Tantadel

noviembre 04, 2012

La libertad, un arcaísmo

La ciencia y la modernidad nos han colocado cadenas mucho más pesadas y han creado nuevas dependencias.


En el siglo XVIII los revolucionarios descubrieron que el hombre nacía libre y que enseguida lo sujetaban con cadenas. Jean Jacques Rousseau lo dijo y todos lo aceptaron. La libertad en consecuencia es un hecho social, para conseguirla basta con eliminar las cadenas. Ello sería el resultado de códigos inteligentes. Pareciera poca cosa, pero la empresa es gigantesca. Cada letra del código nos limita. Hoy en día la poca libertad que tenemos es por omisión, porque en Estados Unidos, Francia, Rusia o Cuba, las autoridades olvidaron nuestro número de registro. Si alguien dispone de cierta libertad, no es más que a causa de un descuido, una simple negligencia, explica Georges Henein. Lo interesante sería ver cómo desaparecen las omisiones legalmente. El hombre más afortunado, el multimillonario, es un descuido de la policía y vive angustiado en espera de que (y parafraseo a Trotsky) le cambien el esmoquin por un traje a rayas de presidiario. Recuerdo mis años escolares, donde un maestro de economía nos decía: Sí, hay libertad de empresa: si uno tiene mil millones de dólares, puede poner el negocio que quiera. El intelectual y el artista, a su vez, se imaginan libres, dicen que las ideas no pueden ser objeto de persecución. Están en su derecho ingenuo de así creerlo, pero su pensamiento ha sido secuestrado por decisiones ajenas a su voluntad y se limitan a repetir conceptos e ideas, valores que otro les puso en la cabeza como si fueran chips en computadoras.

¿Regresar, pues, a la naturaleza? Aunque es una constante que cada tanto aparece en las mentes simplistas como las de los hippies, no es la solución. La ciencia y la modernidad nos han colocado cadenas mucho más pesadas y han creado nuevas dependencias. Marx insistía en que era necesario adueñarnos de la naturaleza para ser libres, nos evitaría ser esclavos de la ciega necesidad, precisó. Ahora podemos ver que no basta el dominio de la naturaleza. Ella misma está sujeta a la peor esclavitud: al dominio de la mano del hombre que es capaz de modificar a gran escala ecosistemas, destruir bosques, enfangar lagos y desaparecer ríos. Quien encuentre fuera del materialismo dialéctico, esperanzas libertarias, fallará sin remedio o al menos chocará con las tesis de pensadores como Marx.

Para Marx, vivir en una sociedad comunista era la posibilidad de ser libre por entero, libre para seleccionar su actividad favorita (sin regirse por reglas de mercado, donde el trabajo no es una mercancía) o para ir de una a otra y finalmente dedicarse al arte, a la creación. Ésa es una hermosa parte de la utopía marxista. La realidad es otra: uno trabaja donde puede, no donde lo desea.

Madame de Staël hurgó más profundamente en el espíritu humano para escribir lo siguiente: “La libertad es incompatible con el amor. Un amante es siempre un esclavo”, idea que comparto a plenitud. Para ser por completo libre, según Madame de Stäel, uno tendría que dejar de amar y ello no es posible. Mucho más lejos que la aguda Madame de Stäel, el Marqués de Sade nos propuso alcanzar la plena libertad a través del más violento erotismo. La propuesta asustó aún a los más radicales revolucionarios de su tiempo: siempre hay una infausta moral que nos limita e impide que la libertad sexual aparezca proporcionándonos segundos o minutos de intensa sensación de libertad. Como castigo a tal osadía, Sade fue prisionero de asilos y cárceles, y pasó tras las rejas más tiempo que fuera de ellas.

La libertad es una utopía, un sueño hermoso que se ha convertido en pesadilla. No existe: la sociedad, apoyada poderosamente por las religiones y el Estado, se ha encargado de eliminarla al someternos a toda clase de reglas. Ni siquiera nos queda la propuesta de Sade. Mucho menos cuando tenemos oculto a nuestras espaldas a un Big Brother inquisidor o un voyerista ensimismado impidiéndonos la realización del acto liberador.

Excelsior - 2012-11-04

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