Tantadel

marzo 31, 2013

Cuevas y la amistad


Mi amistad con José Luis Cuevas tiene muchos años, para conformarla intervinieron muchos amigos comunes. Pronto se hizo sólida al grado que el notable artista hizo las portadas de unos diez o 12 libros míos e ilustró dos de ellos: uno obtuvo el Premio Colima para mejor libro de narrativa publicado, Los animales prodigiosos, el que cuenta, por añadidura, con prólogo de Rubén Bonifaz Nuño. Se trata de un libro editado por la UAM, cuya nueva edición servirá para el festejo de mis 50 años de escritor que cumplo este año. Pienso que el apoyo de mis dos entrañables amigos, uno delicado de salud y el otro recientemente fallecido, fue invaluable para que la obra, un bestiario, haya sido editada varias veces en México y una en España.
Cuevas ha recorrido México y el mundo de manera impetuosa y siempre con éxito a pesar de las antipatías que de pronto provoca su natural forma de ser. Como periodista, Edmundo Valadés, Bertha Cuevas y yo mucho lo impulsamos. En El Búho, entonces suplemento cultural de este diario, José Luis tuvo una columna memorable: Cuevario. Cada semana narraba sus hazañas artísticas y amorosas. Lo hacía en primera persona, sin rubor, con agudeza y sentido del humor, él mismo dibujaba la viñeta de la cabeza. Más adelante esas columnas sirvieron para articular diversos libros suyos. José Luis escribe muy bien y con asombrosa facilidad. Conservo varios artículos originales y apenas tienen correcciones. Prueban que asimismo es un buen lector. Esta virtud le concede mayor presencia en la cultura nacional.
Si como artista plástico, dibujante y escultor es fundamental, como ingenioso conversador es inigualable. De cine es una enciclopedia, como atento lector su historial es amplio y es, finalmente, un hombre que ha viajado y conocido a las figuras más destacadas del siglo XX, aunque alguna vez lamentó: “No sabes cómo me hubiera gustado conocer a un verdadero genio: a Picasso”.
Cuevas ha sido ilustrador (entre otros de Kafka, Borges y Arreola) y esa es una tarea que pocos han analizado con detenimiento. Al contrario, con algunas dosis de frivolidad piensan que Cuevas exagera en ver el mundo y sus personajes mayores a través de su propia figura. Analizada su obra con cuidado, es posible percibir que no se ha sostenido a base de autorretratos. Los hay y no son pocos, pero es parte de su forma de observar la realidad que lo ha circundado. Lo que ocurre es que su obra es amplia y compleja.
Polemista natural, José Luis Cuevas es uno de los artistas plásticos más talentosos, innovadores e imaginativos que el país ha dado. Sus batallas han sido especiales, ruidosas y todas victoriosas. Ha sabido crearse una imagen de hombre rudo entre sus admiradores y críticos; quienes lo conocemos a fondo sabemos que es un hombre generoso y cordial, gozoso. Que ha creado su propia mitología es otra cosa. Murales efímeros, luchas contra la ruta única de los muralistas, su desdén por el conservadurismo y atraso de escuelas y artistas plásticos que no supieron o no pudieron participar dentro de las corrientes renovadoras que Cuevas propició con la ruptura. Sus palabras críticas al poder o contra artistas e intelectuales que se ocultaron tras la “cortina de nopal”, le dieron esa fama de duro, de “gato macho”, cercano a las mujeres. Podemos estar o no de acuerdo con sus opiniones con frecuencia demoledoras, no obstante habrá que aceptar que su obra es notable y que nunca ha sido un creador estático, siempre está en busca de caminos artísticos distintos, experimentando con firmeza y decisión.
Por ahora se encuentra delicado de salud e internado en un hospital; sus hijas me dicen que va bien: esperan verlo recuperado pronto. Hago votos para que Cuevas recobre plenamente la salud y siga asombrándonos con su maravilloso arte y agudeza intelectual, incluso con su graciosa vanidad y plática salpicada de sagaces bromas.

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