Tantadel

febrero 24, 2013

Jules Verne, más que un anticipador


lguna vez di una conferencia sobre Jules Verne. Atrajo público juvenil. Poco después un amigo agudo y culto me dijo que el autor francés era aburrido y malo. Él, desde luego, prefería un tipo de literatura más sofisticada, autores ampulosos, diría yo. En estos días alguien subió a internet un trozo de entrevista donde Rubén Bonifaz Nuño declara como sus favoritos a Dumas y a Salgari, entre otros que llamaríamos escritores de aventuras, para público menor. El inmenso poeta lo dijo muchas veces y justificó ante el estupor de periodistas acostumbrados a los nombres más sofisticados: Sabían narrar, contar historias. Eso mismo le escuché a Rulfo citando novelistas del mismo tenor. Por ello, sin temor ratifico mi admiración por Verne.
Verne es famoso en todo el mundo. Su obra, conocida bajo el título global de Viajes extraordinarios, ha sido traducida a unas noventa lenguas y, desde luego, está considerado no como el primer autor de ciencia-ficción, pero sí como el escritor que le da forma al género y lo prepara para que haya numerosos descendientes. Pese a la complejidad de sus ramas y a las implicaciones que uno puede encontrarle, Verne parece ser, como Swift, Lewis Carroll y Wilde, un narrador para el público infantil. De este modo lo ha visto Hollywood al hacer torpes e ingenuas interpretaciones fílmicas de sus novelas. En consecuencia, es difícil, al menos en México, que un adulto lo lea. Si lo hojeó durante su juventud, ya no entrará en sus preferencias de hombre maduro que desechó la fantasía por considerarla inútil y algo de niños. Absurdo, pues Jules Verne, igual que los ingleses mencionados, siempre será mejor comprendido por personas de alto nivel cultural y sensibilidad. Pensemos, a modo de ejemplo, en Los quinientos millones de la Begun, donde es anticipado el fascismo hitleriano.
El autor de Veinte mil leguas de viaje submarino, aunque de apariencia sencilla, tiene un complejo mundo detrás que es difícil apreciar a los 12 o 15 años de edad. Bastaría leer el libro de Jean Chesneaux, Una lectura política de Julio Verne, en el que muestra a un escritor preocupado por los grandes problemas sociales de su tiempo, a un humanista, a alguien con “ecos del socialismo utópico” y no a un simple anticipador de sucesos, que, por otro lado, nada tiene de simple  vislumbrar el futuro. En lo político lo hicieron Marx y Malthus; Wells en lo científico. Hazañas no fáciles de duplicar.
Es cierto, Verne predijo los viajes a la luna con más precisión que otros autores, por ejemplo que Cyrano de Bergerac con su Viaje a la Luna, publicado por vez primera en 1675, un fantástico utopista que incluso se atrevió a viajar a Los estados e imperios del Sol. Verne también, como Leonardo, pensó en el submarino. Ahora bien, no se trata únicamente de maravillarse ante sus milagrosas anticipaciones. Hay que sorprenderse con las excelencias del Verne narrador, con su prosa de cuidadosa manufactura, su habilidad para los diálogos y estructuras literarias. Por último, con el profundo conocimiento de su época e historia.
Verne nació el 28 de febrero de 1828 en Nantes. A lo largo de su vida escribió más de cien libros que no han perdido ni su valor ni su frescura. Recientemente fue recuperada su novela inicial, París en el siglo XX, que se creía desaparecida y que fuera rechazada por su editor y amigo Pierre-Jules Hetzel. Si Edgar Allan Poe fue capaz de jugar con el horror, Verne lo hizo con la emoción al recrear aventuras soberbias. Tendré que añadir que fue un temible crítico, capaz de satirizar a más de una venerable institución europea. Sus libros, afortunadamente, siguen vigentes por más que sus vaticinios hayan sido superados por el tiempo. Lo recomendable es rendirle a Verne el homenaje de la lectura inteligente y analítica, sin suponer equivocadamente que sólo los niños y los jóvenes pueden gozar con las novelas de los Viajes extraordinarios.


Excelsior

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