Tantadel

febrero 15, 2013

La incoherente política nacional


El absurdo nombramiento que le regalaron a Fernando Aboitiz, “city manager” del DF, es una prueba más de la incoherencia de la política mexicana. Muchos, por ejemplo, no acabamos de entender el pluralismo del “nuevo” PRI al ver a Rosario Robles defender ahora con la misma pasión a Peña Nieto como antes idolatró a López Obrador o, algo peor, a El Pino, o cuando vemos a los ex enemigos mortales del presidente ocupar cargos por el país. Si antes parecía lógico (dije parecía) el que los ex priistas transitaran del partido madre y padre a buscar en el PAN o en el PRD los cargos que suponían estaban destinados para ellos, ahora a nadie le parece anormal que los ex priistas regresen al redil y menos que perredistas y panistas busquen tablas a las cuales asirse en busca de salvación política  y acaso histórica. Muchos de los que se formaron en el PRI y que pugnan por hacer un nuevo partido de “izquierda”, Morena, se mantienen en su metamorfosis inicial. Presumen su radicalismo. Nadie sabe a qué se refieren con el término, pero allí están, al margen del trío que domina el panorama político nacional.

Peña Nieto es un hombre que si bien no es un gran lector, heredó un útil pragmatismo. En México es la base del éxito. No veo político culto, con cualidades de estadista, bien formado en aulas y bibliotecas, conocedor de los problemas del país, a cambio los tenemos por carretadas espléndidamente conformados en la escuela de la acción y la experiencia. Se conocen entre sí y tienen una idea de las dificultades políticas porque les entregan diariamente una síntesis informativa, hacen algunas giras y sus asesores les indican cuáles son los baches.

Enrique Peña Nieto, a pesar de sólo contar con el tránsito político del gobierno mexiquense, se ha mostrado, salvo traspiés bien conocidos, como un hábil funcionario. Aunque carece de la citada grandeza del estadista, a muchos les ha hecho creer en su talento natural a través de la fórmula mágica: el presidencialismo al estilo mexicano. Una vez en Los Pinos, la destreza política apareció. Ha sido capaz de eliminar los gritos de los viejos perredistas, los lloriqueos de los panistas y no sólo darles empleos sino cariños en las cabezas de cada uno. Pero si consideramos que México no se preocupa por las definiciones ideológicas, la sociedad no acaba de despertar y los medios de comunicación tienen compromisos, el asunto se hace más favorable para el joven mandatario. Quedan por allí los opositores más resentidos o tenaces, ponga a donde quiera a López Obrador y a sus ex priistas: no tendrán la fuerza necesaria para obligar al sistema político y desde luego a sus instituciones a avanzar hacia posturas progresistas en verdad. A Peña Nieto le importa, a lo sumo, recuperar la fuerza del Estado, pero no el poder del Estado al estilo marxista, sino dentro de la economía de mercado para poner un poco de orden en el apabullante neoliberalismo que nos globalizó. Dicho en otras palabras, intuye que al capitalismo hay que ponerle una máscara humana, que parezca generoso y no salvaje. Algo así como volver a los tiempos de López Mateos o a los de Luis Echeverría, al populismo.

El PRD estaba acostumbrado a tener una punta de lanza contra Los Pinos en la figura del jefe de gobierno capitalino, todos ex priistas, menos Rosario Robles y Alejandro Encinas. Allí estaba la provocación constante. Se acabó. Miguel Ángel Mancera fue en tal sentido contundente: no será más esa arma y colabora con Peña Nieto. Un balde de agua con hielos en las cabezas de los sectarios como Bejarano y su esposa, Monreal y Fernández Noroña, Batres y su familia, les queda una solución y ya la están llevando a cabo: seguir a López Obrador en su intentona de llegar a Los Pinos. De tal forma, la llamada “izquierda” se desmorona, lo comprobaremos en las siguientes elecciones. Al mismo tiempo, el PAN está en terapia intensiva y en manos de los peores médicos.

Dentro de este sistema incoherente, donde todos saltan de un lugar a otro sin principios, se inscribe Fernando Aboitiz. Inquieta a los delegados políticos y a buena parte de la ciudadanía que lo ha padecido. Será un funcionario con mucha fuerza. Su historia está conformada por páginas oscuras: de delegado panista a hombre encargado de “velar” por la ciudad capital. Quiero imaginar que el nombramiento es resultado de jaloneos internos: no es fácil, al menos por ahora, dirigir a un DF perredista de todos los matices posibles. Un sitio donde las tribus tienen enormes cuotas de poder y hay que negociar con cada una de ellas, incluidos Ebrard y el obradorismo, para avanzar. ¿A dónde? Lo ignoro.

México ha resistido peores cosas: presidentes siniestros y partidos lamentables. Uno mira con detenimiento su historia y es más bien ríspida. Desconocemos la auténtica democracia, vivimos en la desconfianza permanente. Bajo incertidumbre y esperanzas. Cada mexicano imagina ser un agudo politólogo, pero no sabe qué hacer con sus enormes conocimientos en la materia. Me parece que habrá que seguir avanzado como sociedad y, desde luego, desconfiar del sistema de partidos que padecemos. El problema es que ellos saben ponerse de acuerdo. Nosotros, los ciudadanos, no.

La Crónica

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