Tantadel

octubre 19, 2012

Temas tabú

Tengo una amiga que le encantan los refranes, le parecen todos exactos a causa de que han probado su validez a lo largo de siglos, en cualquier país de habla hispana. A la menor provocación aprueba toda una hipótesis con un dicho popular. Yo le digo que sea cautelosa en su vida académica y social en general, la modernidad ha traído hasta nosotros cambios insospechados y, desde luego, peligrosos. ¿Quién de habla castellana se atrevería a decir en una fiesta de africanos: evitemos que se convierta en una cena de negros? Lincharían a la persona que se limitó a repetir una frase hecha, sería acusada de racista. Algo similar, pero más barato, le sucedería a quien dijera en Chiapas que no tiene la culpa el indio, sino quien lo hace compadre. Pero hay un tema más peligroso para la integridad de un varón: referirse con valores añejos a las mujeres. La acusación de machista aparece en el acto. Si uno no se dirige al público al modo de Vicente Fox: compañeros y compañeras, señoras y señores, niñas y niños, el final, por bueno que sea, no provocará aplausos del sector femenino. Olvidamos que el lenguaje tiene la tendencia a la brevedad, el colmo es Twitter, de tal manera que hablar con las precisiones que el feminismo exige es imposible e inútil.

Yo, con una simple broma, escrita hace décadas, he tenido problemas: Feministas son aquellas que te abofetean cuando les cedes el paso y que se distraen a la hora de pagar la cuenta. El feminismo pone en riesgo a cualquier señor que no esté al tanto de los avances logrados por las mujeres. Por eso los políticos (hombres en su mayoría) son cuidadosos al respecto. Alguna vez, en Alemania, durante un congreso literario donde compartíamos la mesa de debates personas de ambos sexos, las compañeras hablaron con vehemencia de las luchas de género, aunque no viniera al caso. Hugo Hiriart hizo una precisión: Las mujeres (cito de memoria) al lograr que entre sus derechos quedaran el ingreso a las cantinas, sólo consiguieron hacer suyos los defectos de los hombres: el alcohol, el tabaco y el lenguaje de carretonero.

Mi opinión al respecto es peor: pienso que el acceso de las señoras a los centros de esparcimiento y vicio llamadas cantinas, tugurios y burdeles, no fue un logro para ellas y sí una derrota apabullante para el viejo estilo machista, sobre el que han escrito y cantado los más destacados compositores populares. Ahora no es posible utilizar el lenguaje soez, que es francamente espléndido, porque junto a la mesa de uno se encuentra una dama con sus hijas o hijos, pa’l caso es igual. Nos inhibe profundamente y tampoco ponerse a babear y decir estupideces como una forma de desahogo por el maltrato de una sociedad injusta. Los meseros son propios y dejaron de ser aquellos psicólogos del pasado que nos daban consejos sabios ante los problemas amorosos que padecemos los señores.

No hace mucho, la opinión de mi admirado colega Rafael Cardona, expresada en una reunión de políticos y periodistas, donde curiosamente no había damas, me dejó gratamente sorprendido (Rafael, a quien conozco desde hace décadas, tiene la capacidad de asombrarme con su agudeza): Cuando permitieron el acceso de las mujeres a las cantinas, no arruinaron la vida de los varones, arruinaron al país. Todos lo festejamos como una espléndida humorada. Me quedé pensativo y luego me dije: mi amigo tiene razón. Enumerar las causas de su aseveración, de apariencia radical y hasta dogmática, llevaría mucho espacio. Baste decir que estoy de acuerdo. El escritor Fedro Guillén solía decir que si las cantinas eran las universidades de la vida, nosotros, él y yo, seríamos rectores. El aprendizaje en dichas instituciones, hoy convertidas en vulgares restoranes o fondas, según, donde todo se hizo más caro al ponerle un mantel sucio a las mesas que impiden jugar dominó correctamente, con el ruidoso chocar de las fichas contra el metal y la frase de “ya los chingué, cabrones, les ahorqué la mula de seises”, está prácticamente prohibido en el nuevo código impuesto por la presencia de tres o cuatro señoras que decidieron darse el día libre e ir a tomar una “copita” de jerez, una vez que le dieron de comer a sus respectivas familias. Lo que implica una nueva definición: Las feministas son aquellas que trabajan doble: en las tareas domésticas y en las oficinas.

En fin, es un tema largo, amargo, polémico y riesgoso para quien como yo se educó oyendo canciones de Agustín Lara, José Alfredo y las voces bravías de Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís. Ah, y leyendo la Biblia, donde las mujeres son maltratadas. En realidad hice todo este inútil prólogo para mencionar que el Senado, en sus intentos demagógicos de género, decidió convertir a la antes velocista Ana Gabriela Guevara en presidenta de la Comisión de Asuntos Migratorios. En su crítica, José Cárdenas preguntaba cuáles méritos tiene para tal cargo. Destacó su ignorancia en el tema y precisó que ella llegó al cargo vía plurinominal, sin hacer una propuesta. Para colmo, dijo algo que los perredistas y petistas negarán: es una mujer producto, sí, de su esfuerzo, pero también de la televisión odiada. Todavía mientras sus camaradas buscaban la manera de derrotar a Peña Nieto, Ana Gabriela hacía la crónica de los Juegos Olímpicos para el canal de las estrellas.

Ya ven, no hay un Senado escrupuloso, sino uno al vapor.

Opinión 2012-10-19 - La Crónica

No hay comentarios.: