Tantadel

marzo 24, 2013

Los premios literarios en México


Desde hace tiempo distintos premios literarios nacionales han sido cuestionados. Algunos provocaron escándalos mayúsculos como el concedido por la FIL de Guadalajara al peruano Bryce Echenique y el Xavier Villaurrutia entregado al mexicano Sealtiel Alatriste, señalados como plagiarios. En términos generales los premios no recaen en las mejores obras o en los escritores más significativos. Con frecuencia son puestos en la picota por algunos de los escasos críticos literarios, por multitud de lectores profesionales y por escritores inconformes. Dicho en otras palabras, los premios han caído en el desprestigio.
En los muy polémicos tiempos de Consuelo Sáizar, un escritor realmente destacado, con prestigio y obra consistente, contó su odisea buscando el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Lo propusieron dos importantes instituciones de educación superior y a la candidatura se anexaron diez secretarías culturales de diversos estados de la República. Ordenaron su abultado currículum, anexaron libros y documentos probatorios y cuidaron los detalles por tratarse del máximo galardón que el país le concede a un artista.
El novelista no ganó, a cambio recibió una llamada para que retirara la caja que contenía sus materiales. Acaso como premio de consolación le rogaron que para el año siguiente, debido a su importancia, no dejara de concursar de nuevo, como si las instituciones proponentes estuvieran a su exclusivo servicio. Recogió la voluminosa caja y cuando la tuvo en sus manos notó algo extraño: no había sido abierta. ¿Sospechar de un concurso tan prestigiado? Con delicadeza la abrió: todo estaba como lo organizaron sus severos promotores. Lo primero eran las distintas cartas de respaldo a su obra literaria e intelectual, los sobres estaban vírgenes. Y, para colmo, los paquetes que contenían los libros de su autoría que recibiría cada jurado permanecían envueltos en celofán. La conclusión era contundente: no fue sometido a ninguna revisión, no concursó. Algún comité o una persona puso su amplio paquete abajo de un letrero revelador: rechazados, donde colocan a los participantes incómodos para algún destacado miembro del jurado o para Consuelo Sáizar, quien manejó arbitrariamente el Conaculta, conjetura el novelista.
Ahora acaban de entregarle a Myriam Moscona el Premio Xavier Villaurrutia, de larga historia, creación de Francisco Zendejas, “de escritores para escritores”. El agudo crítico Gabriel Zaid, autor de obras claves para entender al país y su relación con la cultura, precisó en Reforma lo siguiente: “¿Cómo se otorgó el premio? ¿Qué factores intervinieron? ¿Qué asuntos personales entraron en juego? ¿Qué cuentas buenas o malas se saldaron con el premio? ¿Cuántos de los 65 libros concursantes leyeron? ¿Hay tiempo para hacerlo en menos de cinco semanas (del cierre de la convocatoria al anuncio del premio)?”.
Según nuevas reglas, añadió la nota del diario, la designación del premio demoró algunas semanas pues, a decir de Jaime Labastida, presidente de la Sociedad Alfonsina Internacional, el INBA exigió transparencia y bases claras para la premiación, luego de que Sealtiel Alatriste renunció en 2012 al galardón al advertirse que incurrió en plagio con la obra premiada.
Concluye la nota: Zaid, crítico de estas premiaciones, formuló sus preguntas al jurado integrado por Angelina Muñiz-Huberman, Sergio Mondragón y Felipe Garrido: “¿Dio la casualidad de que después de leer los 65 libros, al reunirse por primera vez, todos llevaban un solo libro como el mejor y no hizo falta votar porque resultó que todos habían escogido el mismo? ¿O cada uno llevó varios finalistas, entre los cuales hubo que escoger discutiendo sus méritos y votando varias veces hasta llegar a un consenso? ¿Quiénes fueron los finalistas? ¿No merecen cuando menos el honor de anunciar que lo fueron?”.
Es tiempo de dignificar los premios literarios.     

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