Tantadel

febrero 18, 2013

Periodismo, ética y estética


Desde su nacimiento formal, el periodismo se ha debatido entre la ciencia (social) y el arte, a veces fue una cosa, a veces fue otra. Desde entonces existió la preocupación de fusionar el arte y la ciencia con la ética (el apego a la verdad). La lucha no ha sido fácil ni breve, a la fecha no hay tantas personas que entiendan una idea de Kapuscinsky: el periodismo no es para cínicos, en cambio, es arte.

El mundo es cambiante; en consecuencia, lo es el periodismo. Si antes sus avances se daban con lentitud, hoy, en un mundo globalizado básicamente a través de la comunicación, son más acelerados. El mundo se empequeñece a gran velocidad con enorme apoyo en la tecnología. Internet, desde luego, puede ser arte, sentido de la ética, espíritu de justicia, todo depende quién maneje la computadora. Esto nos lleva a un dilema: ¿qué clase de periodistas necesitamos? ¿Los queremos improvisados, superficiales, frívolos, que se limiten al boletín y a las generalidades, o los requerimos convertidos en rigurosos investigadores como Sherlock Holmes o Hércules Poirot, hurgando hasta en los detalles más nimios para ajustarse a la verdad y dándole a su prosa el sentido estético que manejaron Melville, Proust o Hemingway?

El periodismo no es sólo la noticia, es la historia de un proceso complejo y sus efectos repercuten donde hay seres humanos, dramas, conflictos y resultados de alarma. De este modo, en la década de los sesenta trabajaron periodistas-literatos como Norman Mailer, Truman Capote y, desde luego, Tom Wolfe, para desatar una revolución que aún avanza y recupera los mejores elementos del pasado que lo hicieron posible: los novelistas y sus obras de ficción basadas en realidades que inquietan. No obstante, imposible dejar de lado que Daniel Defoe, un autor de ficciones memorables como Moll Flanders, se introdujo intempestivamente en el mundo de la información con Diario de la peste, 1722, un libro que en rigor es un reportaje retrospectivo y que algunos ven como crónica. El dato es más evidente como punto de partida, pues, por ejemplo, las crónicas de Bernal Díaz del Castillo son anteriores, pero en momentos se mezclan con la fantasía religiosa del autor.

La globalización conlleva desafíos que debemos vencer. Uno es la frivolidad, la innegable tendencia a ser superficial en aras de la rapidez y el entretenimiento fácil. Estamos convirtiendo a los lectores en televidentes que apenas reflexionan, que son receptores de emisiones estúpidas.

Entre lo escrito y la televisión, está la radiofonía que se esfuerza por reponerse del éxito de las pantallas y arriesga buscando mejores comunicadores. Pero es en los medios escritos donde aparece sin duda el mejor periodismo. Es verdad, algún día será alcanzado por la tecnología y desaparecerá, mientras tanto nuestro deber es cuidarlo y mejorarlo. Tenemos que arropar la tarea informativa con el arte y la moral. Imposible dejar de lado que los comunicadores se ubican en medio de la sociedad y el poder. A la primera se le sirve; al segundo se le critica sin cortapisas. No hay otra tarea ni más función que la de informar con agudeza y profundidad, hacer un periodismo de intensidad que puede exigir secreto o discreción sobre las fuentes.

Los medios electrónicos ganan terreno. La prensa escrita -dicen- cede, pierde espacios. Puede ser, lo veremos a largo plazo. Por ahora hay algo que vence a la rapidez electrónica: la prensa escrita. Si bien radio y televisión nos muestran la noticia en el momento mismo en que se da, es el periodismo escrito quien explica el fenómeno y lo analiza minuciosamente. Vemos una declaración de Obama, pero ¿dónde está la reacción seria, profunda, a sus palabras? No en esa misma pantalla. Surge como resultado de la experiencia de quienes ejercen el análisis y la reflexión por escrito. En toda lógica periodística, los famosos cinco sentidos del periodista de Kapuscinsky son seis, pues al estar, ver, oír, compartir y pensar, siempre habrá que añadir escribir. Por ello recomendaba leer poesía, literatura, para embellecer las herramientas del seco y a veces rudo oficio periodístico. Y por ello, Alberto Dallal habla de periodismo literario, es decir, bien escrito. Sin esta acción no hay periodismo grande, desaparece la intensidad del texto. Los medios televisivos o radiofónicos parecen sólo necesitar presencias y voces, pero atrás de cada uno de aquellos que trabajan en los glamorosos medios electrónicos siempre hay un complejo trabajo escrito. Sin una buena escritura, el periodismo es palabrería, poca reflexión y verborrea.

La tarea de comunicar le concede, a quien bien la realiza, una recompensa ilimitada: el agradecimiento y el respeto de una sociedad orientada correctamente. Ahora bien, ¿de dónde sale el periodista ideal que apenas hemos esbozado? Puede formarse en las salas de redacción, como hasta hace poco tiempo, pero asimismo egresan de las universidades, donde el joven recibe no sólo los elementos académicos, también una clara idea del código moral que debe llevar como escudo y divisa. La corrupción tiene que cesar del todo. El informador serio se debe a la sociedad y darnos su esfuerzo ético y estético, dejando la arrogancia de lado, allí está su mayor compromiso, no con el político todopoderoso, ni partidos ni con el Estado. Tendrá que encontrar su sitio junto a los mayores intereses de la nación.


La Crónica

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