Tantadel

noviembre 11, 2012

Kafka y Arreola

Jamás pude imaginarme toda la riqueza literaria que encontraría en Borges.


Ahora que México ha puesto de moda el plagio, tendremos que distinguirlo de la influencia. Siempre hay algún escritor que nos impresiona y se queda con nosotros de modo indeleble. Cuando ingresé al bachillerato, el maestro de literatura, Fausto Vega, nos hizo leer a diversos grandes autores. No fue fácil entenderlos, pero él solía explicarlos bien. Joyce y Proust me complicaron la existencia en esa época. En alguna clase, el profesor Vega, hoy distinguido funcionario del Colegio Nacional, citó a Kafka y a Borges. Al primero, lo leí con atención y sorpresa; La Metamorfosis, del segundo nada me era familiar: su nombre era sonoro y lo busqué en las librerías del Centro Histórico, donde entonces estaba la Preparatoria 7. Jamás pude imaginarme toda la riqueza literaria que encontraría en Borges. Cuando lo conocí, en Buenos Aires, debí preguntarle muchas cosas de su mundo literario, opté por escucharlo atentamente. Nunca lo oí hablar de Kafka, pero en su obra es un referente fundamental.

Juan José Arreola fue el primer gran escritor que aceptó leer los materiales de mi generación. Más todavía, ante nuestra admiración, aceptó darnos clases. Toda mi generación trabajó con él. Las sesiones en su casa eran los miércoles y jamás nos cobró un centavo. Fue en exceso generoso. Después, en 1965 recibí la beca del legendario Centro Mexicano de Escritores. Eso me permitiría trabajar un año bajo la conducción de Juan Rulfo, Francisco Monterde y el mismísimo Arreola, quien solía hablar con entusiasmo de Kafka. Recordé que había escrito poco antes un breve cuento, Variación sobre un tema de Kafka, basado en Una cruza. Se lo mostré, le hizo algunas observaciones y me dijo: Toda mi vida quise hacer una larga serie de variaciones sobre Kafka. No pude por más que lo intenté. Hágalas usted.

Tampoco lo conseguí. Muchos años después, en Bogotá, me encontré con una reciente edición española de La Metamorfosis, la releí y de pronto las variaciones demandadas aparecieron en cascada, milagrosamente. Cada frase me decía algo y yo me limitaba a tomar el silencioso dictado. Al concluir, luego de unas tres horas, me dije: se las haré llegar o quizá sería mejor llevárselas yo mismo a Jalisco, a su pueblo. Era una especie de tarea retrasada. Sin duda le daría gusto saber que muchos años después, cumplí su encargo. Al día siguiente, de México, me llegó una atroz noticia: mientras yo las redactaba, Arreola había fallecido. Nunca las leería. Son unas veinte, les puse una detallada historia de cómo y por qué las escribí y vinculé a mi maestro. No aparecieron en un libro de cuentos sino en una autobiografía para recordar la influencia que tuve tanto de Kafka y Borges, como de Arreola. Un blog español dedicado a recopilar los trabajos relacionados con el autor checo los incluyó.

Hacía años que no pensaba en ellos, ni siquiera cuando hablo de Arreola y su devoción por Kafka. Ahora, luego de visitar las casas en las que vivió, de ver el museo que Praga le dedicó y caminar sus avenidas, las recordé y de nuevo vino a mi mente aquella tarde en que le di a Juan José Arreola un par de hojas para que leyera mi primer trabajo en tal sentido. Cuando veo mis cuentos, noto que entre mis infinitas deudas están los citados escritores, especialmente Kafka. Por ello he puesto sus nombres en infinidad de libros. Ahora que acabo de recorrer las calles que él caminó, donde padeció y murió, me siento desconcertado: habría vivido gustoso en Praga, cuando él recorría su hermosa ciudad. Más aún, me hubiera gustado escribir la carta a su padre, pensando en el mío.

Alguna vez me irrité porque un escritor mexicano, desdeñoso, calificó a Juan José como epígono de Kafka. No lo era. Pero ahora sé por qué admirarlo, para Arreola era un signo de orgullo.

Excelsior -2012-11-11

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