Tantadel

marzo 25, 2013

Febrero de Caín y de metralla (I)


Hace unos días se cumplieron cien años del brutal golpe de Estado de Victoriano Huerta y cómplices al presidente Francisco I. Madero. Con tal motivo algunos de los medios de comunicación retomaron la información de aquellos años aciagos, algunos con detalle y seriedad, otros para llenar páginas y cubrir tiempo. Madero es sin duda un héroe cuyo sacrificio lo consolidó como uno de los grandes precursores de la democracia nacional. Ahora en el estupendo libro Febrero de Caín y metralla, Antonio Saborit recoge acuciosamente materiales que circularon con intensidad en los meses en que Madero estuvo en la Presidencia de la República. Con esos documentos nos brinda el punto de vista que ha sido menos analizado por los historiadores: el papel que en la caída del mandatario jugaron los medios de comunicación, algunos intelectuales afamados, la embajada norteamericana y la sociedad entera. Desde luego, los golpistas y sin duda la conducta errática del presidente Madero. Desde las páginas iniciales, Saborit advierte que la caída de Francisco I. Madero no se debió a un golpe, sino a dos. Con pruebas irrefutables tomadas de una historia mal conocida, el autor reúne las piezas del rompecabezas completo. El hecho monstruoso queda expuesto en casi su totalidad. Días intensos, días violentos. De los que nos quedan muchas pruebas visibles, algunas fotografías de cadáveres y edificios dañados y pocas páginas que develan las intrigas de los conspiradores y criminales que llevaron a cabo en aparente discreción y particularmente con un odio inexplicable.

Desde 1821, año de la Independencia mexicana, el poder tuvo problemas con la prensa. Agustín de Iturbide optó por corromperlos, asediarlos, y perseguirlos. Desde entonces a la fecha son escasos los momentos en que el país ha tenido verdadera libertad de expresión. Uno de ellos podría ser durante la lucha de los liberales contra los conservadores, cuando al fin Benito Juárez consigue restaurar la República y fusilar a quienes habían propiciado el imperio. Otro sin duda es el del triunfo de Madero. Fue uno de sus primeros pasos para democratizar al país: concederle a México la libertad a la prensa. En un país acostumbrado a las tiranías, temeroso, desconcertado por el levantamiento revolucionario contra el tirano Díaz y un sistema brutal enquistado en el subconsciente del mexicano, la prensa dio rienda suelta no a sus obligaciones de criticar positivamente, estimular la reflexión social y favorecer a quienes tenían la razón de su lado, sino que optó por zaherir a Madero. Si uno revisa archivos y bibliotecas, podrá comprobar lo que afirma Antonio Saborit: los medios fueron destacados en el derrumbe del gobierno legítimo.

Los golpistas fueron sumando esfuerzos y sus ambiciones creciendo por distintas razones. La prensa tenía intereses entre los ricos, Huerta buscaba el poder, tenía un largo historial militar que quería coronar con la presidencia, Henry Lane Wilson, el funesto embajador norteamericano, buscaba las riquezas naturales del país para sus nacionales, generales como Félix Díaz, sobrino del dictador, o Bernardo Reyes, padre de don Alfonso Reyes, querían recuperar el orden anterior, les parecía el adecuado. Madero cometió errores y desatinos. El principal fue disolver las fuerzas revolucionarias e incluso chocar con algunos sectores importantes y tenaces como el zapatismo. Confió en Victoriano Huerta y en algo fundamental: en que al tener la razón en sus manos, podía contar con el apoyo decidido de los mejores mexicanos. Sus cálculos fallaron.

Si la avanzada para destruir a Madero fueron los periodistas conservadores o corruptos, narra Saborit, el grueso del ejército golpista fueron militares traidores, políticos vengativos y hombres de negocios turbios, herencia del porfirismo. De Héroe a canalla, según los medios. Madero transitó un camino inédito entre el fuego cruzado de unos y otros. No estaba preparado para resistir el doble ataque.

Madero no era Lenin, cuyo programa de acción estaba perfectamente calculado en libros, documentos, panfletos y una praxis que venía de 1905, año que los soviéticos llamaron Ensayo general. Lenin y los suyos sabían que para triunfar sobre el zarismo y la nobleza era necesario destruirlos, el ejército incluido y así fue. Las tropas zaristas fueron eliminadas y en su lugar Trotsky formó el Ejército Rojo. Como nadie ignora, la nobleza fue muerta y casi quedó extinta. El resto es historia de sobra conocida. Sabemos bien qué ocurrió. Entre Huerta y Henry Lane Wilson, el embajador norteamericano, y una turba de miserables traidores acabaron con su vida de la peor forma, la de su hermano Gustavo, la del vicepresidente José María Pino Suárez y otros patriotas. El crimen provocó la furia de las mayores fuerzas que su llamado había hecho nacer: Villa, Zapata, Ángeles, Carranza y Obregón; entre todos demolieron al ejército federal y acabaron con la estructura que consolidó Díaz en treinta años, eliminaron injusticias y barreras, México avanzó, luego de la lucha de facciones y la Constitución de 1917. Si Madero esperaba una transición más o menos pacífica, lo que su asesinato desató fue un movimiento revolucionario violento de grandes alcances y demasiada sangre.

Por desgracia, muy caro pagó el maderismo sus debilidades y errores.

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