Tantadel

febrero 25, 2013

Griselda Álvarez, primera gobernadora


Este año, Griselda Álvarez hubiese cumplido cien años de edad. Nos presentó Rubén Bonifaz Nuño cuando era gobernadora de Colima y desde entonces tuvimos una sólida relación de amistad. Hasta su muerte, nunca faltaron las pruebas de mutuo cariño. Compartimos veladas literarias donde ella daba lecciones que permitían apreciarla: una mujer culta, sensible, talentosa, guapa, de historial impecable: tenía un rostro severo para la política y una bella cara sonriente para la poesía.

El soneto es complejo, difícil. Que yo conozca, en México sólo unos cuantos poetas lo han manejado con destreza: Carlos Pellicer, Fernando Sánchez Mayans, José María Fernández Unsaín y Griselda Álvarez. Me llama la atención que ella seleccionó el soneto para hacer una autobiografía aún más profunda y encantadora: Cuesta arriba. Memorias de una gobernadora. Otra obra memorable es Sonetos terminales,  donde reconstruye su vida, añora al nieto perdido y se imagina solitaria. La soledad, la pérdida de la hermosa “arquitectura” por “donde viajaron manos persuasivas”, conforman un espléndido recuento no de nostalgias, sino de experiencias vitales. Le duele el país que le dio cobijo y éxito: “Oscura piel de mugre sin aseo,/ mirada con dureza que me embiste,/ un sólido rencor que deletreo,/ huesos al aire, niño que resiste./ Y ahí, aún en pie, ahí te veo,/ México de mi vida, imagen triste.” 

Los sonetos finales de Griselda son una lección de vida apasionada. Llama al temible Alzheimer y convoca a la piadosa muerte; lo que recibe es más vida de triunfos, cariño y respeto. La escuché en la arenga política y en lecturas poéticas. Si el discurso político con ella tuvo un tremendo peso que la hizo inolvidable como senadora y primera mujer gobernadora en el país, su voz como poeta alcanza una extraña hondura que conmueve y cala, qué eficacia consigue con las imágenes poéticas, a veces juguetonas, otras tristonas o peleoneras, siempre dotadas de una ironía elegante, sumamente fina. 

Pero si en Sonetos terminales Griselda le canta a su propia muerte, en Erótica habla del amor sensual, del sexo, de las iluminadas relaciones amorosas. Describe al cuerpo varonil con maestría y nos indica cuál es la diferencia, enorme por cierto, entre pornografía y erotismo. Son un puñado de sonetos que hablan de la pareja, de su vano intento de convertirse en una unidad, de sus caricias suaves o violentas. Creo que aquí Griselda vuela muy alto, pocas veces la poesía amorosa en México ha llegado a tales extremos de belleza. Por regla general, la poesía es amorosa, pero en este libro la poesía se convierte en un vehículo de excitación, de comunicación erótica. Si los preámbulos pueden ser poemas de Pablo Neruda, las relaciones sexuales tendrían que serlo con sonetos de Griselda Álvarez. Sonetos audaces, provocativos, que estuvieron un buen tiempo en una gaveta. La poesía se enriqueció con esos cantos al amor en su más alto y sublime nivel: el sexo, particularmente cuando se hace el amor por amor.   

Griselda fue combativa, guerreó por sus ideas, lo hizo con armas poéticas al responderle al majadero panista Diego Fernández de Cevallos cuando ironizó a las mujeres: “el viejerío”. Lo hizo con Canto a las barbas, diez sonetos impecables, de elegante humor, utilizando su herencia liberal y revolucionaria. Están allí las lecciones de quienes en el siglo XIX lucharon contra la reacción y el invasor, escritores liberales, Prieto, Altamirano, Zarco, que recurrieron a la literatura para derrotar al enemigo. En esa lucha (guerra de guerrillas donde los soldados eran versos, no toleró groserías a la mujer ni ofensas a su partido político) me tocó un doble honor: publicarlos en El Búho y más adelante hacer el prólogo de la plaqueta que ninguna gracia le hizo al grosero adversario de Griselda. Esta poesía civil, en sus manos no fue poca cosa y sirvió para quitarle muchos votos al PAN durante las elecciones de 1994.

Griselda Álvarez solía impresionarme con libros como Cementerio de pájaros, Anatomía superficial, Cuesta arriba. Memorias de una gobernadora, Sonetos terminales, Erótica. Su sentido del humor, su amor por México, su dedicación al trabajo, su fina cultura, todo en ella me impulsa a admirarla, a amarla. ¿Qué magia poseía esta mujer que triunfó en campos que se antojan imposibles de conciliar: la literatura y la política? Lo ignoro. De algo estoy seguro: fue una maestra que nos  formó y conformó con lecciones de amor por la vida, el arte y la política. Con rigurosas enseñanzas de modestia y humildad, aquí donde impera el terror de quienes han triunfado o tienen poder, ella optó por brindar apoyo y amistad. No destruía, construía descomunales edificios de solidaridad. Como senadora y gobernadora dejó una obra espléndida aún vigente. Ninguna referencia a Griselda Álvarez estaría completa si no insistimos en su elegante feminismo, a esta lucha le dedica en Sonetos terminales versos inolvidables como “Mujer”, metáforas para poner a la mujer en el contexto que merece y que por tanto tiempo le han escatimado. Recordemos que Griselda escribió una nueva epístola para los que se casan en sustitución de la envejecida de Melchor Ocampo y que bien valdría publicarla de nuevo. Su obra literaria es una prodigiosa autobiografía, de historias radiantes o dolidas, inteligentes, de profundo contenido humano, de ese amor que Griselda fue obsequiándonos en su dulce y severo andar por la historia.


La Crónica

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