Tantadel

noviembre 02, 2012

La obstinada vocación del cuentista

Hace unos días impartí en Puebla un apretado curso titulado “Las grandes novelas mexicanas del siglo XX”. Por horas hablé de lo que infinidad de críticos y lectores consideran el “género rey”. A su lado, el cuento es modesto. Sin embargo, suelo defenderlo. Confieso que soy un cuentista disfrazado de novelista o mejor dicho, un autor de textos breves que se ha visto obligado a escribir novelas debido a las circunstancias o por las exigencias de un tema. En una amplia bibliografía, apenas tengo ocho novelas. Lo curiosos es que las arrogantes novelas venden mucho más que sus familiares pobres, los cuentos. La verdad es que poco me importa, uno escribe lo que debe y punto. Cuando México tenga crítica literaria, es posible encontrar la correcta valoración. Pese a todo, me gustaría hacer una reflexión al respecto.


Se dice y con razón que el cuento es el género más difícil. Algunos críticos han señalado que William Faulkner, por ejemplo, se consideraba a sí mismo un cuentista frustrado o un autor que al menos sabía valorar en su amplia dimensión al relato breve y algo parecido se cuenta en relación al novelista Ernest Hemingway, tan necesitado de grandes espacios para contar sus historias. No deja de ser interesante que ambos hayan logrado la perfección con relatos cortos. El segundo con El viejo y el mar, el primero con Miss Zhilphia Gant. Pero quizá sea necesario ir por partes. Un buen cuento puede ser alcanzado con relativa facilidad, sólo es necesario pulirlo una y otra vez hasta obtener algo notable. Lo realmente complejo es integrar un volumen de cuentos de sostenida calidad. El gran libro de historias breves tiene que estar conformado por siete, nueve o doce muy buenas historias enmarcadas cada una por una excelente estructura y una atmósfera semejante. De tal forma, Borges escribió, digamos, Historia universal de la infamia, Torri De fusilamientos, Arreola Confabulario, Rulfo El llano en llamas y Cortázar Bestiario. He aquí lo realmente difícil: crear un libro de cuentos. Mientras que en la novela se tiene un puñado de personajes y una historia, acaso dos o tres, en el tomo de cuentos hay diez o trece historias y una estructura para cada una de ellas. Es necesario conservar elementos que unan las historias, aires y ambientaciones, temas y tratamientos. De otro modo, no estamos en presencia de un gran cuentista. Es un escritor que se ha limitado a poner cuentos de diferentes subgéneros: uno policíaco, otro de ciencia-ficción y uno más de amor. En cambio, el que ha sabido trabajar con rigor y vocación, logra que haya unidad entre sus relatos. Tal es el gran escritor, el cuentista verdadero.

¿Cuentos o textos?

En los tiempos actuales, escribo en 2012, los géneros literarios y los periodísticos se han mezclado entre sí mismos y entre ambos con una especial intención: buscar la novedad, la originalidad y una mayor riqueza. En periodismo, la crónica y el reportaje se han enriquecido con la presencia de la prosa narrativa. De ella toma la belleza, pero no así la ficción, lo que caracteriza a la novela, al cuento y a la poesía. Los trabajos literarios buscan mayor eficacia expresiva. Por ello el cuento tradicional se ha resquebrajado al aceptar en su interior desarrollos ensayísticos, párrafos de prosa poética, supresión de diálogos o el monólogo interior como salida al relato habituado a contar en tercera persona o en un yo muy visible. A veces, hay que aceptarlo, el cuento carece de imágenes y metáforas, algo que en siglos pasados se utilizó con frecuencia, entonces de pronto uno siente la presencia del artículo periodístico, de un anuncio redactado para atraer compradores y clientes o de una historia que alguien urdió para terminar sus días en las páginas de un diario o revista. O se trata de una simple y llana descripción, con frecuencia zoológica. O de una biografía inventada, como en el caso de Marcel Schwob, cuya benéfica influencia es visible en Borges. ¿Cómo llamar a este tipo de trabajo? Juan José Arreola solía calificarlo como texto o le decía varia invención. El caso es que ahora es difícil clasificar una historia. Ya no es la extensión lo que permite la precisión: de tantas páginas en adelante, es una novela, decían los “especialistas”. Pero y ¿dónde quedaba el relato que superaba las cincuenta páginas destinadas para ser novela o la historia de una línea, dónde? Lo importante de la literatura es escribir bien, la clasificación vendrá después, es parte del trabajo de los críticos. Yo, no me he propuesto sino contar todo aquello que se me ocurrió, a veces como un ejercicio de literatura automática, otras como un acabado producto de la conciencia literaria y la reflexión y siempre bajo el influjo de los libros. No sé si llamarlos cuentos, croniquillas, o de plano entrar en toda la terminología de reciente cuño como brevicuentos, minificciones o minirrelatos; los míos son textos, frases, bromas, ensayos, historias apócrifas, variaciones sobre temas universales, cuentos embozados, varia invención, y como tal espero su lectura sin buscarles definición alguna a no ser la de literatura.

Opinión 2012-11-02 - La Crónica

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