Tantadel

febrero 13, 2013

¿Cómo están los partidos en la era Peña Nieto?

Con la victoria presidencial del PRI, la situación política nacional cambió radicalmente, incluso, en alguna medida, también en lo internacional, pues cesaron las puyas panistas a Cuba. Pero, ¿qué hacemos quienes no confiamos en los partidos? El PRI que regresó al poder es el mismo que nos sacamos de encima en 2000, supo aprender de sus errores y particularmente de los lamentables equívocos de los otros dos grandes partidos: PAN y PRD. Doce años de panismo bastaron para que una buena parte del electorado sintiera nostalgia por el pasado. El PRD jamás supo seleccionar una táctica adecuada y jugaron una suerte de terrorismo político: al tratar de mostrarnos que ellos eran los buenos del conflicto, sólo consiguieron manifestarse intransigentes y peleoneros. El PRI aguardó a que pasaran los cadáveres de sus enemigos. Ahora se muestra generoso y plural y le tiende la mano a panistas y perredistas. Es decir, los coopta. Una táctica que poco les ha fallado. El perredismo lo utilizó, atrajo a los inconformes con el actuar del Revolucionario Institucional, pasó por alto un punto: jamás dejarían de ser la hechura de sus padres. Los resultados están a la vista.

Si antes el perredismo más “radical” consideraba como a sus enemigos naturales al PAN y al PRI, de donde salieron sus padres fundadores, ahora hay un cambio visible salvo a los ojos que obstinadamente se niegan a ver. El triunfo del PRI fue en esta ocasión preocupante para una posible y futura izquierda real, porque ya desde el poder puede, y lo va a hacer, manipular a sus antiguos rivales. Su único opositor serio es el obradorismo, sólo que carece de fuerza real. Tendrá seguidores, dividirá más al PRD y no tendrá los votos que obtuvo el año pasado. López Obrador y Morena se extinguirán paulatinamente y quedarán tres partidos peleando el poder al amparo del PRI.

Los tres están situados en la comodidad del centro. Si acaso los separa el petróleo, una reliquia en el mundo de la economía de mercado. El PRI y el PAN aquí estarían juntos extendiendo la influencia privada, nacional o extranjera, y el PRD mantendría con timidez su postura al respecto, más como un hecho de monótona insistencia ante la presencia del ingeniero Cárdenas, hijo de Lázaro Cárdenas, y la ingenuidad generalizada de que en el petróleo radica la base de nuestro imaginario izquierdismo y el soporte de nuestros inmensos logros.

Los tres representan al centro, con un PRI y un PAN cargados ligeramente a la derecha y un falso izquierdismo que anticipa solamente el interés por los cargos de poder. La mejor prueba de ello es que desde ahora se anticipan multitud de alianzas PAN-PRD para quitarle al PRI posiciones. No existe más el PRIAN, lo que domina a la nación son las siglas de todos sumadas y la ausencia de ideas avanzadas e inteligentes de los tres partidos más exitosos. Póngalas como mejor suenen. Quedaremos a merced de un tripartidismo, algo mejor que el bipartidismo anglosajón, pero que nada resolverá. La globalización del capitalismo sólo ha llevado al campo internacional las contradicciones que antes veíamos encerradas en los países de libre empresa.

El triunfo de Peña Nieto es preocupante porque deja a la sociedad en manos de una partidocracia cuyas diferencias se han reducido al mínimo. Hace poco lo frecuente era ver a los priistas resentidos irse del seno materno en busca de fortuna; ahora no sólo regresan a casa, sino que personajes ilustres de la antigua “izquierda” se instalan en la seguridad que produce un PRI fuerte y sólido, quizás mucho más que antes.

El triunfo del PRI es el réquiem por la oposición. No tendremos mucho de dónde escoger. Las opciones han desaparecido. Votaremos por más de lo mismo, pero ahora en una notable parodia de la Santísima Trinidad: tres en uno: Dios Padre, el PRI, Dios Hijo, el PRD, y Dios Espíritu Santo, el PAN. Votar por uno es votar por los tres. López Obrador cumplió con algún secreto y enigmático camino del Señor: destruyó las posibilidades de crear una izquierda seria, razonable, bien dotada en lo ideológico y con posibilidades liberadoras. Nos quedamos con un palmo de narices y con un fastidioso futuro político. Si los partidos principales lograron ponerse de acuerdo en diversos puntos en algo llamado Pacto por México, no deben ser muchas sus discrepancias o concepciones sobre el país. Los tres lo quieren parchar, remendar, taparle algunas molestas goteras, pero ninguno ha pensado seriamente reconstruirlo: están ocupados en la repartición del botín.

Sé que no es un comentario cómodo, pero considerando las actuaciones del sistema de partidos y del inagotable e inútil presidencialismo, no es posible llegar a otras conclusiones. Ninguno piensa realmente en México y sí a cambio vislumbran los empleos que obtendrán, en las posibilidades que los siguientes procesos electorales le brindarán a cada uno. E igual meditan y actúan los sindicatos. Hablan con falsa generosidad de un país que sienten suyo y que les proporciona generosos recursos desde que están en campaña hasta que ocupan el cargo anhelado con el sueldo correspondiente.

   No hay mejor negocio en México que la política, obviamente a la mexicana

La crónica

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