Tantadel

noviembre 30, 2012

¿El fin de la pesadilla?

A horas del cambio de poderes. El presidente Felipe Calderón insiste en mostrarnos sus logros. Al parecer dos de ellos son el deporte y la cantada, pues con frecuencia lo vemos en los medios televisivos pedalear y hasta cantar de manera desafinada y sin respeto a la banda que porta simbólicamente en el pecho. Si al menos fuera Plácido Domingo, nos alegraría escucharlo, pero con esa voz lamentable da risa. Haría un buen coro con Consuelo Sáizar, su titular del CNCA, quien según las crónicas escritas por el infatigable novelista Gonzalo Martré y dadas a conocer a través de Internet, quien recién acaba de publicar un libo donde la muestra de cuerpo entero, no canta mal las rancheras. La llama incluso, con escaso respeto a su imaginaria alta investidura cultural y su facilidad para gastar dineros públicos, “cantante de rancheras”. El deporte desmiente a quienes acusan al mandatario de que suele pasarse de bebidas espirituosas. Ha inaugurado carreteras en bicicleta y participado en carreras maratónicas.


La gente sencilla y la complicada también se preguntan por qué tanta fiesta si su sexenio estuvo lleno de ruidosos fracasos. Es posible hallar la respuesta en una anticipada defensa de las críticas y acciones punitivas que puedan darse una vez que deje Los Pinos en manos de su enemigo el PRI.

Pese a los comentarios adversos, Calderón recorre el país, como Marcelo Ebrard lo hace en las abrumadas calles capitalinas, sin descanso: inaugura obras inconclusas, declara, pronuncia discursos infatigables llenos de lugares comunes y justificaciones no solicitadas. No obstante su euforia, hay cifras que lo contradicen: si hizo su mejor esfuerzo, no fue suficiente. En materia de derechos humanos, lo que implica hablar de lucha contra el crimen organizado, fracasó por completo, ruidosamente. Según el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia, el periodo de Calderón deja “más de 100 millones de delitos y 46 mil muertos”. Una cifra escandalosa para un mandatario salido de las filas de un partido que afirma tener principios éticos y una gran cercanía con Dios, al que Felipe Calderón ha citado con frecuencia, dejando de lado que el nuestro es un Estado laico.

La cifra de muertos no parece ser exacta, varía, hay medios y organizaciones responsables que hablan hasta de 70 mil fallecidos sin contar los desaparecidos. De cualquier manera, aceptar 46 mil es algo que no puede enorgullecer a nadie. EU en la guerra contra Vietnam tuvo alrededor de 55 mil bajas, como consta en el cementerio de Arlington. Y ésa fue una guerra de gran violencia que los norteamericanos perdieron. En México, 46 mil o 70 mil, qué importa, es algo monstruoso. Indica que el Presidente nos metió en un problema de largas consecuencias y que parece no tener fin. Se despide dejándonos una suerte de memorial donde se recuerdan las bajas oficiales: apenas unas cuantas más de 200 muertes de soldados y marinos, de policías. ¿Y los demás, aquellos que murieron en lo que llamamos efectos colaterales?

Habría que obtener primero una cifra de los criminales liquidados físicamente, sumar a los que han sido detenidos y finalmente veríamos que el mayor número de víctimas han sido civiles, personas que nada tenían que ver con la guerra entre Calderón y el crimen organizado. ¿A ellos quién los va a recordar? ¿Sólo Javier Sicilia, algunas organizaciones de derechos humanos? ¿Quién? Sin duda sus amigos y familiares. Para los demás son solamente una cifra, una cifra que es utilizada con fines políticos.

También Raúl Plascencia tuvo algunas alusiones a la tortura. Calderón no ha respondido o mejor dicho, nos explicó que no había otra solución más que la de entrar en esa guerra. No deja de tener razón cuando precisa que fue un problema heredado por la complacencia de los gobernantes anteriores a él, pero no justifica el haber entrado en una guerra descomunal sin ninguna preparación, sólo suponiendo que las Fuerzas Armadas del país podrían vencer con relativa facilidad. No ha sido así. El crimen organizado, en un país pobre y en manos de pésimos políticos, es capaz de renovar sus cuadros dirigentes sin mayores dificultades. Por otro lado, México carece de verdadera inteligencia. No es EU, tampoco Israel o Alemania. Entonces los éxitos llegan por denuncias, por pugnas internas de los capos, por accidentes, jamás porque las autoridades realizaron un trabajo espléndido de inteligencia.

De otra parte, es bien sabido que las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para una lucha de tal índole. Sus rutinas y educación persiguen otros fines. Se han ido formando en la lucha cotidiana y entonces no es difícil que de pronto cometan errores y hayan recurrido a métodos que no deberían existir como la violencia y la tortura.

El siguiente gobierno tendrá que replantearse a profundidad el problema y ver cómo es posible mantener la lucha llevándola con inteligencia y eficacia. No será fácil: hay que retirar al Ejército y la Marina de las calles, luego de lograr una eficaz policía capaz de combatir con éxito al crimen organizado y al narcotráfico. En eso hay que pensar y no preocuparse más por las fiestas de despedida de Los Pinos de Felipe Calderón. La historia lo juzgará, dice la frase común. La realidad es que ya lo juzgó y lo halló culpable.

Opinión 2012-11-30 - La Crónica

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