Tantadel

febrero 17, 2013

Poder y medios



Al periodista lo veo como intelectual, así lo digo en mis clases de Comunicación en la UAM Xochimilco. No vende su fuerza de trabajo física, su tarea es resultado de lecturas, escritos y profundas reflexiones. Hablo de los mejores, naturalmente. Por ello con facilidad vemos a un académico o un literato en las páginas editoriales de los diarios, los escuchamos en radio y los miramos en televisión. En este caso, me parece que el intelectual, sea periodista o no, debe mantener distancia con el poder. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en una suerte de corrupción o autocensura involuntaria. Al estilo del síndrome de Estocolmo, comienzan a aparecer los periodistas al servicio de un político poderoso, que los atrapó. El reportero y especialmente el columnista viven bajo esa presión permanente. Los mexicanos no aprendemos a coexistir con el enemigo sin amarlo. Conozco docenas de periodistas, reporteros afamados o columnistas bien informados, que aceptaron quemarse en el fuego del poder político.
No es fácil ser periodista y no corromperse aunque sea “un poco”. Hubo personajes políticos que fascinaban, porque ahora todos mueven al desdén o al ridículo. Si antes parecían vivir en nubes de incienso, ahora son humanos que no inspiran respeto. Comenzamos a vivir la democracia, donde todos somos iguales y en el mejor de los casos, cada uno ejerce su trabajo. Se puede y debe criticar a un político y si aquél lo desea, mantener la amistad o un cierto sistema de comunicación.
En un libro de Raúl Cremoux, amigo de varias décadas, Nada como el poder, aparece una entrevista realizada a uno de los hombres políticamente más poderosos y más típicamente priista que hemos padecido: Carlos Hank González. Allí está el hombre todopoderoso, que comenzó, le dice a Cremoux, vendiendo dulces y reunió el dinero suficiente para adquirir una pipa para transportar combustible y luego otra y así llegó a millonario y desde luego a político de muy altos vuelos. Una de sus más citadas máximas es la siguiente: “Político pobre, pobre político”. Si aceptamos que López Obrador recibe, ha dicho, 50 mil pesos mensuales y lo vemos gastar millones en sus acciones políticas, la frase de Hank González es correcta y no se refiere únicamente a los priistas.
Hank González ocupó cargos en los más altos niveles, le faltó, como a Jesús Reyes Heroles, la Presidencia: tenían un problema constitucional: eran hijos de extranjeros. Este problema desapareció con Carlos Salinas y quien pudo aprovecharlo fue Vicente Fox. El político multimillonario del grupo Atlacomulco, se enriqueció como todos sus pares, al amparo del Estado. Pero, dicen quienes lo trataron, que tenía un trato fino, elegante y cordial, especialmente con los intelectuales. En su mesa, como en la de Carlos Slim, (que no necesita ser político para tener enorme influencia sobre el país) solían sentarse los más afamados escritores y periodistas, esos que son parte de la veneración juvenil porque los suponen distantes del poder. Siempre había algún regalo para ellos. En lo público y en lo privado. Julio Scherer cuenta en su libro La terca memoria, historias personales de esta índole.
Pero mantenerse lejos del poder significa para un periodista carecer de información de primera mano. El riesgo es latente: ¿Cómo recibirla sin perder ni la amistad ni la decencia? No es sencillo. La obligación del periodista es para con la sociedad, al político se le critica. ¿Aplaudirle por una acción acertada? No. Para eso, cobran y bien. Vivo fundamentalmente de la academia y estoy muy lejos del poder. No podría precisar sus perversiones. Me informo por los mismos medios y no por confidencias de políticos. Por razones de trabajo he comido con algunos de los más influyentes ni siquiera tomo nota. Los veo y me percato de su escasa cultura. En tanto algún colega hace la pregunta obvia que tiene una respuesta obvia.

Excelsior

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