Tantadel

diciembre 21, 2012

Las muertes, las cercanas y las distantes

Las muertes de personas y la desaparición de objetos queridos suelen afectarnos gravemente. Me han contado que cuando parte de la biblioteca de Octavio Paz se incendió, las llamas destruyeron parte de su alma. De lejos, pareciera que ese fuego contribuyó a su derrumbe en la total plenitud del éxito y el poder. Pero sin duda es el fallecimiento de los seres queridos, familiares o no, lo que nos oprime al mostrarnos de cerca nuestra fragilidad. No creo ser un hombre duro, poco sensible, la muerte no me tocó el hombro en riguroso orden cronológico. De mi familia, todo pareció comenzar sin orden, a través del azar: la muerte de mi hermana Leonora, mayor que yo, me produjo una tristeza que no he logrado superar. Un niño de siete años fue agredido de manera impiadosa. Mi padre, antes de abandonarnos a mi mamá y a mí, fue capaz de escribir una hermosa novela para perpetuar la vida y el nombre de una niña que apenas arañó la adolescencia. Cada tanto releo Leonora y veo las fotografías que de ella guardó celosamente y que incluso aparece en mi página web.


Enseguida de esta muerte que no correspondía a la lógica, volvió la cordura y los muertos vinieron en severo orden: primero mis abuelos maternos y al final mi madre. Escritor como mi padre, yo escribí un libro en el que reconstruí su vida o lo que de ella sabía (muy poco ciertamente), en las 24 horas de agonía callada, sin dolor. Aunque el sufrimiento no sea físico, su naturaleza siempre provocará llanto y una descomunal idea de injusticia. ¿Por qué ella, por qué él? Nadie se acostumbra a ver morir a los seres entrañables, los que te dieron algo muy grande como el amor o algo muy importante como la educación. En tal sentido, fueron mis amigos mayores los que me produjeron un malestar con la vida, porque eso es lo que provoca la muerte.

Como una generosa herencia paterna, de un hombre al que muy poco vi, pero en cada fugaz encuentro me enriquecía al grado de regalarme su vocación intelectual, me dio asimismo a sus amigos. José Revueltas, Germán List Arzubide, Ernesto de la Torre Villar, Jaime Torres Bodet, Rafael Solana, Juan Rejano, una multitud de escritores que amé y que, como era natural, murieron mucho antes que yo. Mis maestros de letras adquiridos sin su ayuda como Francisco Monterde, Juan Rulfo, Edmundo Valadés, Gastón García Cantú, o Juan José Arreola, fueron asentados en mi lista funeraria. Muy pronto, antes de sentirme viejo, me quedé con pocos amigos, aún los de mi edad, como Parménides García Saldaña, Antonio Castañeda o Luis Carreón, fallecieron prematuramente.

Fue el asimismo fenecido Enrique Loubet, quien me hizo notar la profundidad del fragmento de John Donne utilizado por Ernest Hemingway como epígrafe de su memorable novela Por quién doblan las campanas: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de la tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.” Por ello si me sentí disminuido ante el suicidio de un amigo distante, el asesinato de Salvador Allende o el de Ernesto Guevara me calaron muy hondo. Al primero lo vi en La Habana, cuando ya presidente de Chile visitó el hotel Habana Riviera, donde solían alojarlo antes de conquistar su país por la vía electoral. Al segundo, jamás lo encontré. Pero ambas muertes me dolieron y me siguen afectando, como lo hizo la pila de cadáveres que a mi alrededor se acumulaba la noche del 2 de octubre de 1968. Es posible que ninguno haya sido amigo mío o siquiera conocido, pero estaban allí por las mismas razones que yo. Eso más que atemorizarme, me lastimaba.

El tema de la muerte regresa a mí por estos días navideños por el recuerdo obsesivo del fallecimiento de mi abuelo paterno, quien no se limitó a ser el cordial abuelito, era un hombre duro que creía en Dios y al que le dolía mi incapacidad para seguirlo en sus creencias. A poco de haber sido derrotado por un extraño cáncer que le carcomió la belleza facial, lo siguió su esposa, mi abuela. Ambos me educaron. Padecí sus desapariciones, pero siempre una idea eliminaba parte del dolor: murieron casi simultáneamente. Cuando falleció mi abuelo, ella decidió seguirlo. Me recuerda una frase de Gautier que usara en un libro mío: Mi amor es más fuerte que la muerte y terminará por vencerla.

No sé quién siga en esta interminable lista, podría ser yo mismo. Jamás había pensado en mi propia muerte ni siquiera cuando sufrí un secuestro exprés, hasta que una joven poeta, Citlali Ferrer, en el homenaje que me organizaron en Morelos por mis cinco décadas como escritor, leyó un texto muy triste en el que se preguntaba, qué haré cuando se vaya René Avilés Fabila. Al final, no tan conmovido, le dije espero que no sea muy pronto, tengo libros inconclusos.

Opinión 2012-12-21 - La Crónica

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