Tantadel

febrero 20, 2013

¿Qué tanto queda del viejo presidencialismo?


En los tiempos en que gobernaba Miguel de la Madrid, la Universidad de Berkeley organizó una mesa redonda con unos doce o trece académicos y periodistas mexicanos, y nos recibían allá otros tantos profesores norteamericanos para discutir el papel de la izquierda en México. La mayoría de los invitados era militante del Partido Comunista y sólo dos pertenecían a un grupo de intelectuales que han sabido sortear los enigmáticos caminos de la política mexicana y permanecer siempre en el poder o muy cerca de tan privilegiada situación. Cuando comenzaron las mesas redondas californianas, Froylán López Narváez explicó que estaba visto que la ropa sucia sí se lavaba fuera de casa. De inmediato todos y cada uno de nosotros dimos nuestras opiniones sobre el espinoso tema. De pronto uno de los dos cercanos al poder priista, disfrazado de izquierdista, dijo algo que desconcertó al sector rojo: El presidencialismo ha muerto, hemos entrado en una nueva etapa.

En mi turno, siguiendo la línea que este profesor de la UNAM había indicado, precisé que no lo creía, que el presidencialismo a la mexicana, por ser hijo legítimo del caudillismo, con poderes que le venían tanto de la Constitución como de la propia historia, simplemente subía o bajaba de intensidad según la personalidad del mandatario en turno. Miguel de la Madrid era de trato suave, a diferencia de Gustavo Díaz Ordaz o de Luis Echeverría, y que eso matizaba a la silla presidencial.

Los tiempos han cambiado. El Partido Comunista se extinguió y no quedan sino polvos de aquellos lodos que nunca amenazaron a la burguesía nacional ni en los tiempos en que algunos compañeros desesperados se lanzaron a la guerra de guerrillas. En 2000 pensamos que el PRI se iba para siempre, pero ante la incapacidad política del PAN y del PRD, doce años después regresó orgulloso de su hazaña. En todos estos años la sociedad ha aumentado su capacidad crítica, los medios no saben qué hacer y los partidos buscan su lugar dentro del magno presupuesto que el gobierno les concede para que pensemos que la democracia ya llegó y sólo falta darle una pulidita.

Para muchos el PRI no ha cambiado en absoluto. De una u otra manera ven a Peña Nieto como el producto de una conspiración que incluye a los poderes políticos, económicos y mediáticos (la televisión comercial), que deciden el rumbo de México. Pablo González Casanova los señalaba como factores reales de poder e incluía a la embajada norteamericana y al alto clero. Me parece exagerado decir que Peña Nieto es un instrumento de esas fuerzas, más bien un simplismo. El asunto es más complejo. Pero a los politólogos de café les encanta simplificar los sucesos políticos y descubrir conspiraciones cinematográficas.

El presidencialismo no se ha ido. Fue lo que sostuvo a dos incapaces como Fox y Calderón: el peso de las instituciones existe. Insisto, a pesar del tiempo transcurrido entre aquellas sesiones de Berkeley y hoy, en que tenemos para rato un sistema presidencialista evidente, y en donde los otros poderes, de una u otra manera, en lo fundamental, se subordinan al Ejecutivo. Si uno mira el actuar diario de los integrantes del gabinete, no es difícil escuchar que toda su labor la realizan por instrucciones del señor presidente. Carecen, pues, de méritos propios. Todo sale de Los Pinos, justo del despacho del primer mandatario.

Los intentos para contrarrestar el autoritarismo presidencial son bromas, distracción. A cualquier aspirante presidencial le gustan las cosas como están. Con la vuelta del PRI, todo regresa al buen camino, menos empedrado que en el pasado inmediato. Por ejemplo, el llamado Pacto por México, todos lo firmaron gustosos, algunos refunfuñaron porque Peña Nieto lo propuso, pero finalmente lo suscribieron los distintos partidos mayores. Hace unos días, el perredista Miguel Barbosa le declaró al director de La Crónica, Guillermo Ortega, que dicho pacto fue posible “porque los extremos se anularon”. Los extremos, imagino, son la derecha panista y la imaginaria izquierda perredista y es evidente que el centro lo representa el PRI por voluntad propia y porque el término revolucionario se gastó hace unos cuarenta años.

No deja de tener razón Barbosa, pero para una sociedad como la nuestra, en busca de rumbo, resulta peligrosa su aseveración. Indica que una vez que los extremistas se fueron, la cordura retornó y entonces es posible que, como en los mejores tiempos, desparezca la asociación de gobernadores (Conago, la que en algún momento pareció ser contrapeso al presidencialismo) para dejar sólo en la arena política al presidente de todos los mexicanos, así de fácil.

No deja de ser preocupante que vean con buenos ojos a un partido que hasta hace poco era llenado de insultos y que todos crean que el presidente es de nuevo infalible o casi. No volveremos a los años anteriores al 2000, pero México comienza a retomar una senda peligrosa, donde quien gobierna es una sola persona y los que obedecemos somos el total de la población, incluida la oposición leal.

La solución sería transitar a un sistema parlamentario, pero viendo los pleitos de senadores y diputados, sus bajísimos niveles intelectuales y su avidez por hacer lucrativas carreras, es mejor quedarnos con el añejo y estorboso presidencialismo a la mexicana. Siempre será mejor un minicaudillo que cientos de ellos.



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