Tantadel

noviembre 09, 2012

La cultura mexicana desde Europa

En la República Checa existe una evidente y legítima veneración por Kafka. Hay otros como Jan Neruda, Gustav Meyrink, Karel Capek, Rainer Maria Rilke o Egon Erwin Kisch (quien vivió en México) o Milán Kundera, todos ellos nombres familiares en el mundo. En Praga son referencias, figuras emblemáticas. Pienso si tenemos casos semejantes. Me asomo a Internet. La computadora me informa que circula un manifiesto firmado por 400 intelectuales que le demandan a Peña Nieto tenga lo que hasta hoy ningún presidente ha tenido: política cultural. La nota (vaivenes de Internet) llega de Nueva York en un correo de la muy combativa y siempre indignada Malú Huacuja. Me hago una pregunta: ¿Kafka, Rilke o Kundera, en el remoto caso de que fueran mexicanos, la suscribirían o buscarían una reunión casi privada con el próximo presidente para hablar de temas culturales? No lo creo. Estarían preocupados haciendo su propio trabajo, sin buscar políticos de alto rango. En este sentido, somos un caso único. El poder tiene magia, embruja a los intelectuales. Octavio Paz exigió que el poeta se mantuviera lejos del príncipe. Él no pudo. Terminó su vida acariciado por los más altos funcionarios. Su historia se repite en la mayoría de los casos.


No es, en consecuencia, una historia única, la vida de los intelectuales y artistas mexicanos es copiosa en este sentido. Peña Nieto no los buscaba como gobernador ni tampoco como candidato presidencial. Las circunstancias lo han llevado a tratar de vincularse con ellos. Pero en lugar de realizar una reunión masiva con escritores y artistas plásticos, ha optado por algo así como una relación de bajo perfil. Grave, porque padece un peligroso antecedente: la cultura fue lo último en preocuparlo. Cuando sus colaboradores más distinguidos trabajaban en todas las materias, la responsable de la transición en este sentido, fue designada. Hasta hoy, y luego de postergar una cita con intelectuales, al fin se reunió con una lista que no llegaba a diez. En cambio, Marcelo Ebrard se exhibe con los más destacados escritores ante los medios de comunicación, los pasea, los premia y se fotografía con ellos. Los resultados, podríamos decir, son positivos, para él y para los artistas que buscan parte del poder.

Hace poco, en un artículo, me permití ironizar la falta de legítimos izquierdistas. Dije que si Lenin fuera mexicano, estaría en la antesala de Peña Nieto. Del mismo modo podríamos suponer que de nacer en México, Kafka trabajaría en CONACULTA y en ratos perdidos escribiría sus prodigiosos relatos, temeroso de ser descubierto y despedido. La relación de intelectuales y poder político en México es complicada o perversa por una razón fundamental: los premios, reconocimientos, becas, empleos, viajes, etcétera, en alta medida dependen del Estado. Estar en su contra, ser crítico, es peligroso.

En muchos países democráticos, el intelectual, el artista, se mueve con entera libertad, es crítico y nada pasa. Entre nosotros debe ser zalamero y suplicarle al Estado que se apiade de su condición de vida. En otros sitios, ni al intelectual le preocupa la vida del poder ni a éste le interesan sus opiniones, está preocupado por gobernar con tino y en tal sentido tendría que trabajar por la educación y la cultura. En los países que ambos se mueven en sus respectivos ámbitos, las cosas funcionan bien. O mejor que México. Dudo que el presidente Adolfo López Mateos haya sido un gran lector de literatura, pero tuvo el tino de poner a Jaime Torres Bodet en la SEP y a Martín Luis Guzmán en la Comisión del Libro de Texto Gratuito, mientras que en el INBA estaba José Luis Martínez. En este contexto, Kafka hubiera sido tratado con respeto. Desde luego, no habría tenido que asistir a reunión íntima, de colegas, para explicarle al alto político la importancia de la cultura. Suplicar que se atienda la complejidad del mundo de las artes. Los altos funcionarios tendrían que saber que un país sin cultura es una buena broma. Algo peor, un país con burócratas lamentables dirigiendo tales tareas, no va a ningún sitio. Complica las cosas y no alcanza un cierto prestigio entre las naciones verdaderamente interesadas en la educación y la cultura, la alta cultura, añadiría Mario Vargas Llosa. El espectáculo, la definición casi antropológica de este complicado término, no requiere estímulos o apoyos, marcha sin problemas apoyado por la televisión comercial y medios insensibles. Una tocada de rock en el Zócalo o convertir un monumento grandioso en lugar de recreo y vendedores ambulantes, no estimula a la sociedad a ser lectora de un Kafka o un Joyce. Ni siquiera da votos.

La República Checa es muy pequeña, más de lo que era en el pasado, sin embargo ha sabido dar grandes artistas. Más todavía, recientemente tuvo un presidente escritor: Václav Havel y en el pasado, en 1918, al filósofo Masaryk. He preguntado si hay comisiones de intelectuales que le piden una política cultural al Estado y algunos escritores y académicos, asombrados, me miran. Es mejor regresarme a mi mundo, a ver qué sucede con tantos intelectuales pidiéndole al Estado que cumpla con sus tareas. El poder busca prestigio. El intelectual reconocimiento. ¿Hay forma de mezclar con dignidad ambos intereses?

Opinión 2012-11-09 - La Crónica

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