Tantadel

noviembre 19, 2012

¿Ha cambiado París?

Conocí París a través de viejas litografías, libros de viajes y las tarjetas postales que me enviaba mi padre alrededor de 1953. Estas últimas eran en blanco y negro y mostraban paisajes urbanos de notable belleza, con calles semivacías y pocos automóviles. Sus interiores los seguí a través de la literatura. En tal sentido, Víctor Hugo fue una valiosa ayuda. Me enamoré de esa ciudad enigmática, célebre, que no sufrió los atroces daños de otras ciudades europeas durante la Segunda Guerra Mundial. Si Moscú, Leningrado, Varsovia, Dresden, Berlín o Londres sufrieron las consecuencias del conflicto, París fue afortunada. Sólo ha resentido el paso de los años y el gradual e inexorable ingreso a la “modernidad”. Sus más bellos y emblemáticos edificios y monumentos sufren el desgaste natural y el descuido de sus habitantes, como en cualquier otra urbe.


Mi generación, la llamada de la “Onda”, tuvo más que ver con la cultura norteamericana que con la europea. París no fue el eje, sino Nueva York. Para mí, la primera seguía siendo la capital del mundo. Así como la generación perdida había estado allí masivamente (Picasso se desarrolló cabalmente y de todo el mundo la visitaban revolucionarios, intelectuales, artistas plásticos), yo acudí a su llamado a través del doctorado que Rosario decidió llevar a cabo en la Universidad de París, mejor conocida como la Sorbonne. Llegamos en 1970. Los ecos del mayo 68 resonaban. Era, como siempre, una ciudad combativa, una especie de centro de las actividades políticas de una izquierda que no podía luchar sin riesgo de muerte en sus respectivos países: palestinos, bolivianos, argentinos, chilenos y mexicanos, luego de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.


Francia estaba en manos de los partidarios del general De Gaulle. La izquierda, dividida en dos grandes bloques, el socialista y el comunista, intentaban llegar a complejos acuerdos para presentarse unidos a las elecciones. La figura central del primero era Fraçois Miterrand, la del segundo, Georges Marchais. Pero a su alrededor existían una multitud de pequeños grupos y tendencias, destacaban los trotskistas y los maoístas que ya tenían discrepancias con la Unión Soviética. Los anarquistas, venidos a menos, seguían con terquedad su peculiar sentido de libertad. Eran pocos, pero insistentes. Venían de tradiciones guerreras poco usuales. Recuerdo a algunos de ellos que habían peleado casi en solitario contra los fascistas en España y luego contra Alemania, ya eran mayores, pero su legendaria tenacidad no había disminuido.

En la Universidad de París tuve algunos compañeros que pretendían adquirir conocimientos para regresar a sus respectivos países una lucha violenta por la libertad y la democracia. Los palestinos, como hoy, daban una batalla desigual y apenas comprendida. Tenían (tienen) en su contra la eterna vergüenza de los europeos por las persecuciones racistas concentradas en los judíos. Son las víctimas oficiales, las que llenan de monumentos todos los países y los que ahora se ensañan con sus vecinos de una manera brutal, ante la indiferencia del mundo. El sábado, por ejemplo, los palestinos y unos cuantos aguerridos franceses hicieron un par de mítines: uno frente a la Ópera y uno más en Châtelet, a un costado del Sena. No eran miles los manifestantes, ni siquiera cientos. Yo diría que eran docenas. Así los vi en Nueva York y nunca los he visto en América Latina. Un compañero dice que no existe más la solidaridad internacional, que hemos regresado, pese a la globalización, a un insano nacionalismo. Es posible.

Lo que pretendo decir es que París sigue siendo una hermosa dama llena de joyas y tesoros, un centro turístico abrumador y una ciudad que tiene en cada iglesia una sala de conciertos. Sus museos son fantásticos y sus restaurantes ofrecen posibilidades gastronómicas infinitas. Lo que falta es aquel espíritu revolucionario que la hizo vanguardia del pensamiento político. Quedan placas conmemorativas, efigies, nombres simbólicos en las calles, pero poco de aquello que la hacía un enclave avanzado en todo sentido. Las grandes avenidas y las callejuelas estrechas son parte de un imperio consumista y no hay equivalencias: faltan las figuras intelectuales que ofrecían ideas valiosas a todo el orbe. Jean-Paul Sartre, por ejemplo, no orienta más a la izquierda, ni Albert Camus nos deslumbra con sus novelas. En Alemania, Günter Grass inquieta con poemas que presentan realidades nuevas. No mucho más. Europa es un continente príncipe, campeón de la globalización, ya no es un agitador. A lo sumo nos convence con sus magníficos productos que los turistas adquieren. Internet, en las manos de los jóvenes despolitizados, sigue sin mostrar el poderío “revolucionario” que muchos le atribuyen, es más una herramienta social que un arma política. Ya no se escuchan proclamas incendiarias contra la feroz economía de mercado. La izquierda obtuvo un triunfo político porque ofrece migajas, disminuciones de impuestos, dádivas, rebajarle el sueldo a los funcionarios. A ningún político se le ocurre repensar a los clásicos del marxismo. Buscan una sandez: el Estado de bienestar, con un rey al frente o con un presidente más burgués que luchador social. Sin embargo, como escribió Ernest Hemingway, París sigue siendo una fiesta.

Opinión 2012-11-19 - La Crónica

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