Tantadel

enero 21, 2013

El Museo del Escritor, again

El pasado viernes leí el artículo del siempre agudo Rafael Cardona. En cuatro párrafos expuso un problema serio que me atañe. El Museo del Escritor idea de Eugenio Aguirre, pero quien decidió llevarla a cabo fui yo. Vi que con mis archivos, biblioteca y multitud de objetos, cuadros, documentos y cartas podía arrancar. Faltaba, desde luego, el local. A la idea se sumaron otros escritores, cito a unos cuantos: María Luisa Mendoza, Federico Ortiz Quesada, Bernardo Ruiz, Dionicio Morales, Jorge Ruiz Dueñas e Ignacio Trejo Fuentes. Lo registramos e hicimos los trámites ante notario público suponiendo que el proyecto era tan bueno que cualquier autoridad lo aceptaría. Lo imaginamos en el Centro Histórico, por obvias razones, como museo interactivo: talleres, cursos, presentaciones, publicaciones, un gran movimiento literario a su alrededor. Podría darle nueva vida a esa zona por donde transitaron las mayores figuras de nuestra cultura y que hoy está en manos de ambulantes y cirqueros.
El recorrido en busca de local duró los doce años que el PAN estuvo en el poder. La historia está puesta minuciosamente en un blog. Fuimos en pos de un comodato con el GDF. Imposible. Nos dijeron que para el PRD lo importante era hacerle un museo al entonces vivo Carlos Monsiváis. Con Ebrard no hubo respuesta a pesar de que hablamos con Alejandra Moreno Toscano, talentosa compañera mía de la UNAM. Finalmente, entre la corrupción perredista y su interés en el espectáculo comercial, buscamos el milagro con aquellos que de verdad están enojados con la cultura: los panistas. Vimos a Sergio Vela y antes de tener una respuesta, ya estaba en su lugar la inaudita Consuelo Sáizar. Formalmente le hicimos la petición. Bajo ciertas condiciones todo se le entregaría a Conaculta, incluida una biblioteca de unos 30 mil volúmenes, a cambio de un local. Fue arrogante y vulgar. Nos quejamos por escrito. Calderón la apoyó. En algún momento, las pasadas autoridades me dijeron, como si yo fuera mercader, que comprarían el Museo del Escritor y todo su acervo que no es despreciable, baste señalar que tiene más tres mil primeras ediciones autografiadas por sus autores, las más de primera línea como Rulfo, Allan Poe, Vargas Llosa, Fuentes, Arreola, Paz, Ginsberg, Saramago, Novo, Reyes, Torres Bodet, Garro, García Márquez, Mutis, Villaurrutia, Bonifaz Nuño, Chumacero, Montemayor, Alejo Carpentier... y una buena colección de grabados, fotos, dibujos y caricaturas de escritores, pero el Museo del Escritor no está ideado como negocio, sino como una institución al servicio sobre todo de los jóvenes que aman la literatura.

Cuando ya habíamos hablado con Carlos Slim y otros millonarios que presumen su altruismo y agotado a la burocracia, en una cansada y tenaz lucha, Demetrio Sodi, quien tuvo parentesco político conmigo, obtuvo la delegación Miguel Hidalgo. Con generosidad, nos prestó en comodato por cinco años un piso de un edificio del Parque Lira. El sitio es hermoso, pero muy pequeño, carece de estacionamiento, no hay indicaciones ni recursos para promoverlo. Lo aceptamos y pusimos allí una pequeña muestra del potencial de un museo así, único en el mundo e instalado si no en el Centro Histórico, al menos en una zona de museos. Había que dar una muestra de su potencial.

El PRD obtuvo en el DF lo que en lenguaje político se denomina carro completo. Hablamos con Miguel Ángel Mancera y fue sensible al proyecto que le entregamos por escrito en propia mano. Pensé que había interés porque lo que nunca me había sucedido, me ocurrió: recibí invitación para la presentación de su gabinete en el Auditorio Nacional. La Miguel Hidalgo quedó en manos de un tal Romo, más tenaz que inteligente. Pero entre los que nombró para manejar cultura quedó Emilio Cárdenas, antiguo conocido mío, compañero de la UNAM, y quien estuvo en la tumultuosa inauguración del Museo.

Inútilmente traté de hablar con Romo, así que desistí y fue Rosario Casco Montoya, directora del Museo, quien buscó a las autoridades culturales. Lo de siempre, el titular delegó en su segundo y éste, Emilio, habló con ella, quien explicó su potencial y recursos: tenemos en bodegas mucho material, en el Museo sólo exhibimos una parte. La respuesta fue positiva y nos dijo que tenían un viejo edificio que podría ser acondicionado (ya conocemos el lugar, Sodi asimismo nos lo ofreció). Pero el sitio está muy lejos de todo circuito cultural, en una zona deprimida. Para colmo, está en malas condiciones y la remodelación tardará poco más de dos años. ¿Tiene sentido aceptarla? No hay de por medio más que palabras que no sabemos si el delegado aceptará. Le veo vocación de corredor: corre en todas las maratones y hasta corre con Mancera. ¿Sabrá de cuestiones culturales? Lo dudo.

Ante el escaso interés, acaso rencor como precisa Cardona, contra una acción de un delegado panista (como si panistas y perredistas no hubieran votado juntos en docenas de sitios), habrá que analizar el comodato y buscar una solución amigable. Nada del Museo les pertenece, salvo el local. Entonces queda recoger los materiales, guardar la biblioteca y esperar a que personas con mayor sensibilidad gobiernen la ciudad.

Los tiempos no son los mejores para un proyecto semejante en el DF. Ante tanta insensibilidad, dejo de comprar libros y piezas para enriquecer el proyecto. Aparte del gasto, es una pérdida de tiempo.

Opinión  2013-01-21 - La Crónica

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