Tantadel

marzo 13, 2013

Los clásicos de la política nacional


Cuando ingresé a la antes escuela de Ciencias Políticas y Sociales, estaba la mejor plantilla de profesores, académicos de gran peso, estudiosos de las ciencias sociales a profundidad, todos autores de libros que han quedado entre nosotros como parte del legado de una época en que los intelectuales no servían al Estado, al contrario, eran sus críticos. Sobresale el recuerdo de La democracia en México, de mi maestro de Sociología, Pablo González Casanova, universitario de estirpe. Asimismo, la vasta obra de Ernesto de la Torre Villar, quien nos adentró en la historia de México dejando de lado los lugares comunes. Enrique González Pedrero analizaba con sensibilidad y agudeza la crisis de los misiles, cuando EU estuvo a punto de desatar la tercera Guerra Mundial. Ahora son de muchas formas libros cásicos, que nos dan información de una etapa convulsa.

Cuando tuve la oportunidad de seleccionar a mi profesor de Teoría del Estado, me quedé en consecuencia con Enrique González Pedrero y no con José López Portillo. Este último era un funcionario modesto y un escritor de varios libros que presumía su alcurnia literaria. Bueno, me equivoqué, Luis Echeverría hizo a su mejor amigo, a López Portillo, presidente de México en menos de un sexenio, y González Pedrero fue senador y gobernador de Tabasco por el PRI. El congruente era el primero que militaba en el PRI y que se movía en los modestos círculos políticos activos.

Los maestros insistían en la lectura de los clásicos: así llegamos a Platón, Maquiavelo, Locke, Bodin, Montesquieu, Hobbes, Rousseau. Sieyes, Fichte, Tocqueville y por supuesto a Hegel y a Marx, Engels, Lenin, Sorel y los utópicos del socialismo. El más bruto de mis compañeros me dijo un día: ¿y para qué nos sirven todos estos libros, son de flojera?. Le eché una mirada desdeñosa y decidí que no podía ser mi amigo. Otra idiotez: el tipo fue diputado, gobernador y embajador. Hoy vive retirado con aceptables riquezas, yo sigo dando clases.

De mis errores me he dado cuenta. ¿Por qué no llegué a ningún puesto de alto rango en la política? Porque no me ensañaron a mentir ni a robar al amparo del poder y, para colmo, soñé toda mi vida con un sistema político más justo y equilibrado, cuando todos viven muy bien explotando al que pueden. Según datos internacionales, México es uno de los países más felices. Todos estamos contentos.

Para escribir un artículo sobre los fracasos del PAN, de pronto me encontré releyendo el libro autobiográfico de López Portillo, Mis tiempos. Si en la primera lectura me molesté contra su cinismo o sinceridad, ahora descubrí que era, es, un clásico de la política mexicana. En sus páginas sin rubor alguno narra sus andanzas políticas, cómo fue cercano a Echeverría, la manera en que fue haciéndose amigo de los poderosos, sus negociaciones con altos líderes sindicales que a él, muy limitado bebedor, lo obligaban a beber mucho licor y para no caer antes que aquellos que jineteaban a los obreros, convertidos en senadores y gobernadores, bebía previamente un poco de aceite.

De muchas maneras nos cuenta lo que intuimos con la lectura del libro de Jorge Carpizo, El presidencialismo, los asombrosos poderes que la Constitución le concede al mandatario, y de aquellos que llamamos meta-constitucionales que vienen del México más oscuro, del caudillismo. El libro es una fascinante lección de cómo llegar a la Presidencia y gobernar a su antojo. Cada capítulo narra aventuras asombrosas que venturosamente lo hacen conocer a su país y a quienes lo gobiernan. El capítulo donde es designado sucesor de Luis Echeverría por instrucciones del partido mueve a risa, pero es una lección vigente.

Yo recomendaría tal obra a todos aquellos que desean ser políticos exitosos. No los clásicos extranjeros, sino los nuestros. Ver de qué manera infinidad de políticos llegaron al poder y desde allí hicieron lo que les vino en gana, es una buena lección que no se aprende más que en la praxis y en la brega cotidiana. Cómo se llega a los acuerdos, cómo se obtiene lo que se desea. Es el libro de un absolutista que puso a sus familiares en los mejores cargos, que estaba orgulloso de su nepotismo, que llevó a cabo la hazaña de estatizar a la banca para justificar sus errores, que nos anticipó que teníamos que aprender a manejar la abundancia, que lloró públicamente por los pobres y que inútilmente defendió el peso como un perro. Era agnóstico, pero llevó al Papa a Los Pinos, era un conquistador del estilo medieval. Decidió buscar en un harapiento pueblo español sus raíces. En suma, hizo lo que le vino en gana, merced a esa canallada que llamamos presidencialismo. En dicha obra están los caminos del poder, las maneras de hacer intrigas y maniobras que nos liberen de los enemigos. Es, en suma, un libro “ejemplar”.

Si los panistas o los tecnócratas del PRI o el mismo primer círculo que rodea a Peña Nieto lo leyera, si López Obrador dejara de lado sus odios y lo analizara, todos podrían hacer un mejor papel y como José López Portillo, contribuir más eficazmente a destruir un país.

En lo personal, México me asusta, sobre todo cuando veo a los medios y a buena parte de la sociedad feliz porque ya el presidente controla casi todo. Ya tenemos presidente. Viva México.


La crónica

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