Tantadel

diciembre 19, 2012

Mis escuelas de periodismo

Existen cosas difíciles de olvidar. Entre mis recuerdos más vivos están los de mayor antigüedad. El día en que escribí mis primeros cuentos aceptables, que fueron publicados por Juan José Arreola, y los momentos en que sin muchas complicaciones se abrieron las puertas de los medios de comunicación que me importaban: los escritos. Aunque he trabajado largamente en radio y televisión, jamás los electrónicos fueron medios para mí.


Al periodismo llegué más por vanidad que por razones expresivas. Me gustaban dos cosas: ver mi nombre en los diarios y dar opiniones críticas. Ni en la literatura ni en el diarismo tuve maestros formales. Mi escuela de letras fueron los libros y los escritores de reconocido talento que aceptaron conversar conmigo, atender mis inquietudes y leer mis trabajos iniciales. Pienso en José Revueltas, Ermilo Abreu Gómez, Rafael Solana, Sergio Galindo, Ricardo Garibay, Juan Rulfo, Juan José Arreola y algunos más, de talento y elegante generosidad. Los maestros de periodismo fueron la revista Siempre, Política de Marcué Pardiñas y Excélsior que siempre compraron en mi casa, mis abuelos. No más. Pensé que si sabía escribir con algún cuidado, los diarios se abrirían y así fue. Comencé a escribir en los años del bachillerato, Preparatora 7, cuando estaba en Licenciado Verdad y Guatemala, a un costado de Palacio Nacional, y me acompañaba José Agustín. El medio fue El Día, fundado por Enrique Ramírez y Ramírez.

El Día era un diario novedoso, audaz, pronto tuvo un excelente suplemento cultural, El gallo ilustrado, donde vi arrancar a María Luisa Mendoza, original y audaz con las palabras. Eran tiempos de cambio y el periódico aparecía mostrando un nuevo rostro, el de una izquierda moderna, que trataba de mezclar lo más valioso del legado de la Revolución Mexicana y los avances de una izquierda de corte marxista. Su fundador había sido un militante del comunismo vinculado al soviético y un hombre cercano a Vicente Lombardo Toledano. Buscaba otros derroteros políticos y un diarismo original, lejos de la entonces llamada “gran prensa”. Su amistad con el presidente López Mateos le permitió adquirir los créditos para arrancar un periódico distinto esperanzador. Mi primera tarea, la recuerdo bien, fue escribir sobre libros. Arturo Cantú, intelectual regiomontano y lector atento de Reyes y los Contemporáneos, dirigía la página cultural y allí fui asignado. De pronto me daban otras tareas, cómodas para mí. Entreviste a Enrique González Pedrero, entonces director de Ciencias Políticas de la UNAM, mi escuela. E iba feliz a interrogar a mi maestro de Teoría del Estado.

Pero mi mayor impulso periodístico lo recibí de Juan Rejano, poeta español, comunista, que venía de una emotiva lucha: la Guerra Civil Española. Dirigía el suplemento cultural del diario El Nacional, medio de lucha y expresión del gobierno mexicano. Estaba en su segunda etapa y por allí habían pasado los poetas y prosistas más destacados, de tal manera que cuando Rejano me abrió las puertas (a mí y a media generación mía), me sentí emocionado. Juan Rejano, quien falleciera en su intento por regresar a España, muerto Franco, era muy amigo de mi padre, de tal manera que estaba yo en casa. La Revista Mexicana de Cultura, tal era el nombre del suplemento, fue mi gran escuela de periodismo cultural. La amistad con el poeta español fue básica en mi vida y aprendí no a respetarlo sino a amarlo. Era un hombre generoso como amigo y de una pieza políticamente hablando. El Partido Comunista Mexicano, por cierto, me comisionó con otro amigo, para escribir una breve biografía sobre un hombre fundamental en España y en México. Poco más adelante, fue Alberto Dallal, otro discípulo suyo, quien realizó una bella edición con sus mejores poemas. Por fortuna, en España, ya comienzan a leerlo y a conocer su trabajo y lealtad a sus principios políticos.

Más adelante, trabajé con Fernando Benítez, quien ya estaba en la revista de Pagés Llergo, la generosa publicación donde brillaba la libertad de expresión y el número tan notable de colaboradores distinguidos: Siempre! Allí estuve hasta que el mal carácter de Fernando me ahuyentó. Pero antes de irme realicé muchas entrevistas, algunas las publicó y otras no. Eso me permitió practicar un género que me parecía difícil, extraer de un personaje sus secretos y darlos a conocer a los lectores. Aquí sí que el refrán de que cada ser humano es un mundo, es auténtico. No me era fácil pasar de uno a otro.

El resto fue accidentado. Escribí en el suplemento cultural de Excélsior. Contribuí en la creación del Unomásuno, donde arrancó mi amistad con Marco Aurelio Carballo y Rafael Cardona, de allí casi todos los colaboradores y reporteros fundadores paramos al Diario de México, donde estaban colegas de la diáspora de Excélsior y al fin volví a este diario a través del célebre Nikito Nipongo, donde fundé el suplemento cultural El Búho que me llenó de premios y del afecto de miles de lectores. De nuevo salí de Excélsior a causa de una torpe censura y fue Beatriz Pagés quien me abrió las puertas de su revista. Ahora y desde hace tiempo, estoy en estas generosas páginas, tratando de cumplir con la mayor seriedad posible. Un día dejaré el periodismo para concentrarme en mi vocación principal: la literatura. Pero dudo que logre deshacerme de esa pasión acaso insana que me llegó en la juventud.

Opinión 2012-12-19 - La Crónica

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