Tantadel

febrero 04, 2013

Rubén Bonifaz Nuño, 1923-2013

En su funeral estuvieron quienes realmente lo amaron y leyeron su memorable poesía.
Bastaba leer sus hermosos versos. Rubén era esencialmente poeta. Pero asimismo fue un extraordinario traductor de los clásicos griegos y latinos, un ensayista sobre artes plásticas sin par y un hombre que miró cuidadosamente el arte prehispánico. Como poeta no tuvo par. Y su impecable, perfecto trabajo de traducción es posible comprobarlo con la sola lectura de La Ilíada, hecha directamente del griego y cotejada con ediciones en diversas lenguas. Por desgracia, la ceguera le impidió llevar a cabo la correspondiente a La Odisea.

Aunque sus familiares y amigos cercanos, al presenciar una lenta y dolorosa agonía, esperábamos su muerte, llegado el momento, uno resulta incapaz de resistirla. Su belleza física desaparecía, sus facultades mentales disminuían, la depresión lo rodeaba. Su mucho amor por la vida lo hizo defenderse con el apoyo fundamental de Paloma Guardia Montoya, quien fue su amiga, secretaria y protectora final. Ella comunicó su fallecimiento, el de un hombre realmente singular, que vivió prácticamente dentro de la UNAM: la consideraba el centro del mundo.

En su funeral estuvieron quienes realmente lo amaron y leyeron su memorable poesía: Fausto Vega, José Narro, Juan Ramón de la Fuente, Beatriz Espejo, Emmanuel Carballo, Gonzalo Celorio, Juan Gelman, Hugo Gutiérrez Vega, Miguel Sabido, Rafael Tovar y de Teresa y entre sus seguidores: Sandro Cohen, Bernardo Ruiz, Luis Chumacero, Jorge Ruiz Dueñas, Marco Antonio Campos, Josefina Estrada quien le hizo la última entrevista para El Colegio Nacional... El ataúd no siempre estuvo cerrado, algunas personas quisieron verlo para despedirse con palabras amorosas del hombre que el sábado fue incinerado. El Fondo de Cultura Económica, donde Rubén editó libros resplandecientes, representado por José Carreño Carlón y Martí Soler, nos hizo recordar que fue su otra casa editorial. En la primera guardia estuvieron María Cristina García Cepeda, directora del INBA, José Narro, quien lo conoció a fondo y quiso, y un grupo de selectos académicos. Los medios estuvieron atentos, el Canal 22 fue acucioso. Fue un día triste.
Comencé a leerlo en 1962 y fui muy afortunado cuando en 1969 el Fondo de Cultura Económica publicó mi primer libro de relatos, Hacia el fin del mundo, en Letras Mexicanas, exactamente junto a El ala del tigre de Bonifaz Nuño. Allí comenzó nuestra amistad que se hizo larga y que sólo la muerte destruyó. Fue un maestro notable dentro y fuera del aula y un amigo excepcional; pese a su agudo sentido del humor y capacidad para bromear, jamás lo escuché hablar mal de nadie.

En una época, Rubén Bonifaz Nuño, Carlos Montemayor y yo nos frecuentamos, viajamos y mucho fue lo que aprendimos de un personaje de su talla. Cuando propuse la creación del Museo del Escritor, él fue el primero de mis amigos en acudir: donó originales de sus poemas, uno de sus célebres chalecos, un reloj de bolsillo y otros objetos que bien lo representan. La mayor parte de sus mejores amigos habían fallecido. Lo sentía inquieto y decía tener a la muerte sentada junto a él. No obstante escribió libros juguetones como Calacas y versos insuperables de amor. Los homenajes que recibió en sus últimos meses fueron radiantes en cuanto a los que participaron, pero a él ya le costaba esfuerzo estar largo rato, con su fina educación, escuchando a quienes hablábamos de su poesía. El homenaje que le fue realizado en la sala mayor de Bellas Artes fue emotivo. Pese a imaginarse no leído (en tal sentido era escéptico), el sitio estuvo abarrotado principalmente por jóvenes. Rubén ya veía muy mal, dijo sus versos de memoria y en algún momento me preguntó: ¿Hay mucha gente? Le dije: La sala está repleta. Sonrió con íntima satisfacción.

Nos deja con una profunda tristeza y un vacío, pero con una certeza: las generaciones futuras seguirán leyéndolo.

Rubén: mi devoción y amor por ti sólo cesarán con mi muerte.

Excelsior - 03/02/2013

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