Tantadel

marzo 08, 2013

José Luis Cuevas, siempre presente

Hace unos días, en La Crónica, apareció una nota sobre José Luis Cuevas y su trabajo plástico. Realmente es, como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, un pintor que ha sabido esculpir su propia leyenda. Sus pugnas con el muralismo, el papel que jugó en la Ruptura, su osadía y sentido del humor, pero sobre todo la belleza de sus dibujos y grabados, de sus esculturas, lo han puesto en el primer plano de la atención pública.


Su vida ha sido intensa. El encuentro con Diego Rivera, la imagen de un niño que se empeña en dibujar en la casa del abuelo, lejos de la rudeza de boxeador de su padre y que llega hasta nuestro tiempo, un tiempo difícil explicar sin la luminosa presencia de José Luis Cuevas, sin sus prostitutas, dementes y criminales y sus trabajos interpretativos sobre la vida y obra de Sade, Borges o Kafka, sin su pasmosa necesidad de recurrir al autorretrato y a las letras impresas para expresarse mejor, para combinar lenguajes y enriquecer el arte, un aspecto muy criticado y en rigor escasamente analizado, salvo por aquellos que se han percatado de la influencia de los autorretratos de Rembrandt en Cuevas, por ejemplo. Sin embargo, algo es obvio: nadie como José Luis Cuevas ha utilizado tan obsesiva y maravillosamente el autorretrato: ha sido un eficaz vehículo para observar el mundo que lo rodea y, asimismo, protegerse de los peligros que emergen de sus fauces abiertas. Al respecto, Roberto Sanesi explica con firmeza: “Lo que es bien evidente, es que detrás del autorretrato de Cuevas existe un mundo dividido, degradado, desmesurado y arreglado locamente en figuras enfermas, deformes, insensatas, privadas de todo signo de posible superación, obstinadas en su soledad que se transforma en ocasiones en máscaras terroríficas, no porque estén desfiguradas en monstruosidades incomprensibles, sino justamente porque son patéticamente reconocibles como humanas, como familiares. Hay piedad en la ironía.”

Para muchos Cuevas es un personaje frívolo, que busca solamente la notoriedad. Falso. Hay un Cuevas íntimo, lejos de la frivolidad que sus detractores le atribuyen o de lo que suponen quienes apenas se han asomado a su obra. Desde 1965, en su inquietante libro Cuevas por Cuevas, José Luis señala que en lugar de críticas analíticas, lo único que ha encontrado en México “son ataques personales”, algo que lamentablemente ha continuado hasta nuestros días y que impide un acercamiento imparcial a su obra. Cuevas es un hombre múltiple, de encontradas facetas, sumamente inquieto, con gran sentido del humor, de una alta cultura e ideas originales. Irrita a los insensibles con algo que todos hacemos: mirar el universo con los ojos propios; lo que ocurre es que él lo hace evidente, no le teme a la primera persona ni al autorretrato. Es probable que su empeño en hacer la biografía perfecta lo haya hecho dudar del trabajo de sus biógrafos, de los historiadores de hoy y del futuro, pero eso no es razón para utilizar su vanidad (natural, por otra parte, en todo creador) para agredirlo. Se trata de ver su obra, penetrar en ella lo más hondo posible y entender que como pocos ha comprendido el alma del ser humano. Ha sido capaz de hacer implacables radiografías del espíritu de nuestro tiempo. Ignoro si esto se lo propuso o no, pero de sus cuadros salta la mejor historia del hombre del siglo XX, el que nos anticipó el nuevo milenio seguramente sin que estuviera entre sus propósitos. Al respecto, Ida Rodríguez Prampolini, en su polémico Ensayo sobre José Luis Cuevas y el dibujo, precisó: “Inequívocamente Cuevas es un hombre del siglo XX; su escritura lineal está controlada por un dominio innato de la mano, raras veces alcanzado por otros dibujantes de su tiempo. En su estilo personal, realizado con gran maestría, están recogidos como son naturales las huellas del camino recogido por aquellos artistas que, en pasos sucesivos, descubrieron el poder expresivo de la línea a la que utilizaron para comunicar un mundo referido y conectado siempre con la realidad y el hombre. A este mundo humanista pertenece este artista mexicano...”

El manejo de la línea, de la luz y las sombras, los temas y tratamientos, tan íntimos y tan universales, su poder de observación y su agudeza, lo convirtieron no en el simple crítico de una época que terminaba y el creador de una que comenzaba, sino en alguien que pronto encontró su lugar en el campo de las artes plásticas, que al revitalizar de modo asombroso el dibujo obtuvo el derecho a codearse con artistas clásicos. Pensó en la necesidad de tener mil rutas y no una sola. Fue y es un temible gladiador que no se ha detenido, que sigue abriendo brecha hacia el futuro. Por ello es que recurre no sólo a las artes plásticas, también a la literatura, al periodismo, a la polémica y a la conferencia. Fiero guerrero fácil de conmover. Hombre generoso que le dedica tiempo a los jóvenes artistas y que decidió donar su obra y parte de su fortuna personal para crear el Museo José Luis Cuevas que mucho hace por la cultura nacional al acoger a toda clase de pintores y apoyar las nuevas tendencias artísticas y literarias.

Cuevas ha podido ver la consolidación no de un mito artístico, sino la explicación de un personaje de profunda humanidad, que se ama y respeta porque ama y respeta a sus semejantes.



La crónica

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