Tantadel

enero 09, 2013

El soberbio Palacio Nacional

Un artículo mío, escrito recientemente, sobre el pésimo uso que las autoridades priistas en el pasado y perredistas en el presente le dan al Centro Histórico (pistas de hielo, ambulantes, manifestaciones inútiles, acciones de supuesta resistencia, roscas de reyes y tortas descomunales, conciertos de pésimo rock, fiestas de toda clase), ha provocado algunos comentarios. Por fortuna, predominan las voces sensatas que desean que el Zócalo y sus alrededores sean lugares respetados y no una lamentable verbena diaria. Destaco uno, pertenece al arquitecto Carlos Flores Marini, especialista de muchos trabajos de restauración y autor de espléndidos libros sobre las más hermosas edificaciones. Dice: “Estimado René. Como puedes ver no me pierdo tu columna. Curiosamente en mi libro Hitos Urbanos en la Ciudad de México, que seguramente tú tienes, hago referencia al circo que con Rosario Robles se puso en el Zócalo. Tiene razón el maestro León Portilla: las autoridades han hecho un circo del Zócalo. Tenemos que seguir insistiendo en dignificar nuestro máximo espacio público”.


Carlos Flores Marini, entre muchos otros que han hecho un largo oficio de la defensa de nuestras joyas arquitectónicas, escribió el libro citado, donde cuenta la forma irreverente y demagógica en que Rosario Robles trató el Zócalo con tal de tener divertidas a las masas de posibles votantes y satisfechos a quienes la hicieron crecer. Era todavía la rabiosa perredista de “primero los pobres” y hay que convertir muros en sitios para grafitear estupideces y los espacios públicos utilizarlos para diversión de quienes no pueden ir a Canadá a escuchar a Justin Bibber, sin importar el valor histórico. En todos los casos es reprobable, pero a los capitalinos parece gustarle la política perredista de pan y circo. Recuerdo a la hoy muy digna y elegante funcionaria priista cortando la rosca de reyes y repartiendo pedazos del tamal más grande del mundo. Era y es el nivel.

Pero lo curioso no es que el Zócalo y en general el Centro Histórico estén deteriorados, sino que a pesar de las protestas de muy respetables figuras como el doctor Silvio Zavala y Miguel León Portilla, el deterioro siga y la mejor prueba es la actual pista de patinaje y demás actos circenses hechos en el centro del mundo azteca, por donde ha pasado toda la gran historia de México. Los medios, La Crónica entre ellos, han señalado con precisión, fotografías y datos, los daños que solamente el Zócalo ha recibido. Allí, donde está el más bello edificio de América Latina, la Catedral Metropolitana, la que apenas puede ser observada a causa de tantas antenas y torres para las tocadas de rock y la sede del Poder Ejecutivo, el Palacio Nacional.



El Palacio Nacional ha sido, pese al PAN, el símbolo real del Poder Ejecutivo. Por años fue sede de las tareas presidenciales. Lázaro Cárdenas, al edificar Los Pinos, sólo quería darle una habitación formal a la familia presidencial. El mandatario dormía en esa casona y salía a trabajar a Palacio Nacional. En las ceremonias, y diversos ritos políticos, era interesante ver al presidente en automóvil a veces descubierto en su diaria ruta de Los Pinos a Palacio Nacional. Fueron un puñado de ocasiones, sobre todo durante ceremonias de alto rango. Mis recuerdos se limitan a Adolfo Ruiz Cortines acompañado por el entonces diputado Norberto Treviño Zapata y a Adolfo López Mateos, quien disfrutaba de una enorme popularidad.



Con Vicente Fox las cosas cambiaron. Hombre rústico, no le dio más uso que tocar las campanas para conmemorar la Independencia. Dudo que haya sido capaz de apreciar los tesoros que allí se alojan, en especial en un sitio que deja percibir mucho a la poderosa presencia de Benito Juárez y eso, para un conservador como Fox, era demasiado. Quiso convertirlo en museo. Por fortuna, Peña Nieto lo ha recuperado como un edificio de gobierno y, a pesar de un entorno hostil, ya ha sesionado y recibido a distintas personalidades en Palacio Nacional.

En su larga historia representó el absolutismo priista: Díaz Ordaz se calificó como solitario de palacio. Yo le agregué el adjetivo “gran” y lo convertí en el personaje central de mi novela El gran solitario de Palacio, una obra cuyo tema es el sistema político de aquella época y la matanza de 1968. Mucho más adelante, publiqué un libro en Porrúa Editores: Antigua grandeza mexicana, donde describo a ese solemne, poderoso y enorme símbolo nacional, tan lleno de arte e historia. Allí están algunos de los más soberbios murales de Diego Rivera, el recinto a Juárez, una biblioteca formidable, salones repletos de historias memorables y de acciones perversas como la detención del presidente Madero. A lo largo de siglos, desde que los aztecas se aposentaron en lo que hoy denominamos Centro Histórico, es un punto político, cultural y socialmente sagrado. No puede ser un área destinada a actividades circenses. Es el centro del país, allí estuvieron las autoridades aztecas, las virreinales, allí trabajó y murió el inmenso estadista que fue Benito Juárez, y hoy allí debe estar el Presidente. El Palacio Nacional, un vigoroso joven de casi 500 años de edad, es núcleo de la patria y eje de nuestra historia, presidiendo una plaza monumental. Merece respeto y dignidad.

Opinión  2013-01-09 - La Crónica

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