Tantadel

febrero 11, 2013

Palabras sobre Rubén Bonifaz Nuño* (III)

Rousseau dejó sus Confesiones, Chateaubriand Memorias de Ultratumba, Neruda Confieso que he vivido, Torres Bodet Tiempo de arena. ¿Sólo nos interesan sus vidas? ¿Qué sabemos de Bonifaz, si apenas nos dio unas páginas autobiográficas? Ah, pero si la biografía del poeta son sus poemas, según dijo Evtushenko y lo confirmó de otra manera León Felipe, “Poesía es biografía”, Rubén Bonifaz Nuño la escribió en versos prodigiosos. La suya es una obra donde nos ha dicho de sus penas y aspiraciones, de sus tragedias y éxitos, de sus amores y desamores, que él mira modestos y que son sorprendentes. Incluso sus soberbias traducciones de clásicos griegos y latinos son parte de su vida, muestran que adora a Catulo, Propercio y Homero.

Como si fuera un albur de amor, Rubén puso todo su talento, misterioso, enigmático, al servicio de la poesía y la poesía al servicio de las mujeres y del amor. Dijo: “Mi poesía y las mujeres. Las mujeres son el universo, son las criaturas más perfectas, al menos en el universo que conocemos; en ellas se condensa toda la fuerza de la naturaleza y la fuerza del espíritu.” Los resultados asombran: Escribo amargo y fácil,/ y en el día resollante y monótono/ de no tener cabeza sobre el traje,/ ni traje que no apriete,/ ni mujer en que caerse muerto.

Me siento honrado y satisfecho de haber sido por largo tiempo amigo del poeta deslumbrante. Siempre conté con su apoyo y amistad, desde aquel lejano 1969 cuando nos conocimos en el Fondo de Cultura Económica, él recogía El ala del tigre y yo Hacia el fin del mundo, ambos publicados en Letras Mexicanas. Vi al guerrero vestido con elegante traje civil, hermoso, de agudo ingenio, dueño de una sonrisa que sólo tienen los elegidos y una cultura de hombre sabio, miré al hombre admirable y admirado y jamás pensé que fuera a aceptarme como su amigo y dejarme mostrarle mi admiración y amor por sus letras y su persona, como ahora quiero públicamente testimoniarlo. Gracias, Rubén. No imaginas cómo me ha dolido tu muerte.

Pero antes de ponerle punto final a estas notas sobre Rubén Bonifaz Nuño. Me gustaría señalar que estamos hablando de un autor que permaneció distante de las mafias de poder, que jamás se acercó a los príncipes, a esos políticos ignorantes. Hizo su magnífica obra en soledad. Tuvo amigos, no súbditos como lo han hecho los caudillos culturales. Su reino era una oficina pequeña, llena de libros, donde recibía a sus amigos para leer poesía. Amaba como pocos la belleza, pero hasta en ese punto fue discreto. Ocultaba sus antipatías con un particular sentido del humor. Ya delicado de salud, habló más de temas sociales y políticos, lo hizo con sencillez. Hablaba por “los fregados”, por los desposeídos. Señalaba con insistencia a los indios como las mayores víctimas del país. Tenía, pues, una forma singular de señalar las contradicciones.

Rubén recibió todos los grandes premios y muchos reconocimientos y doctorados honoris causa en México, fue respetado y amado, pudo en consecuencia erigirse en líder cultural. No lo hizo. Siendo un intelectual tan perfecto, optó por el gabinete. Jamás hizo declaraciones altisonantes buscando notoriedad. Amaba el amor, a la mujer, a ella le cantó una y otra vez. A Josefina Estrada, en un libro póstumo de El Colegio Nacional, le confesó: “Las mujeres fueron la fuerza de mi vida…” Una de sus preocupaciones básicas era profundizar en las formas poéticas, experimentar. Como Borges, lamentaba su ceguera, pero como él también supo llevarla con dignidad. Jamás perdió el sentido del humor. Cuando los dolores eran severos con su cuerpo y lo atormentaban, se limitaba a decirnos: Estoy muy amolado. Y no más. Jamás abandonó su reino, la UNAM, allí estaba todo el tiempo y cuando salía a comer o a dormir, le decía a sus empleados y amigos: Allí les dejo la Universidad, me la cuidan.

Todos aquellos que lo leyeron y tuvieron la fortuna de conocerlo aunque fuera superficialmente, se darán cuenta de la magnitud de la pérdida para el país. Rubén no fue un exhibicionista ni un buscador de fama. Fue un auténtico poeta y como tal seleccionó cuidadosamente a sus amigos: los clásicos, los autores que han perdurado y nos han enriquecido. No citaba con pedanterías la novela de moda, pedía la lectura de Dumas o de Salgari, ante el desconcierto de aquellos que lo rodeaban, tan acostumbrados a la infinita soberbia de quienes han dominado a los lectores apoyados por los políticos.

¡Qué hueco deja Rubén Bonifaz Nuño! Imposible llenarlo.

Opinión - La Crónica

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