Tantadel

febrero 11, 2013

Pablo Neruda en el corazón


Los primeros versos que intenté memorizar fueron de Bécquer y García Lorca. En la preparatoria leí a Pablo Neruda, curiosamente sus poemas políticos, a pesar de las afinidades, no me conmovieron, pero sus celebérrimos Veinte poemas de amor y una canción desesperada me emocionaron tanto que casi consigo aprenderlos todos. Realmente Neruda jugó un papel importante en mi vida, mejor dicho, su obra poética y su vida de comunista ejemplar. Un día, ya en la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales, mi profesor Víctor Flores Olea, curiosamente de Introducción al Estudio del Derecho, materia que jamás impartió ocupado en leernos a Marx y Engels, nos dijo: En un momento más, Pablo Neruda dará un recital en el auditorio de la Facultad de Ciencias. Vayamos, precisó el maestro, quien semanas antes nos invitara al mismo sitio a escuchar una de las últimas grandes conferencias magistrales de Vicente Lombardo Toledano sobre el camino mexicano al socialismo. La vida cultural universitaria era intensa y avanzada.

Apenas pudimos entrar. Los muchachos de Filosofía y Letras habían llegado antes y los que pertenecían a otras carreras hallaron lugares distantes. La mía fue una mejor suerte: siguiendo a mi profesor, pude sentarme enfrente del sitio donde Pablo Neruda leería su poesía. Me topo ahora con un pasado extraño y grato. Aquel académico que prefería oír poesía a dar clase de Derecho, muchos años después me presentó al famoso poeta soviético Evtushenko, quien en 1968 dio un recital en la Arena México ante un público de más de 25 mil almas. Los libros que me firmó el autor de Autobiografía precoz y Babi Yar están en el Museo del Escritor.

Cuando Neruda entró al escenario, una inmensa ovación juvenil lo recibió. Yo pensaba, emocionado, que era el poeta que estuvo con la España republicana, que había expresado su apoyo a los soviéticos cuando combatían por salvar de las tropas nazis a Leningrado, Moscú y Stalingrado, ciudades emblemáticas para los comunistas. En sus bellísimas memorias, Confieso que he vivido, el poeta chileno expresa en 1943 su confianza en la victoria del Ejército Rojo, en ese momento seriamente amenazado.

Neruda leyó con su voz monótona y poco cordial al oído una serie de hermosos poemas que a todos nos conmovieron. Algunos eran inéditos y otros bien los conocíamos los que estábamos allí. Salimos del auditorio profundamente emocionados, todos hablaban de Neruda, los más audaces fueron en su búsqueda para obtener una firma o simplemente para expresarle su admiración. Neruda fue un buen amigo de México y de sus mejores productos. Estuvo con Tina Modotti, a quien le hizo un poema delicado y tierno (está en el Panteón de Dolores, en su lápida) y le compuso uno más al legendario y temperamental Siqueiros, postrado en Lecumberri, bajo la acusación del gobierno de López Mateos, fuera de subterfugios legales, de ser comunista.

Cuando triunfa Salvador Allende y socialistas y comunistas prueban que también la vía electoral funciona para arribar al poder, Pablo Neruda ya declina (nació en 1904), el cáncer lo invade. Aún tiene tiempo para ver una última aberración: su amigo Allende es asesinado por las tropas traidoras de Augusto Pinochet y muere en sospechosas circunstancias el 23 de septiembre de 1973. Desde el principio hubo quienes imaginaron que los pinochetistas (ya habían destruido sus pertenencias y saqueado sus casas de Santiago y de Isla Negra) fueron autores de un velado crimen. El poeta, aún agonizante, era demasiado peso acusador para la sangrienta dictadura. En principio, las personas cercanas pensaron que lo mejor sería dejar que el cuerpo reposara sin profanaciones de ninguna clase, pero la sospecha creció y ahora, según informa EFE, un juez chileno ha ordenado la exhumación de los restos de Neruda para saber con precisión si lo mató el cáncer o una inyección letal ordenada por los verdugos de la izquierda chilena.

La Fundación Pablo Neruda ha aceptado el hecho y precisa a través de su vocero, Fernando Sáenz Gana, que están tranquilos, pues existe la certeza de que la exhumación será respetuosa con los restos del escritor genial, a quien muchos críticos consideran uno de los mayores poetas de todos los tiempos. Sólo con la cita del Canto general, Pablo Neruda se alza a alturas inauditas.

En estas mismas páginas, precisé mi punto de vista sobre la inquietud que prevalece acerca de la muerte de Allende: ¿asesinato o suicidio? Desde mi perspectiva, en ambos casos es un asesinato y sólo es cuestión de ajustar los términos. Tanto para uno como para el otro, la tragedia ocurrió bajo la feroz amenaza de Pinochet. Lo mismo pienso ahora: Neruda murió a causa más de la violenta presión de los golpistas que la del cáncer.

Eso señalé cuando mi entrañable amigo, el escritor chileno y militante comunista Poli Délano, me llevó a Isla Negra en un viaje memorable, donde me sentí íntimamente vinculado al autor de Estravagario, Odas elementales y Que despierte el leñador, el hombre que fue poeta combatiente y que jamás cedió un milímetro sobre sus ideas. Un devoto de la mujer y del amor. Jamás estuve tan cómodo entre caracoles y libros y los nombres de los mejores amigos de Pablo Neruda.

Opinión - La Crónica

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