Tantadel

abril 26, 2013

Defender a la universidad pública


He señalado de mil maneras, en artículos, conferencias y libros el enorme adeudo que el país tiene con las universidades públicas. Entre todas, empezando por la UNAM y la UAM, han edificado al país. Las conozco bien porque en ellas estudié y he trabajado siempre. Entiendo su autonomía, la pluralidad existente y el derecho a criticar al Estado que las creó. Lo que resulta inexplicable es que sean botín primero para políticos, segundo para grupos de facinerosos que deciden dar una lucha sin más sentido que sentirse “revolucionarios”. Lo único que unos y otros consiguen es poner a la nación en manos de las universidades privadas. Las familias ricas o de medianos ingresos, envían a sus hijos a instituciones particulares porque “allí sí se estudia”, porque no hay “revoltosos”. Una tontería que no deja de tener sentido o ciertos fundamentos cuando uno ve casos extremos como la UACM.

La UNAM y la UAM son instituciones generosas, de alto rango. Están cercadas por la incomprensión de nuevas generaciones de políticos y funcionarios que han egresado de costosas escuelas privadas. Los presupuestos disminuyen y pocos se percatan de que si en Finlandia o Suecia hay tan alto desarrollo se debe exclusivamente a la educación. El caso de los maestros del SNTE y de la © es patético: una lucha por tener líderes que les garanticen bajos niveles. Verlos actuar de forma violenta, tomar calles y destruir edificios patrimonio de la nación, realmente avergüenza. Lo único que han ganado es el desprecio de la sociedad y de los buenos maestros, los que tenemos por miles y miles. Para colmo, hay quienes sugieren que es el inicio de una conjura de provocadores que operan principalmente en Guerrero, Michoacán y Oaxaca, donde buscan desesperadamente un choque con las fuerzas de seguridad para desatar algo de mayor magnitud. ¿Dónde está la autoridad que le impida crecer? ¿Las autodefensas que desfilan armadas con los maestros, son para frenar el crimen o para destruir a las instituciones?

Desde hace tiempo, aprovechando la ingobernabilidad (tan cercana a la de un Estado fallido), grupos de estudiantes ante cada acción, buena, mala o equivocada, reaccionan poniéndose máscaras, blandiendo garrotes y agrediendo a las universidades que son el orgullo de México. Vemos a la UNAM: unas cuantas docenas de encapuchados han detenido su funcionamiento sin reparar en el daño producido. Al momento de escribir estas líneas, la rectoría de tal institución, en plena zona considerada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, está en manos de un puñado de vándalos que demandan a golpes la reinstalación de otros vándalos que tomaron un plantel diferente. El rector José Narro, hombre sereno y reflexivo, está irritado, molesto. ¿Por qué paralizan el trabajo universitario, qué ganan, no se dan cuenta de los daños que provocan, del desprestigio al que someten a la universidad pública y no sólo a la UNAM?

Luego, nuevos mercenarios tomaron la rectoría de la UAM-Iztapalapa. No hay fines ideológicos, no existe más propósito que sentirse por momentos “revolucionarios”. Uno de ellos le dijo a su colega de trapacerías: “Oye, a mí me gusta la violencia ¿y a ti?” ¿Qué hacer ante tales jóvenes, que en efecto son minoría? Desde hace cincuenta años a diario trabajo con alumnos y jamás había escuchado semejante estupidez. Si los rebeldes antes citaban en su apoyo a Marx, Trotsky, Bakunin o Guevara, era razonable: atrás había docenas de sólidos argumentos ideológicos. Ahora ignoran con exactitud el origen de la lucha y carecen de objetivos inteligentes.

¿Cómo dialogar con ese tipo de muchachos de escasas lecturas, enormes resentimientos y grandes confusiones? No es fácil. Pero habrá que aceptar que la paciencia se le está acabando tanto al mundo de la academia como a las propias autoridades (aun aquéllas que hablan siempre de diálogo antes que aceptar la existencia de las leyes) y a la sociedad. En las puertas de la rectoría de la UNAM, alumnos que conocen la importancia del diálogo y la pluralidad, trataron de polemizar y mediante conceptos inteligentes han enfrentado a los rufianes que se atrincheraron en tal punto para defender pésimas causas y darle sentido a la irracionalidad.

Es difícil avanzar, imposible educar al país. Porque el resultado es el mismo: las autoridades terminan por ceder ante la ruidosa y dañina serie de peticiones y exigencias de vándalos. Ello se convierte en buen ejemplo a seguir. En Guerrero las autoridades intentan con timidez imponer el orden, los paristas toman las carreteras, destruyen edificios y al día siguiente la victoria es de los peores mexicanos.

El discurso de los diez jóvenes encapuchados que tomaron la rectoría de Iztapalapa es vago, incoherente e inútil. El rector general Enrique Fernández Fassnacht reaccionó con mesura. Piensa que no hay razón para la violencia cuando tenemos caminos legales para polemizar. El eje de los rijosos es apoyar a los expulsados de la UNAM y eliminar el Tribunal Universitario de la misma institución. No creo que en algo semejante haya pensado el Che Guevara cuando se hizo guerrillero. ¿Leyeron las demandas de los estudiantes en 1968?

Quienes estén atrás de estos falsos anarquistas, dañan gravemente a lo mejor del país, no a la clase gobernante ni a los empresarios. Afectan, por último, a la sociedad.

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