Tantadel

enero 16, 2013

Las traiciones políticas, ¿existen?

Me parece que la tarea de etiquetar a enemigos o rivales es algo frecuente en todos los países del mundo. Pareciera que nos dividimos en héroes y traidores. Los matices no existen; tampoco las explicaciones. Hay héroes que nunca se propusieron serlo y villanos que siempre fueron consecuentes con sus ideas políticas: Stalin y Hitler, opuestos por completo. Acabo de leer un largo artículo donde, luego de relatar minuciosamente la vida personal de Rosario Robles en tanto activista marxista, se preguntan si es o no una traidora. Imagino que la respuesta podrá variar según quien la conteste: si es Peña Nieto afirmará que es una patriota, que lo fundamental para ella es eliminar la pobreza y que por su experiencia en este campo la contrató como secretaria de Estado. Pero si es René Bejarano quien responde, no será complicado saber la reacción. Su dramático cambio, ella lo justificó con simpleza: Peña Nieto fue el único que me apoyó cuando mis compañeros me hundían en el fango.


Traición es un término riesgoso y muy gastado. Si traición es dejar el PRD para ocupar un sitio primordial en el nuevo gobierno, al que sus críticos más tenaces consideran herencia de Carlos Salinas, ¿cómo podríamos llamarles a esos cientos de priistas que luego de obtener enormes beneficios y agotar las posibilidades de ascenso en el PRI se pasaron al PRD? Con tal lógica, Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador y Arturo Núñez, por citar un puñado, son traidores. Pero si matizamos adecuadamente, podemos absolverlos.

Los libros sobre la Revolución Mexicana están llenos de maniqueísmo y vituperios para los traidores: aquellos que perdieron o se cambiaron de bando en un momento poco adecuado. Por décadas hemos escuchado que Miguel Miramón era un traidor, como tal aparece en los recetarios de historia. Muchos investigadores serios, José Fuentes Mares entre ellos, lo ven como alguien que pensaba distinto de los liberales encabezados por Benito Juárez.

Supongo que la gente cambia, modifica sus opiniones y pasa de una postura política a otra no por razones mezquinas, sino exactamente porque se vieron a sí mismos como gente equivocada e intentaron modificar la situación. Para Hitler, el célebre mariscal Erwin Rommel fue un traidor, luego de que un grupo de militares intentara asesinarlo. Para las sucesivas generaciones quedó como salvador, un patriota que quiso salvar a Alemania de la caída total. En esos mismos años, el mariscal Petain, héroe de la Primera Guerra Mundial, cruzó la delgada línea que separa lo heroico de la traición. Francia lo recuerda más como el presidente de un país ocupado, como un colaboracionista, que como uno de los militares que triunfaron sobre los alemanes en 1918. Los laureles desaparecieron y le quedó la etiqueta de traidor, cuando era un hombre de sincero nacionalismo.

El desaparecido Partido Comunista en México fue una cuna para que jóvenes y osados políticos se formaran y ya con algún renombre de luchadores sociales se incorporaran a las filas del PRI, para “hacer la revolución desde adentro”, como precisaba una consigna humorística de la época. No recuerdo a ninguno de esos muchachos que con el correr del tiempo se hicieron altos funcionarios ricos fuera llamado traidor. En el peor de los casos, habían cambiado de trinchera.

En el México de hoy no existen ideologías, a lo sumo principios que apenas notamos. Los políticos se cambian de partido como si fueran equipos de futbol: van a donde mejor les pagan. Eso es algo humano y hasta justificable. Ahora, asimismo, están los que suponen que uno debe permanecer leal a una causa. Pero ¿y si las ideas sufren desgaste? Dudo que podamos decirle traidora a una persona que haya sido comunista y ahora trabaje con entusiasmo por el sistema capitalista.

Hace algunos años, Valentín Campa, a quien no se le puede decir que cambió de ideología, pidió a través de la revista Proceso que Diego Rivera fuera expulsado post mortem del Partido Comunista por haberlo traicionado (es posible que se haya referido a sus simpatías del muralista por León Trotsky, hace años que no pensaba en esa demencial historia). En el reportaje completo aparecía Diego, pistola en mano, diciendo que sí, que era un traidor, pero a su privilegiada clase social al irse al comunismo. Sin duda se trató de una broma del genial artista, pero deja claro que es fácil acusar o calumniar a alguien con la temible palabra traición. Si hubo mexicanos de completa pasión por el comunismo fueron Siqueiros y precisamente Diego.

Luego de escuchar en boca de mis colegas universitarios mil veces la palabra traición referida a Rosario Robles, el tema me produce total pereza. Por lo pronto no hay ninguna otra persona salida de la verdadera izquierda que disfrute de tan elevada cuota de poder real. Si todo es una “trampa” de Carlos Salinas, no me importa. Infinidad de profesores universitarios, me machacan: Peña Nieto es el títere de Televisa, y Televisa y Peña Nieto son movidos por Salinas. No lo creo, pero tampoco sirve de algo investigarlo. Me da lo mismo. No importa que me acusen de traidor o me consideren leal al marxismo al que ingresé en la juventud en un país de políticos cínicos y de intelectuales de escasos escrúpulos con tal de triunfar.

Opinión 2013-01-16 - La Crónica

1 comentario:

JUAN ESPINOSA dijo...

Supongo que todo depende del cristal con que se mire la realidad. Nada es para siempre y menos en política.