Tantadel

enero 06, 2013

Los hermosos barrios

Bajo este título, Louis Aragon escribió un libro notable, donde refiere las bellezas de París y la descomposición que sufrieran. De otra manera, he tratado de hacer algo semejante. Recuerdo haber escrito un largo artículo sobre el uso de un sitio emblemático para todos los mexicanos: el Zócalo. Señalaba el mal uso que el PRI le daba convirtiéndolo, a la manera fascista, en un sitio de tumultuosas reuniones políticas de adhesión al presidente en turno. Por ejemplo, la que en 1968 llamaron desagravio a la bandera nacional porque antes los estudiantes habían izado la roja. Los que dirigían la campaña de Carlos Salinas, algunos hoy en el PRD, me dijeron que mejor tratara el tema delante del candidato presidencial. Así fue. Nadie tomó en cuenta la defensa que hice de la Plaza de la Constitución, donde estuvo el ombligo del mundo azteca y por donde transitaron las mayores personalidades culturales del país y de muchas partes del orbe.


Ya bajo el gobierno de Salinas, cuando Manuel Camacho era regente del DF, en las páginas de Excélsior, en El Búho, publiqué un excelente artículo del doctor Silvio Zavala, quien defendía los sitios claves del DF: Paseo de la Reforma, Avenida Juárez, buscaba el sitio adecuado para la Diana cazadora y desde luego abogaba por el Zócalo. Tampoco lo escucharon. Sólo era el más prestigiado historiador mexicano.

Ahora, bajo nuevas siglas, pero casi con los mismos personajes, la destrucción y la falta de respeto por el DF, principalmente por el Centro Histórico, se han intensificado. López Obrador “remodeló” Reforma y Ebrard destruyó el simbolismo del Monumento a la Revolución, al colocarle un elevador inútil y convertirlo en un lugar de fiestas, cuando en rigor es un punto funerario dedicado al millón de muertos y desaparecidos del movimiento de 1910 y la tumba de varios de sus principales participantes. Silvio Zavala decía que si los fanáticos del futbol querían festejar goles, pues el lugar ideal era el Estadio Azteca y no el Ángel de la Independencia, el altar de la patria. Sin duda, tenemos una capacidad asombrosa para destruir el pasado y edificar proyectos de escaso valor artístico e ideológico.

Hace un par de años, me puse nostálgico y luego de conducir varios recorridos, organizados por el INBA, a lo largo del Centro, escribí un libro: Antigua grandeza mexicana, que publicó Editorial Porrúa. En la obra hago recuerdos del barrio universitario y cultural clave del país y quizás del continente. Describo sus bellezas y básicamente rememoro las figuras que durante mi niñez poblaron la zona. Tampoco ha sido leído por los políticos. Ahora, con el triunfo del espectáculo sobre la alta cultura (cito a Vargas Llosa), el Centro Histórico es realmente lo que dijo hace tiempo María Félix: un chiquero. La expresión indignó a Manuel Camacho y contestó con alguna tontería. Sin embargo, los políticos buscan votos no conciencias, tampoco belleza ni respeto a la urbe que mal han conducido el PRI y el PRD, y hoy es una zona de escaso decoro, para gustos elementales, degradada. Otro gran historiador, Miguel León Portilla, acaba de declarar en una reunión con intelectuales distinguidos, que “El Zócalo capitalino es el corazón de la ciudad, no un circo”. Se refería no únicamente a las pistas de hielo, sino a que esa plaza soberbia ha sido convertida en sitio de usos múltiples, principalmente para espectáculos ruidosos de muy bajo nivel y protestas políticas incoherentes. Su uso “es inmoral”, concluyó León Portilla.

Los daños que dicha área ha sufrido son graves. Excélsior lo ha probado con testimonios y fotografías. Pero nada hacen por evitarlos. Al contrario, la devastan. ¿Será posible terminar con la destrucción? Lo dudo. Los circos dan votos fáciles y permiten hazañas de nulo mérito: tenemos los récords de la rosca de Reyes y el tamal más grandes del mundo y una demagogia infinita que lastima a la historia y deshonra el futuro.

Excelsior - 2013-01-06

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