Tantadel

marzo 06, 2013

Presidente, sólo hay uno


La euforia por el regreso victorioso del priismo se ha extendido luego de la aprehensión de Elba Esther Gordillo, quien luego de conspirar contra los intereses nacionales en su casa de California, fue aprehendida cuando llegaba a alborotar la gallera, como dice el refrán. Ahora todos ven a Enrique Peña Nieto como un gran estadista, lejos quedaron los insultos y las agresiones, siempre exageradas, de sus rivales. Viva México, el presidencialismo ha vuelto. Está vivo y goza de inmejorable salud.

Realmente al PRI le fue muy bien cuando estaba íntimamente ligado con el llamado primer mandatario. Pero luego la modernidad trajo más frases que ideas y comenzó a correr el rumor de “la sana distancia entre el partido y el presidente”. Salinas fue cauteloso y medio la usó de forma peculiar porque él sí que no compartía el poder. El PRI mordió el rebozo, pero no se preocupó. La mancuerna era indisoluble. Ernesto Zedillo llegó a Los Pinos caído del cielo. Muerto Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho disgustado por no ser el seleccionado por el dedo de la patria, el salvador era ese joven tecnócrata que jamás había tenido un cargo de elección, que le gustaba bucear y nadar de muertito. Fueron malos años para el PRI. Zedillo cultivó con esmero la caída del partido que lo llevó al poder. No dudo que le haya gustado entregarle Los Pinos a Vicente Fox; lo hizo con buenos modales y una sonrisa diabólica. Sin duda se burlaba del partido que lo encumbró.

En adelante, el PRI no dio pie con bola y de nuevo perdió con Calderón. En la República de pronto aparecían priistas resentidos o de habilidoso oportunismo que optaban por sumarse a las fuerzas del PRD o del PAN para obtener una gubernatura. De este modo comenzó la diáspora política. Claro, los candidatos Labastida y Madrazo contribuyeron a la derrota. Sólo los realmente fieles se mantuvieron en el partido que pensamos iba a deshacerse y jamás volvería a ocupar la Presidencia. Sin embargo, el castigo celestial fue suspendido. Entre las torpezas inauditas de los panistas y su ahora llamada docena trágica y los gritos salvajes del perredismo hicieron recapacitar al país y con relativa facilidad se dio lo que se antojaba imposible: el retorno de los brujos. Al frente venía un candidato cordial, joven, que evitaba confrontaciones y firmaba todo lo que se le ponía al frente. Hizo una campaña aceptable y supo eliminar los obstáculos. Más que el PRI, lo acompañaban amigos cercanos que supieron sacar provecho de los errores de sus rivales.

Luego Peña Nieto comenzó a trabajar con cautela y sensatez. Sus rivales tradicionales, PAN y PRD, fueron guardando silencio y más preocupados en no descender a los infiernos de la derrota, optaron por apoyar en lo posible las acciones del presidente.

Hoy tenemos a un PRI de nuevo gozoso, ha regresado a las frases hechas. Que no le tiemble la mano, tenemos líder, tenemos rumbo… Falta aquello de con usted hasta la ignominia. Pero por allí van los nuevos priistas y muchos muertos resucitados como los dirigentes de la CTM. No parece tener enemigos al frente y el único que se mantiene como tal, López Obrador, en su momento, saltará otra vez al cuello de Peña, pero sin posibilidades de hacerle daño. Es solamente para cumplir una rutina sexenal: la de perder las elecciones.

Así como bien dice la expresión popular: madre sólo hay una, Presidente sólo hay uno. El partido ha cerrado filas en torno a su mandatario, lo aplaude, es una gran estrella en el firmamento político, la cargada es algo cotidiano, las mujeres quieren acercarse a él y los hombres se desgañitan aplaudiendo al nuevo caudillo. Para eso el hábil Lázaro Cárdenas inventó el presidencialismo, para disfrazar al caudillo que todo mandatario lleva dentro. El pasado encuentro priista fue impresionante. Miles de manos aplaudiendo sin cesar. Hasta yo recibí, por primera vez en mi larga vida, invitación para asistir, donde me rogaban que llegara hora y media antes para recoger mi matraca y ocupar el asiento que me correspondía. Para confirmar mi asistencia, me llamaron por lo menos tres veces. Por supuesto, no asistí. Cuando vi los redivivos resultados, las multitudes aplaudiendo y coreando el nombre del Presidente, hoy nuevo caudillo, pensé en que el PRI es experto en someterse al mandatario en turno. De nuevo es una simple maquinaria electoral, lo que ha sido siempre. Por ahora su ideología es peñista, pero dentro de seis años, si vuelve a ganar, llevará un nuevo ismo, el del apellido del nuevo líder o caudillo.

Me parece que en el fondo a la mayoría del país le da gusto el regreso del dinosaurio. Los panistas no saben gobernar, desconocen las funciones del Estado. Y los perredistas son más priistas que los priistas. En este contexto, no cabe duda, el presidencialismo-caudillismo ha vuelto como victorioso gladiador. Se acabó aquello que les produjo dos derrotas presidenciales: la sana distancia entre el partido y el Presidente. Así es: Presidente, sólo hay uno y es Peña. Y el partido está a su servicio sin críticas ni discrepancias, como un solo hombre y, para no ser sexistas, como una sola mujer.


La crónica

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