Tantadel

marzo 22, 2013

Cristina Pacheco


Extraño honor el que me concede la vida o Sebastián, para ser más preciso: hablar sobre Cristina Pacheco. Digo extraño porque hace algunos años, acaso dos décadas, en la UAM-X le hicimos uno de sus primeros homenajes en una sala abarrotada de jóvenes y profesores. Como responsable de cultura de la institución, me tocó explicar el porqué del reconocimiento: nunca tuve tarea tan fácil. La conocía personalmente, su propio esposo, José Emilio Pacheco, en su misma casa, nos presentó en 1963. Fue gentil y atenta. En esos años yo precisaba de maestros y consejos literarios y busqué a José Emilio para saber su opinión sobre mis cuentos iniciales. Tuvo paciencia, e incluso me firmó un par de sus libros que ahora son exhibidos en el Museo del Escritor.

Con el tiempo, la periodista creció y se hizo fundamental en los medios de comunicación. Televisión, radio, prensa, es infatigable. El éxito pronto la alcanzó como resultado de una adecuada postura política y un talento natural para comunicarse con lectores, televidentes y radioescuchas. Recuerdo con nostalgia los tiempos en que Monsiváis, Tomás Mojarro, Cristina y yo trabajamos como comentaristas para Francisco Huerta en la XEW. Ella captaba la atención del oyente con su voz serena, reflexiva. Sus observaciones daban en el blanco: tocaba el tema sencillo, cotidiano, que afectaba al mexicano. No hablaba con la masa de radioescuchas sino con cada uno de ellos. En televisión consolidó su popularidad porque, como bien precisaron sus admiradores, le daba la voz al pueblo, a la gente común. Ocasionalmente entrevistó famosos, debido a las relaciones intensas que Cristina y José Emilio mantenían con las mayores figuras del mundo intelectual.

Durante el homenaje de la UAM, hablé de ella como universitaria, como egresada de tan magna institución. En su turno, Cristina, con sensibilidad, me corrigió. La UNAM fue su escuela, pero no tanto de manera formal sino porque allí trabajaba desde adolescente y aprendió más que si hubiera estado cotidianamente en las aulas. Como sea, Cristina se formó en esa casa de estudios, no importa que no haya sido de modo tradicional sino a través de los escritores y artistas plásticos, de los investigadores que la poblaban.

En estos tiempos, los nuestros, hablamos mucho de nuevo periodismo aunque pocos lo practican. Los profesores de Comunicación insisten en señalar a Tom Wolfe, Truman Capote y a Norman Mailer, entre otros, como los creadores de esa corriente. Ellos fueron los que oficialmente teorizaron y popularizaron tales formas expresivas donde se mezclan los géneros literarios con los periodísticos, pero no sus inventores. Siempre hemos tenido literatos que desean ser escritores y a la inversa, periodistas que anhelan escribir novelas. Un punto de partida razonable es Diario del año de la peste de Daniel Defoe, editado en 1722. Los ejemplos son muchos y complejos porque también se han añadido a este rico producto los buenos trabajos de investigadores de ciencias sociales. Seguimos leyendo a Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas, pero ya no como estudio antropológico sino como literatura debido a su excelente prosa y atinada estructura. Asimismo como historia, porque la situación de Chiapas ha sufrido tremendas modificaciones. Si hemos de pensar en un tipo de nuevo periodismo entre nosotros, allí tenemos a Cristina Pacheco, innovando cada día, haciendo un periodismo distinto y perdurable: a la belleza formal, al interés por los temas y los personajes que busca, debemos añadir la preocupación social. Muchos calificarían su prosa, entre ellos el mexicano Alberto Dallal y el norteamericano Mark Kramer, como periodismo literario.

A Cristina la leo en La Jornada, la veo en el Canal 11 y la escucho en radio y siempre es la misma: no agrede, no violenta, no toma partido por causas políticas o mejor dicho, su compromiso es con los desposeídos, sí, los que no tienen voz, los que no le interesan a los medios comerciales porque, dicen, no son noticia. Vaya torpeza: Cristina durante años y años nos ha permitido conocer al pueblo mexicano, con sus problemas políticos y sociales, sus sentimientos, su arte, su religiosidad. Son los mexicanos más modestos los que mejor reflejan la realidad del país. Ella, Cristina, se ha limitado, lo que no es poca tarea y sí es de altísima importancia, a ser la vocera de todo un país.

Cristina Pacheco no ha hecho un periodismo efímero. Sus temas y preocupaciones, la han llevado a crear uno trascendente, que ha dejado la inmediatez y que seguirá siendo leído, escuchado y visto por largo tiempo. Ha sido portavoz de una intensa época, de la que supo seleccionar a las mejores personas para narrarla.

Por ventura, he compartido algunos buenos momentos literarios con Cristina. Su sentido de la amistad la ha llevado a presentar libros míos en el Fondo de Cultura Económica. No recuerdo haberle dicho lo mucho que admiro su trabajo decidido y valiente. Ahora lo hago, delante de ustedes, en la entrega de este premio que se suma a una larga serie de reconocimientos que ella, como original comunicadora, ha conquistado. No obstante, el premio mayor, es el cariño que sus representados, los desamparados, los que se rompen el alma trabajando con magros resultados. Ellos le dan el mejor de los premios: su amor y devoción.

* Texto leído en el homenaje que la

Fundación Sebastián le hizo a la periodista.

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