior habitan todos los que han conformado el sistema político mexicano que pareció acabar en 2000. Hay algo de política ficción en la novela. El Caudillo, o presidente en turno, es siempre el mismo, pero cada seis años modifican su perfil, lo someten a una cirugía plástica, le dan una nueva familia y un proyecto más o menos novedoso. Ante el tiranuelo están los estudiantes, el movimiento que sacudió al país y que actuó con brillantez y coraje, con inteligencia y una ideología clara de izquierda. No se trataba de una lucha solamente contra el dictador, lo era en contra de toda la economía de mercado.

Para escribirla no sólo estaba mi experiencia, la de un simple activista en tránsito de alumno a profesor universitario, dentro de un movimiento de gran envergadura cultural e ideológica, tuve que releer una serie de libros sobre dictaduras latinoamericanas: Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. Más adelante, el tema obsesionaría a los grandes escritores como Alejo Carpentier, con El recurso del método; García Márquez, con El otoño del patriarca; Augusto Roa Bastos, con Yo el Supremo; Mario Vargas Llosa, con La fiesta del chivo, y muchos más atraídos por las infinitas posibilidades de las tiranías latinoamericanas.

El 68 mexicano no fue el único, era más bien heredero de una época de inconformidad y movimientos rebeldes inspirados políticamente por la Revolución Cubana y la guerra estadunidense contra el indómito Vietnam. En lo cultural, por la poesía Beat, el rock más contestatario, los caducos sistemas educativos y la conducta cerrada de gobiernos de escasa educación democrática. En París y Praga, en las universidades norteamericanas, los jóvenes elevaban sus protestas. Todavía tenía fuerza el bloque socialista y el pensamiento de Marx lo encarnaron de muchas formas personajes rebeldes y de infinito valor como Ernesto Guevara, asesinado en 1967.

En ese contexto apenas dibujado, lleno de esperanza, cuando los obreros estaban inmovilizados a causa de partidos anquilosados, la juventud estudiosa representó una opción que movió a los intelectuales. En París, Sartre destacaba su potencial revolucionario y muchos más pedían una alianza trabajadores-universitarios para eliminar a la burguesía o al menos restarle poder. El movimiento estudiantil mexicano sacudió a todos, fue renovador. Pienso que es un parteaguas, un antes y un después, lo que hace pensar en las grandes razones y causas que movieron a miles y miles de jóvenes.

El final es desolador y sus momentos de ironía son pocos y dolorosos. Cómo sonreír siquiera ante las bayonetas y los tanques.

Opinión 2012-10-03 - La Crónica

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