Tantadel

febrero 11, 2013

De caudilla a caudillo con intermediario

El mejor invento político que México le ha dado a la ciencia política es el presidencialismo. Lo que hizo Lázaro Cárdenas fue cerrar una etapa de caudillos, emperadores, altezas serenísimas, hombres fuertes, dictadores, jefes máximos y poner a individuos de apariencia democrática, que llegan al cargo mediante un proceso electoral poco claro. Allí está la fórmula de la sobrevivencia del PRI. A los mexicanos nos gustan los caudillos, los hombres duros que gobiernan con mano severa. Cuando ganó Carlos Salinas, un periodista afamado, escribió: Ya tenemos Presidente, refiriéndose a su carácter autoritario. Tal partido sabe cambiar, es camaleónico. Posee un indicador de rumbos, una brújula: si el anterior pecó de izquierdista, quien sigue es conservador. Algunos hablaron de la teoría del péndulo. En general, desde Ávila Camacho, la ruta es hacia la derecha.  Ahora el presidencialismo es terso, de terciopelo dicen los expertos que aman las frases hechas. Pero por más que Peña Nieto esté disfrazado de modernizador, a su alrededor es lo mismo de siempre. Todo se hace en su nombre: como dijo el Presidente, por instrucciones del Presidente… Ningún funcionario tiene poder de decisión: recibe órdenes, se mueve bajo su inspiración. Y el culto a la personalidad es peligroso. La única ventaja del presidencialismo mexicano es que dura seis años y luego, viene el cambio de caudillo. Es un juego de esperanzas perdidas que cada tanto nos impulsa a las urnas.
En el sindicalismo mexicano, las cosas no son distintas: el modelo es el PRI, o mejor dicho, la CTM. No hay líder sindical que no se eternice en el poder y haga fortuna. Ni uno solo. Pero el adorable maniqueísmo nacional los divide en buenos y malos: aquellos que se perpetúan en los sindicatos de imaginaria izquierda, son los buenos; los que no, como los que han estado al servicio priista, son los malos. De entre estos últimos, destaca el SNTE. Elba Esther Gordillo supera lo imaginable en tal sentido. Su poder es real, su peso en la vida política nacional es enorme y a diferencia de un presidente que dura seis años, el suyo se alarga con el aval de millones de maestros. El dinero que recibe, no está sujeto a leyes de transparencia. Es discrecional y lo mismo lo usa para apoyar candidatos que a su persona y familia.

Por ahora, Gordillo parece chocar con el Presidente, recibe críticas de su gobierno. Ella, que ha contribuido a poner y quitar altos funcionarios, que produjo la derrota de Roberto Madrazo y ayudó en el triunfo de Fox y Calderón, conoce las reglas. Imposible enfrentar al Primer mandatario. No lo doblegará. Pero hay artimañas. Peña Nieto no es Carlos Salinas, quien se quitó de encima a los líderes petroleros de un golpe. Entonces utiliza a un gobernador de recadero y le dice al Presidente, en una prueba de aceptación del presidencialismo: “El SNTE está con Peña, no con el Congreso”. Añade que se irá cuando los maestros quieran. Para colmo de lo grotesco, nos obsequia su epitafio: “Aquí yace una guerrera…”, imaginándose Rosa de Luxemburgo y Juana de Arco al mismo tiempo. Blande su mellada espada, coreada por cientos de sindicalistas a su servicio.

Sin embargo, su larga y sinuosa historia, tan llena de acciones espantables, claroscuros y logros para un sistema que se niega a sufrir modificaciones, parece menos promisoria que cuando un presidente priista la hizo lideresa eterna. Las nuevas generaciones de políticos no se sienten cómodas con su presencia e infinita arrogancia. Tiene 68 años de edad, se ha codeado literalmente con todos los dueños del país, peleado ferozmente por el poder, su mayor pasión y ha sorteado adversidades exitosamente. ¿Habrá llegado al final de su larga carrera? ¿El magisterio será libre y buscará lo perdido en años de ignominiosa sujeción? Por lo pronto, hay un complicado diálogo entre la caudilla magisterial y el caudillo presidencial. Ah, y un intermediario.

Excelsior - 10/02/2013

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