Tantadel

enero 25, 2013

Los olvidados de las letras

Cuando uno entra en las librerías mexicanas, lo primero que siente es el peso de lo inmediato: novedades y más novedades. Esto no es grave salvo que esos libros  son en su mayoría best-sellers, obras escritas para ir directamente al mundo efímero. Los firman autores con algún renombre y sobre todo periodistas que saben novelar un reportaje y cuyos temas son siempre escandalosos, intentan manejar el nuevo periodismo y sólo obtiene hazañas con frecuencia despreciables. En nuestras letras, como en las francesas o las inglesas, no están todos los que son. La historia más superficial recoge unos cuantos nombres y los repite hasta la saciedad. Llegan a los políticos y ellos les dan la consagración. Pasan a la pléyade.
Hace unos días, un investigador que vive entre México y Estados Unidos me propuso la elaboración de dos libros desmitificadores: uno sobre Octavio Paz y otro sobre Carlos Monsiváis. Su idea es mostrar las dos caras de la luna, la positiva y la negativa. Ambos fueron caudillos en un país que busca cadenas. Crearon bien sus propias leyendas para ingresar a la historia. Octavio, ambicioso en exceso, tuvo un enorme talento poético y se impuso en el mundo. Carlos, más modesto (de ocurrencias y no de ideas como se lo dijo Paz), establece su dominio en México. Fuera era y es incomprensible

La idea, complicada desde varios ángulos me dejó pensativo. En esos momentos estaba concluyendo la lectura de uno de los Diarios de Alfonso Reyes, el que abarca el periodo 1936-1939, en la hermosa edición de Alberto Enríquez Perea. No es fácil dejarse seducir por los diarios, son más fatigosos que los libros de memorias. No tienen el encanto de las autobiografías. Sin embargo, el mundo de Reyes fue en extremo rico en matices. Basta ver los temas que trata, las actividades que lleva a cabo cotidianamente y los personajes con los que se escribe o habla. Figuras que modificaron los rostros de las ciencias y las artes, políticos que transitaron por las sendas de la tragedia y del éxito, venturosos conductores de ideas, en fin, un luminoso abanico que ya a nadie parece importarle salvo a los especialistas y al hermético mundo de la academia más selecta.

Una obra de tal naturaleza, publicada muchos años después de la muerte de Reyes, acaecida en 1959, requiere de explicaciones, apostillas y explicaciones de diversos secretos que le eran familiares al polígrafo. A través de estas aportaciones, podemos mejor apreciar el valor discreto de hombres y mujeres que en sus respectivos momentos sacudieron al país. Están, por ejemplo, en las anotaciones de don Alfonso, personas como Vicente Lombardo Toledano, Rubén Salazar Mallén, Luis Quintanilla y Aurora Reyes, junto a los olvidados por las modas y el esnobismo, aparecen nombres radiantes que siguen siendo citados por eruditos, pero que asimismo han sido marginados de la historia de nuestras letras e ideas.

Algunos de ellos afortunadamente fueron maestros míos en la UNAM, otros los conocí por azares de la vida en México, antes no tan confundida como hoy. Podemos apreciar esas figuras, distantes del talento de un Reyes, pero de su mano bondadosa. Por cierto, fue un caudillo cultural no muy tolerante con los juicios críticos y menos con obras menores. Cuando Paz se erigió en dueño de las letras: la patria había perdido brillo y de ese modo reinó el poeta en un país de sombras. No tuvo amigos, consiguió servidores y aduladores por docenas. Igual que Monsiváis, en una escala muy menor.

El autor de la obra, Alberto Enríquez Perea, en la última sección, escribe pequeñas reseñas de algunos de los olvidados. Una me impresionó: la referida a Rubén Salazar Mallén. Lo conocí bien, podría decir que fuimos buenos amigos. Allí está una cita que bien califica al hombre genial y violento, de excesos: “Hombre de izquierda como de derecha, comunista y fascista a tiempo y a destiempo, amigo de políticos como Miguel Alemán y de radicales como José Revueltas, periodista devastador y atento maestro de los jóvenes, Salazar Mallén vivió y agotó el siglo XX en casi todas sus aristas. Pero si las políticas y la seducción de la ideología fueron incendio de días o años, la literatura fue el fuego que nunca menguó ni ante las peores tormentas o el silencio del entorno, capitaneado entonces por el presidente de las letras: Octavio Paz, que nunca perdonó a Salazar Mallén haberlo acusado de oportunista…”

No sólo ello, lo señaló como plagiario y pudo demostrarlo: entre las víctimas estaba el mismísimo Salazar Mallén en dos puntos claves, Sor Juana y la búsqueda de la mexicanidad. Como tantos otros, padeció la rabia silenciosa que en México le decimos ninguneo. Emmanuel Carballo terció a favor de Rubén. La mejor defensa la hizo el propio inmolado y con tenacidad denunció y criticó al nuevo monarca de las letras que nunca tuvo reposo para unos minutos de generosidad. Rubén era un feroz peleador callejero; muerto, algún discípulo ha tratado de ponerlo de pie en un desmemoriado país y de novedades por añadidura. Recogió en un tomo editado por la UAM, los ensayos donde estaban las denuncias contra Octavio y sus propuestas y tesis sobre la mexicanidad. Es otro escritor maldito, José Luis Ontiveros.

Es tiempo de poner en orden la pésima historia de nuestras letras y combates intelectuales.

Opinión - La Crónica

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