Tantadel

noviembre 18, 2012

Entre Marx y José Revueltas

En Berlín, en la zona de museos, me topé con el monumento a una pareja inolvidable: Marx y Engels, a unos metros, está Lenin, el hombre que intentó llevar a la práctica las teorías de los primeros. Me dejaron pensativo en medio del bullicio de una ciudad que presume su capitalismo, donde el consumismo es fundamental. La ciudad que en 1945 estaba en ruinas, de nuevo está de pie; hermosa y arrogante. Sabe que desplaza a las grandes capitales del mundo. Museos soberbios, boutiques, sitios culturales, universidades de alto rango, una euforia constructiva impresionante.


Pocos se detienen ante las figuras que concentraron su poderío intelectual en la destrucción de la economía de mercado para crear un nuevo mundo, equilibrado y justo. Pensé en mi larga militancia comunista y asimismo en las grandes batallas que dio el Ejército rojo para destruir la poderosa maquinaria bélica fascista. Recordé a José Revueltas, uno de mis escasos maestros de política, amigo de mis padres. Fue un convencido pleno de las ideas de los personajes citados. Cuando se alejó del poco eficaz Partido Comunista, escribió un libro magnífico, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, decidido a buscar posturas ideológicas más adecuadas para México, distantes de las ideas del brutal estalinismo. Creó su propio partido de corte marxista-leninista, al que calificó de espartaquista. Pocos leyeron su libro. Lo siguieron unos cuantos. Para la mayoría era un novelista que militaba en una izquierda caótica. No muchos se percataron de su lucidez intelectual. Había dado con la clave para crear un partido comunista distinto, novedoso, crítico, lejos de los mandamientos de Moscú y dentro del espíritu revolucionario de los creadores del socialismo científico.

Parte de mi vida está ligada a sus tesis. Me acerqué a él para mostrarle mis cuentos iniciales. Como reacción habló del compromiso literario con el proletariado y las capas más desamparadas de la sociedad, las que él conocía y para mí eran enigmáticas. Había comenzado su carrera literaria escribiendo sobre sus prisiones, Los muros de agua, y cerrado el ciclo con El apando, otra obra carcelaria, luego de los sucesos de 1968. Yo era clasemediero típico, educado por abuelos maternos católicos. Nunca estuve en una asamblea proletaria. Pasé el tiempo entre escritores y académicos. Cuando a través del poeta español Juan Rejano, regresé al Partido Comunista, un amigo me lo reprochó delante de Revueltas. Pepe se limitó a decir: “Si René cree que ése es el camino, está bien”. En largas reuniones él exponía sus teorías y posturas, movía piezas de un imaginario ajedrez político. El final llegó: acompañado por su última pareja, Emma, y unos cuantos admiradores, murió. El socialismo se dirigía al derrumbe, triunfaba el capitalismo: supo adaptarse perfectamente a una nueva era, en tanto el mal llevado pensamiento marxista se tambaleaba. Stalin lo había recreado a su imagen y semejanza, en un desmesurado culto a la personalidad y de un autoritarismo brutal. La caída fue estrepitosa y no produjo más que regocijo a escala internacional. Quedamos algunos en plena orfandad, listos para vivir de nostalgias e ideas que hoy suenan absurdas. Los conceptos aprendidos, los pensamientos innovadores, se quedaron en calidad de utopías. Si Marx y Engels escribieron del socialismo utópico al socialismo científico, orgullosos de sus descubrimientos sociales, su trabajo pasó a libros de sueños y fantasías.

Las efigies de Marx, Engels y Lenin han sobrevivido a la debacle, sus obras están en bibliotecas y no en librerías. La izquierda no sabe qué rumbo tomar. Habla de Estado de bienestar, por decir algo. No se le ocurre pensar en lucha de clases o interpretar los hechos a través del materialismo dialéctico. Hablar de dictadura, del proletariado hace reír a cualquier joven. Es ridículo. Los tiempos son diferentes. Necesitaríamos una nueva revolución intelectual. ¿Quiénes la harán?

Excelsior- 2012-11-18

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