Tantadel

enero 07, 2013

La femenina: ¿una literatura marginal?

No parece una fórmula adecuada dividir la literatura en dos: femenina y masculina. De pronto no es fácil aceptar la postura de un feminismo radical que las separa tajante y que, yendo más lejos, precisa que nunca un hombre puede meterse en la piel de una mujer, lo que nos hace pensar que lo contrario, también es imposible. Sin embargo, Ray Bradbury no fue a Marte para escribir Crónicas marcianas, tampoco el sedentario Jules Verne viajó alrededor del mundo en 80 días, ni Tolstoi y Flaubert necesitaron ser mujeres para trazar esos delicados y agudos personajes que crearon: Emma Bovary y Ana Karenina. La imaginación y la cultura cubren adecuadamente cualquier ausencia o necesidad. Que hay diferencias, las hay, que han existido dificultades para que las mujeres se apropiaran del mundo de las letras, las hubo. Sin embargo, hay mujeres que se adueñan plenamente de la literatura, algunas de sus exponentes venden más y son más reconocidas que muchos hombres. Habría que pensar en Rosario Castellanos, Laura Esquivel, María Luisa Mendoza, Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska e Isabel Allende, por citar casos inobjetables de éxito, aunque debemos señalar a muchas otras que aún les falta el reconocimiento de la crítica como Elena Garro o Inés Arredondo. Es evidente que la literatura de mujeres no es marginal, se ha ganado un sitio de gran respeto y de excepcional brillantez. Empero, las cosas no parecen estar muy claras y el tema de la literatura femenina a veces es algo chocante. Al respecto, la académica universitaria y crítica de cine Ysabel Gracida ha dicho: “Yo tengo al respecto un sentimiento dividido. Por una parte admiro profundamente a las pocas escritoras que han dejado de lado el victimismo o la vitrina a la que las han convidado los señores y me molesta profundamente el trabajo de otras que valiéndose de la cuota de género escriben pésimo, no tienen ninguna calidad en lo que hacen, no proponen, no imaginan y son las que se encuentran en el candelero”.


La lista de escritoras mexicanas es cada día más amplia y brillante, algunas destacan por su enorme peso estético, la originalidad de sus tratamientos y la belleza de su prosa. De todas ellas, Elena Garro fue quien abarcó más géneros: novela, cuento, teatro, ensayo, ocasionalmente poesía… Fue, además, la más infortunada y ciertamente una de las mayores voces de la literatura mexicana, hasta hoy poco reconocida o aceptada a regañadientes más por razones políticas o de afectos que por una sólida argumentación artística.

El gusto literario, con cierta frecuencia, responde a modas, a hechos frívolos y superficiales. Sin embargo, en tal sentido, para la mayoría es una obligación estar a la moda. Hoy leemos a Germán Dehesa, Guadalupe Loaeza y Héctor Aguilar Camín sin haber pasado por Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Julio Torri, José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, Nellie Campobello, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Octavio Paz. Aunque con más rigor, llegamos al autor de moda sin echar una mirada a los clásicos. Leer a Homero, Sófocles, Cervantes, Shakespeare, Sor Juana, Balzac, Poe, Joyce, Jane Austen, Charlotte y Emily Bronte, Proust o Twain es algo pasado de moda, una lectura sin mucho sentido porque las novedades subyugan a librerías y lectores. Pero no todos los tiempos fueron malos, recuerdo la respuesta de un maestro en la Facultad de Ciencias Políticas, Henrique González Casanova, al recibir la pregunta insolente de un estudiante, ¿ya leyó la primera novela de Gustavo Sáinz?: No, todavía no, me falta más de un siglo, apenas voy en Jonathan Swift. Escuchar a Rubén Bonifaz Nuño hablar sobre Homero y los clásicos griegos y latinos es un festín del que pocos disfrutan, embobados por algún best-seller norteamericano o una lamentable novela histórica mexicana.

Con tal recuento no pretendo descartar la novedad, sino valorar cuidadosamente la obra que vamos a leer, seleccionar, como diría Gabriel Zaid, de entre los muchos libros, de entre la curiosa sobreproducción de libros, la mejor lectura, la que nos enriquezca y nos haga mejores seres humanos, más dignos, más decentes, más cultos. Nuestra modernidad ha sido atroz: ha aplastado impiadosamente a la gran cultura.

Pero si el gusto literario suele ser veleidoso y frívolo, no es una guía estética. Entonces los resultados literarios son otros, más consistentes, y siempre ajenos al gusto de las mayorías, inalterablemente conducidas por esos tiranos poco ilustrados que se llaman medios de comunicación y que en México son aborrecibles. Nos llevan a los peores libros y a escritores de poca monta, pero con carisma entre las masas, útiles para los políticos, y los convierten en héroes de una nueva y extraña épica y entonces allí se concentra toda la atención de periodistas y lectores, los premios literarios y de una fama incomprensible que le cierra las puertas a verdaderos talentos.

En México, no cabe duda, algunas mujeres son con frecuencia más exitosas y mejores narradoras y poetas que los hombres. Pero insisto, el valor estético de una obra no se mide por el género, sino por los méritos literarios. Tampoco estamos seguros de la superioridad masculina porque más hombres han recibido el Premio Nobel de Literatura que mujeres. Eso sólo indica que el mundo fue originalmente creado por varones para varones. Por fortuna los tiempos han sufrido cambios profundos.

Opinión 2013-01-07 - La Crónica

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