Tantadel

enero 11, 2013

El último caudillo mexicano

En una de las mejores novelas de la Revolución, ¡Vámonos con Pancho Villa! de Rafael F. Muñoz, hay un personaje soberbio: Tiburcio Maya, un viejo bravo, revolucionario de cepa. La fuerza que posee radica en su devoción por el general Villa, un caudillo derrotado que se bate en retirada, huyendo de carrancistas y tropas norteamericanas. Tiburcio es ambivalente: odia y ama a Villa, quien mató a su familia para obligarlo a seguir en la lucha: “Rápidamente, como un azote, desenfundó la pistola y de dos disparos dejó tendidas, inmóviles y ensangrentadas, a la mujer y a la hija.


Ahora ya no tienes a nadie, no necesitas rancho ni bueyes. Agarra tu carabina y vámonos…”. Tiburcio, con los ojos enrojecidos, se suma a las mermadas tropas de Villa. “Y echó a andar por la tierra de su parcela que los caballos habían removido, hacia el norte, hacia la guerra, hacia su destino, con el pecho saliente, los hombros echados hacia atrás y la cabeza levantada al viento, dispuesto a dar la vida por Francisco Villa…”

Tiburcio Maya cae en manos enemigas. Lo torturan y le ofrecen dinero por delatar a Villa. No confiesa, es un hombre valiente, prefiere morir. Es posible que estos párrafos de la novela sean la mejor prueba de las pasiones que levanta un caudillo mexicano. Podía haber salvado su vida y obtener una recompensa por delatar a su jefe. Opta por el rabioso silencio y ni siquiera el deseo de vengar a su esposa e hija lo tienta a la delación.

Parece que el caudillismo a la mexicana ha sido un mal necesario. Cuando estaba por agotarse, muertos los principales, surgió el presidencialismo: una forma de caudillismo acotado. A lo largo de seis años, sus seguidores dan, al menos en teoría, la vida por el presidente de la República, el que otorga todos los consuelos y los reconocimientos. Lo hacen, pues, caudillo sexenal. Está visto que no somos un país para la verdadera democracia, siempre estamos buscando a un líder excelso que nos salve. Lo grave es que nos deja peor.

En nuestros días, lo mismo le ocurre, toda diferencia guardada (ya sin el dramatismo de la Revolución Mexicana) a López Obrador: lo siguen devotamente por admiración, porque lo suponen bueno al ayudar a los ancianos con un poco de dinero ajeno, porque lo creen un justo. Jamás hay un argumento serio y nadie explica su ideología por una sencilla razón: no existe. Su ideario es un puñado de vaguedades políticas más dictadas por el entusiasmo electoral que por la inteligencia y la cultura del gran líder político. Como expresaba Octavio Paz de Carlos Monsiváis: no es un hombre de ideas sino de ocurrencias. La diferencia es que las ocurrencias en política son un asunto delicado. Allí queda el cascarón del PRD. Sus más connotados miembros siguen utilizando su estructura para darle militantes, recursos y votos a López Obrador. El caso narrado por el novelista Rafael F. Muñoz fue, como diría Marx, una tragedia, en estos momentos es una farsa.

Anteayer, la reportera Martha Anaya habló de sus experiencias cuando fue creado el PRD hace más de veinte años y las comparó con la formación de Morena. Son encontradas, abismales. En aquel entonces los interrogados explicaban sus razones para apoyar al naciente organismo, daban argumentos que podríamos llamar ideológicos: para sacar al PRI de Los Pinos, para cambiar a México… Quienes llegan a formar al partido que se desgajó del PRD como éste lo hizo del PRI, sólo esgrimen razones de amor por el caudillo López Obrador. La ausencia de ideologías en México es evidente, pero las razones por las cuales un ciudadano acude a las urnas son de un total simplismo: porque me cae bien.

Éste es el problema de nuestro caudillismo. Muchos mexicanos se dejarían matar o peor aún matarían por López Obrador. Y algo muy claro: quienes no lo aman, lo detestan con la misma pasión. Vamos a tener de nuevo a un caudillo peculiar, acaso con menor fuerza. Son muchos los que abandonarán el PRD que formaron Cárdenas y un grupo de notables ex priistas con la idea clara de buscar la democracia, la alternancia política. Lo extraño de la historia es que la consiguió el PAN guiado por otro caudillo: Vicente Fox, hoy dedicado a parlotear incesantemente.

Este sexenio veremos muchos cambios, sin duda uno de ellos es la desaparición del caudillismo. No tiene más sentido, se requieren hombres con ideas y más que políticos aldeanos, auténticos estadistas. Los partidos se están percatando que no basta conceder dádivas o instalar pistas de hielo, se necesitan grandes proyectos y desde luego una ideología que permita una transformación seria y real de México. Morena es una suma de resentimientos, es el partido de un hombre que detesta las negativas. El coordinador del PRD en el Senado, Luis Miguel Barbosa la calificó como organización de perredistas radicales, el sector extremista. Precisó: es el partido de una sola persona donde las decisiones se discuten de arriba hacia abajo.

Algo me trajo a la memoria las fotografías de los mexicanos más desamparados entregándole sus ahorros o sus aves de corral a Lázaro Cárdenas para contribuir al pago de la expropiación petrolera. No sirvió de mucho. Pero fue conmovedor. México no puede seguir más como fábrica de caudillos, hay que transitar a un sistema de vigorosa democracia.

Opinión 2013-01-11 - La Crónica

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