Tantadel

noviembre 14, 2012

La tediosa uniformidad de los políticos

Hace unos veinte años, el periódico donde trabajaba me envió a cubrir las elecciones de una importante ciudad norteña. Fui y comencé el reportaje investigando a los dos aspirantes a la presidencia municipal: uno era del PRI, el otro del PAN. Platiqué con ambos para distinguir sus posiciones ideológicas y las causas que los conducían al campo electoral, escuché sus propuestas, apenas diferían. Prometían con entusiasmo obras públicas y enormes beneficios a la población. Yo apuntaba. En una reunión con el panista, una guapa y distinguida señora, aburrida, miró la grabadora y mi libreta de apuntes e irónica me dijo lo obvio: ¿Es periodista, verdad? Por desgracia, señora, repuse, y como ve usted, me toca cubrir lo peor del país: la política.


La mujer se acercó lo más que pudo y en voz baja me precisó: No se esfuerce mucho. Los dos son casi idénticos: Uno es del PRI y su rival es del PAN. Ambos han sido diputados locales y luego federales. Tienen dinero, son empresarios, estudiaron en el Tec de Monterrey, hablan inglés y sus hijos estudian igualmente en escuelas particulares. La rivalidad es aparente: son compadres y sus respectivas familias tienen una estupenda amistad. Por favor, no se guíe por las duras palabras que se propinan.

Recordé que en mis años de estudios, un profesor con sentido del humor, insistía en algo curioso: Las diferencias entre PRI y PAN son cada vez menores. Son como los partidos uruguayos: se diferencian por la hora de ir a misa o como los gringos: siempre divididos por el envase, no por el contenido. Los demócratas son como la Coca-Cola y los republicanos como la Pepsi-Cola. Saben ligeramente distintos, el líquido, como el tabaco hace daño. Vote por quien quiera, es igual: ambos defienden el sistema de libre empresa y los sueños hegemónicos de Estados Unidos. El Destino Manifiesto.

Era, es, cierto. Ahora, de reportero me he convertido en articulista de fondo, pero antes ocupé diversos cargos que me permitieron observar a los políticos, desde luego, siempre a distancia, lejos del poder. Hoy algunos hablan del PRIAN, pero otros observan las alianzas PAN-PRD para derrotar al Revolucionario Institucional. Si vuelvo a las recomendaciones de aquella atractiva y aguda señora, las cosas se han hecho peores. Al PRD, al ser edificado por ex priistas, le brindaron más de un aspecto característico del padre. Ya todos están bien vestidos y combinan la ropa según valores televisivos. El discurso cambia de dirección, pero es idéntico. Todos son, como panistas y priistas, empresarios o dueños de negocios hechos al amparo del poder. Sus hijos asisten a escuelas privadas y la vieja idea de ser útiles a la sociedad desapareció completamente. Son útiles a sí mismos. A nadie más. Las alianzas y contra alianzas, son matices, puro oportunismo por más que digan que son básicos en la política, que en eso consiste. Se trata de “buscar consensos, acuerdos” que los ayuden en sus búsquedas.

Lo mismo es posible extenderlo a los otros partidos. Cada político busca su propio patrimonio, es decir, su fortuna personal. El erario es un simple botín. Los escucha uno discutir, agredirse, son posturas, en el fondo están de acuerdo en mantener sus prerrogativas, su poder debe estar por encima de la sociedad. Al principio los perredistas se calificaban como los priistas, de “servidores públicos”, hoy se presentan como “autoridades”. Cuestión de matiz.

La falta de ideologías, de auténticos deseos de cambio, los iguala. Las diferencias son cada vez menores. Pronto tendremos una masa incolora de políticos y sólo nos guiaremos por la habilidad de combinar los colores de la vestimenta: unos con corbata amarilla, otros azul, unos más roja o verde. Ninguno busca la utilidad social, sino beneficiar a la totalidad del sistema político, para no perder prebendas. De allí que con frecuencia piense en las palabras de aquella señora que en minutos me hizo un retrato perfecto de dos políticos aparentemente opuestos. En los cinco años de carrera en la UNAM, jamás escuché tanta claridad, sobre todo en los tiempos en que había ideologías. Hablar con un priista, un panista, un perredista o un “ecologista” es escuchar lo mismo: nadie busca cambiar el sistema, quieren dinero, cargos, que sus familias tengan lo mejor. El pueblo sólo sirve para votar. Es su lógica. Es probable que el único que tenga un discurso diferente, falso, pero distinto, sea López Obrador. Es de un simplismo aterrador, pero al menos se sale de lo común. Los restantes son acartonados, falsos, plagados de lugares comunes y frases hechas, de palabras tramposas. De allí que podamos decir sin temor a equívocos: en México, política sólo hay una. Los partidos son iguales o muy semejantes. Sin embargo, la ciudadanía consigue lo imposible: diferenciarlos y de esta manera acuden a las urnas. Con una pasmosa ingenuidad. Esto puede implicar dos cosas: O que el PRI es el gran modelo, en lo positivo y en lo negativo o que la política nacional padece su más grave crisis de identidad y ningún partido sabe lo que quiere para el país, salvo mal gobernarlo. Dirían en el pasado: Pobre México, tan lejos de Dios y en manos de políticos convencionales. Por ningún lado se ven los estadistas de alto rango.

Opinión 2012-11-14 - La Crónica

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