Tantadel

enero 23, 2013

¿Dónde está Mario Benedetti?

Hace unos días hice un recuento de escritores latinoamericanos que me han dejado alguna huella imperecedera. Pensé largamente en aquellos que he leído, visto o conocido. Vino a mi memoria Mario Benedetti, cuya muerte me dolió profundamente. Son de esas muertes que afectan, porque te gustó su arte o los trataste un poco. Borges en primer lugar, Bioy Casares, Neruda, Rulfo, Arreola, Revueltas, Carpentier, Sábato, Haroldo Conti, Cortázar, una larga lista. A Benedetti lo conocí por La tregua (1960) y Montevideanos (1959). En 1964 Fernando Benítez me mandó entrevistarlo para México en la cultura, ya en la revista Siempre! Joven y poco experto, batallaba en dos frentes: uno, para convertirme en literato, y el otro para ser periodista. Fui a buscarlo al desaparecido Hotel del Prado. Lo que de él había leído en prosa narrativa me gustó y confirmó mi idea de ser novelista. No estaba. Decidí esperarlo. Poco después llegaba acompañado de Nicolás Guillén. No eran tiempos fáciles, la guerra fría estaba en su apogeo y la naciente Revolución Cubana (1959) nos había dividido a los latinoamericanos. Unos la apoyábamos con vehemencia, otros la rechazaban con aversión. Los intelectuales que apoyaban a Fidel Castro y los suyos estaban unidos y enfrentaban las críticas de tiranías militares y de personajes fieles a la postura norteamericana. México, con reservas y temores a las críticas de EU, era la sede del II Congreso Latinoamericano de Escritores, cuya evidente filiación era mayoritariamente de izquierda y, en más de un caso, izquierda comunista.

Me acerqué con timidez a Mario Benedetti y le dije que era enviado de Benítez. El uruguayo estaba inquieto, la reunión de intelectuales que celebraban en México, acosada por Gobernación y la CIA, quería sacar, entre otros acuerdos, uno solidario con Cuba. El presidente era Díaz Ordaz. Benedetti me dijo con sencillez, acaso tratando de no ser grosero: “Más adelante, deme un poco de tiempo”. Entendí que estaba siendo inoportuno. Regresé, pues, no con una entrevista, sino con la pequeña crónica de una entrevista fallida.

Con el tiempo seguí leyéndolo y admirándolo. Su fama de narrador y poeta aumentaba. Y mientras otros escritores como Vargas Llosa, Cabrera Infante y Severo Sarduy rompían con la Revolución Cubana, otros como Cortázar, Carpentier y García Márquez sostenían su admiración y apoyo. Benedetti se mantuvo siempre con aquellos que creyeron en ese movimiento cubano, acosado, mal comprendido, al que el tiempo le jugaría una broma pesada. El derrumbe del socialismo socialista fue mucho peor que la invasión de Playa Girón y el bloqueo que hasta hoy han mantenido los norteamericanos, incluido. Allí está Guantánamo, base norteamericana: antes sirvió para alimentar barcos de guerra, hoy para torturar “terroristas”.
Cuando yo dirigía el suplemento cultural El Búho, supe que Benedetti venía a México. Su prestigio estaba consolidado. Le solicitamos una entrevista y ahora sí la concedió con facilidad. Eran otros tiempos. Fue generoso y además habló tanto de temas políticos como literarios. El director del periódico consideró que era un documento extraordinario y lo mandó a primera plana. Ante mis insistencias, lo dividimos en dos: la parte literaria quedaría en El Búho, bellamente ilustrada por Oswaldo Sagástegui, que conservamos en el Museo del Escritor.

Quienes imaginan que no leemos poesía, habría que revisar las ventas de poetas como Mario Benedetti. Cuando estuvo en Bellas Artes para leer su poesía, como Jaime Sabines y Rubén Bonifaz Nuño, la sala principal se abarrotó y hubo necesidad de poner pantallas para que aquellos que no pudieron ingresar al Palacio disfrutaran la lectura del uruguayo.

Benedetti cultivó todos los géneros, fue un escritor realmente querido, aceptado por completo. Hombre de izquierda, lo respetaban por igual personas conservadoras. Su poesía y en general su lenguaje literario era el del amor, el de los recovecos del alma y no el que imagina servir a una causa normalmente efímera. Recibió multitud de reconocimientos y muestras de afecto y admiración, pero también fue largo tiempo un hombre de exilio, perseguido por tiranos, cuyo principal refugió fueron las letras.

Escribió unos ochenta libros, y todos fueron bien recibidos por los lectores y traducidos a más de veinte idiomas. Algunos de sus argumentos, como el de La tregua, fueron al cine y sus poemas a canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat. La pasión por la literatura y su indeclinable postura de izquierda lo convirtieron en un hombre afamado y en auténtica leyenda. Obtuvo muchos premios destacados, pero como Borges (a quién él le criticó su posición política y al mismo tiempo elogió su literatura perfecta), no le dieron el Nobel. Dudo que América Latina haya tenido otro escritor más desinteresado y generoso que Mario Benedetti. Por ello tantos lectores, tanto amor, tanta admiración. Murió no muchos años después de su compañera de toda la vida, Luz López, a los 88 años de edad. Nos heredó una literatura luminosa, de asombrosa sencillez y de profundidad notable. Un ejemplo de dignidad política en el continente latinoamericano que batalla todavía por encontrar su identidad.

Ahora que inútilmente buscamos al intelectual comprometido, notamos algo fundamental: la falta de escritores que entregaron su alma al arte y con igual entereza a las causas revolucionarias, las que hoy, francamente, no existen y si algo de ellas queda, navegan a la deriva en el mar de la economía de mercado.

Opinión  2013-01-23 - La Crónica

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