Tantadel

enero 27, 2013

Carlos Pellicer, siempre poeta

Decir que fui amigo de Carlos Pellicer no es una pedantería sino una inexactitud.

Lo traté un poco entre mis 18 y 22 años. Visité su casa de Las Lomas para admirar sus nacimientos y escucharlo hablar de poesía, música y de la admiración que le producían Simón Bolívar y José Clemente Orozco (“Si me ponen un cuchillo en el pecho y me preguntan quién es mejor pintor, Orozco o Diego, a pesar de mi cariño y amistad por el segundo, yo diría Orozco”). Asimismo hablaba con vehemencia de la pasión de José Vasconcelos por México y la educación. Imposible olvidar que Pellicer fue su secretario privado. Lo conocí en reuniones poéticas donde era la figura central. Amigo de mi abuelo paterno, el educador Gildardo F. Avilés, y maestro de literatura de mi tío Sergio Avilés en la Secundaria 4, tenía algún afecto por mí, supongo, porque alguna vez formé parte de una pequeña caravana de incipientes escritores, que pasó unos días en su casa de Tepoztlán. Fue donde deslumbrado lo escuché improvisar poesía. Al día siguiente, lo acompañé a caminar por el bosque. Alabó la belleza de varios árboles añosos que a mí sólo me parecían enormes vegetales, torcidos por añadidura. Al atardecer, narró cómo escribió su soberbio poema Discurso por las flores. Hay un recuerdo que me quedó más fielmente grabado que otros. En su casa, platicaba del paisajista Velasco, decía que él había investigado algunas de las zonas que el pintor plasmara en diversas telas. No existen, es más la imaginación que copia de la realidad. Vio un México maravilloso, ideal, el suyo, con sus ojos de artista, concluyó. Una mujer afectuosa sirvió café y galletas, y Pellicer siguió hablando ahora de poesía. Yo observaba una pequeña cazuela de barro con pequeñas piezas prehispánicas, imagino que descubrimientos propios en sus andanzas. Pellicer lo notó y sin dejar de conversar, tomó la vasija y me dijo, téngalas, René, ahora son suyas. No supe qué decir, di las gracias y yo, que jamás mostré interés alguno en los restos de la grandeza prehispánica, las conservé toda la vida, ahora están en una sala junto a obras que prueban la creatividad del mundo anterior a la llegada europea a estas tierras. Quizá por ello, nunca he olvidado una frase lapidaria que Pellicer escribió: “Los españoles no trajeron la cultura, trajeron su cultura”.

Dionicio Morales sí lo trató, en una época fue su secretario. Entre sus papeles tuvo varios poemas manuscritos, los donó al Museo del Escritor. Allí está también una fotografía que le pedí a Pellicer me la firmara. Alguna mañana de 1974, en el Paseo de la Reforma, caminaba con Arturo Azuela. De pronto mi amigo me señaló a un hombre de avanzada edad, vigoroso aún, que hacía la seña de parada a un autobús. Como siempre, el conductor se detuvo donde le dio la gana, muchos metros más adelante. La persona que hizo la indicación, corrió y lo alcanzó abordándolo con ligereza. Era Carlos Pellicer. Alguna de las últimas veces que lo vi, le señalé el hecho. Me dijo: Ya sabe usted, estimado joven Avilés, la pobreza y el trabajo lo mantienen a uno saludable.

En 1961, José Agustín y yo conocimos a Juan José Arreola, lo visitamos para mostrarle nuestros trabajos iniciales y él decidió formar un taller literario con nosotros y el resto de nuestra generación mal llamada de la “Onda”. Durante largo tiempo, solíamos reunirnos en su casa los miércoles. Sin temor a exageraciones, puedo afirmar que no pasaba una semana sin que Arreola citara un poema de Pellicer. Lo repetía con facilidad, sin equivocar una línea. De tal manera, de una u otra forma, seguí vinculado al color y la exuberancia de la poesía magnífica de Pellicer. La amistad con Arreola se extendió. El día aciago de la muerte del poeta tabasqueño, en 1977, Arreola, abrumado, habló largamente de la muy hermosa poesía de aquel hombre asombroso que tanto bien le hizo a México al llenarlo de poesía.

Excelsior - 27/01/2013

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