Tantadel

enero 19, 2013

El PRI de siempre, el México de siempre

Un correo electrónico trajo hasta mi computadora el recuerdo del candidato presidencial José López Portillo recorriendo el país en burro, a caballo, en avión, en autobús, en automóvil y desde luego, en elefante. No tenía realmente opositor con fuerza política: el PAN había decidido no participar en un proceso donde el candidato del PRI lo derrotaría de manera aplastante. El Partido Comunista sin registro presentó la candidatura de Valentín Campa. Obviamente ganó López Portillo, mientras que el PC alcanzó un amplio número de votos que le permitió ser reconocido oficialmente. Para la izquierda real, entregada con profesionalismo y valores éticos, fue un buen momento. Al fin salía del clóset y obtenía una importante victoria para un partido perseguido, hostilizado y agredido, que tenía encima una campaña permanente de los medios de comunicación acusándolo de vivir del “oro y las directrices de Moscú” y un sinfín de sandeces.

Una vez que se consumó la obvia victoria de José López Portillo, se desató lo asimismo previsto: el culto a la personalidad. México tenía nuevo líder, un caudillo a seguir, sólo que ahora era intelectual, académico, un hombre de muchas lecturas y que además había escrito varios libros de prosa petulante y contenidos demagógicos. Además, en un país de indios y mestizos, hizo alarde de su hispanidad. Incluso, fue a buscar sus orígenes a un pueblo perdido en España. La rutina siguió su curso: todos lo hallaban repleto de cualidades y virtudes. Los nuevos funcionarios lo citaban y lo encontraban lleno de gracia como el Ave María.

El PRI ha vuelto y a pesar de los avances, del crecimiento de otras fuerzas políticas, de la relativa independencia que tienen los poderes Legislativo y Judicial, lejos de las pequeñas tormentas de la campaña presidencial, los nuevos funcionarios, todo lo hacen en nombre del señor presidente y, desde luego, siguiendo sus instrucciones. Pareciera que esa costumbre se había diluido un tanto, pero no, de nueva cuenta observamos que las acciones se hacen sólo por instrucciones del presidente de la República. Hemos regresado al Big Brother de Orwell o al Ogro Filantrópico de Paz, que nos observa con cuidado y está procurando nuestra felicidad como él la entiende. Posee, igual que los anteriores mandatarios priistas y el desaparecido Carlos Monsiváis, el don de la ubicuidad. Los discursos en tal sentido menudean y no hay declaración de los secretarios y subsecretarios que no citen al mandatario. Dicho en otros términos, el presidencialismo, el caudillismo disfrazado, que inteligentemente criticara Daniel Cosío Villegas, ha regresado, sólo que en versión light y con aparente pluralismo o cuotas de poder para antiguos perredistas y panistas que prestaron favores al candidato. Ahora hasta los partidos opositores mencionan al presidente con algo más que simpatía.

Está visto que no es suficiente tener nuevo presidente, es el sistema el que termina por imponer sus cansadas reglas. La novedad es que por ahora los altos funcionarios van y vienen respondiendo preguntas de los medios y atendiendo inquietudes. Ojalá se mantenga así. Siempre he pensado que toda actividad política requiere de ciertos protocolos, de una evidente formalidad e incluso de un ceremonial. Pero no en exceso. El sistema político mexicano es rígido, poco amigable. Recuerdo que cuando los primeros diputados provenientes de la izquierda aparecieron al influjo de los votos obtenidos por Cuauhtémoc Cárdenas, uno llamó mucho la atención de los medios por su muy desaliñado estilo de vestir y actuar desenfadadamente. Era un economista que estudió en Moscú: Pedro López Díaz, un hombre singular, marxista, autor de muchos libros y excelente amigo mío de la escuela y de andanzas comunistas. No era exhibicionismo, solía ser extravagante. Más adelante, los perredistas nos llenaron con su informalidad, Rosario Robles y su entonces protegido Salvador Martínez, alias El Pino, segunda de Cárdenas en el DF y delegado en Tlalpan, respectivamente, vestían con descuido y su lenguaje no era el más adecuado. Hoy las cosas han cambiado. Los legisladores de la oposición perredista, sobre todo los provenientes del PRI, visten con esmerado cuidado y a veces, como Ricardo Monreal, son ostentosos.

Durante un largo viaje a la Unión Soviética, el responsable de la delegación comunista de México, Enrique Semo, ex profesor mío de economía y compañero de luchas, me hizo notar en una función del ballet Bolshoi, que en el público había multitud de campesinos y obreros vestidos con decoro: traje y corbata los hombres, las mujeres de largo y con algunas modestas joyas. El mundo ha cambiado a causa del triunfo global del espectáculo popular y en ocasiones hasta los miembros de una orquesta sinfónica dejan de lado el smoking y visten con desenfado.

La primera vez que estuve en La Habana, en 1971, me invitaron a una recepción donde estaría Fidel Castro. A causa del calor y por suponer que en un país revolucionario se podría prescindir de las formalidades, fui con camisa y pantalón vaquero. Un funcionario cubano discretamente me dijo: Compañero, el marxismo no está reñido con la elegancia. Me sentí avergonzado, a pesar de que el líder cubano vestía su habitual uniforme verde olivo.

Lo básico es reacomodarnos al presidencialismo tradicional y al culto a la personalidad que volvió con el PRI. La elegancia ha retornado y los elogios al primer mandatario. Dos sexenios panistas no modificaron un ápice al sistema político mexicano. Sigue siendo enfadoso. ¿Cambiará algún día?
Opinión - La Crónica

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