Tantadel

marzo 04, 2013

Me gustan las minificciones


Hace poco me entrevistaron para una revista cultural extranjera acerca del cuento breve, lo que ahora llaman minificciones, nanocuentos o brevicuentos. Les llamaba la atención que yo mantuviera una lealtad extrema a los textos de escasas líneas. Expliqué que con ellos arranqué mi vida literaria, preparé la primera antología y que aunque he escrito novelas de unas 400 páginas (El reino vencido, por ejemplo), cada tanto escribo obsesivamente relatos pequeños. Ahora, más que explicar las razones por las que los escribo desde hace más de cinco décadas, prefiero mostrar algunos de ellos. Podría ser más entretenido que teorizar.

Juramento

Lo juro, nunca me acosté con él. Siempre hicimos el amor de pie.

Falos de ciego

La mujer salió profundamente consternada de la habitación nupcial aún virgen: pobre, se había casado con un invidente sin puntería.

Novelista afortunado

Dickens fue un escritor afortunado: para hacer sus obras maestras contó con la poderosa ayuda de Oliver Twist y David Coperfield.

Perversiones

La correspondencia y las autobiografías son como el espejo: un invento perverso para desatar la vanidad.

La pareja dispareja

Era una pareja de varones homosexuales. Realmente era dispareja: Jorge, joven y guapo, Marcos, feo y viejo. Esa noche decidieron ir a una fiesta de disfraces. Ambos optaron por ir como Dorian Gray: el primero era el personaje, el segundo su retrato.

Sus últimas palabras

Al reaccionar, quiso ver dónde estaba. En pocos segundos se percató que estaba dentro de un ajustado ataúd, muerto y sepultado.

-Ahora sí -dijo calmado, en su habitual lenguaje-, ni para dónde moverme.

Palabra cumplida

Arrogante, Galileo, ante príncipes, científicos y eclesiásticos, retó: Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, tratando de mostrar que la Tierra es redonda y gira. No faltó algún colega asimismo vanidoso que le acercó la Luna, hasta casi rozar con la Tierra. Galileo tuvo que cumplir su palabra: con una descomunal palanca movió al planeta. Pero lo hizo con tanta fuerza que lo sacó de su órbita. Desde entonces, somos una especie de pelota azul rodando por el Universo. El planeta errante lleva un sol ilusorio y carece de lunas.

Búsqueda

Corrió, huyó, se lanzó en desaforada carrera, angustiosa: trataba de huir de sí mismo.

-Quizá lo consiga -dijo tristemente su madre.

No nos olvidemos mutuamente

Nunca arrinconaré en la memoria los ojos fríos del hombre que conducía a toda velocidad e irresponsablemente su automóvil: fue un impacto brutal y mi cuerpo quedó destrozado. Del mismo modo espero que él jamás olvide los míos, abiertos por la angustia, el dolor y la desesperación de la muerte.

El hombre infeliz

Siempre detesté la felicidad. No hubo día en que no batallara contra su estúpida sonrisa y sus manifestaciones rudimentarias y prosaicas. Hoy al fin logré eliminarla de mi vida mediante un pistoletazo muy preciso en la sien.

Precisión

Miró con atención el reloj: las tres de la mañana. Poco después, vio que seguían siendo las tres. Finalmente, el sol brillaba, pero seguía mirando que eran las tres. No cabía la menor duda: fue la hora en que murió.

Golpiza memorable

La hormiga fue ingresada en el hospital con serias heridas. El médico le dijo: tiene usted una asombrosa multitud de golpes, como si muchos insectos la hubieran agredido con violencia. La hormiga balbuceó: sólo fue un ciempiés que ebrio la emprendió contra mí a patadas.

Nuevas tecnologías

Las nuevas tecnologías avanzaban de manera impresionante. La computación y los androides, las máquinas eran formidables. Pero él no era una persona que fácilmente aceptara los avances científicos, rechazaba el uso de la electrónica y prefería escribir en su vieja Remington y escuchar música en antiguallas como los discos compactos. El colmo -un escándalo-  fue su confesión de que seguía masturbándose ¡con la mano!

El tamaño de la cárcel

El animal que vive dentro de una jaula únicamente ve a un prisionero con más espacio que el suyo.

Los fantasmas y yo

Siempre viví atemorizado por los fantasmas hasta que un día crucé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.


La crónica

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