Tantadel

abril 08, 2013

¿Dónde se extravió el periodismo cultural?


(Primera de dos partes)
Para la década de los sesenta en EU comenzaron a aparecer literatos importantes que preferían trabajar en diarios y revistas. Tom Wolfe acuña el término Nuevo Periodismo para señalar la mezcla de dos lenguajes: el periodístico y el literario. Esto aparece como una novedad asombrosa y así lo manifiesta el propio Rysarzd Kapuscinski en su libro Los cinco sentido del periodismo. Algunas de las mejores características del Nuevo Periodismo, la ironía, el buen humor, el lenguaje coloquial y una sintaxis audaz, se dieron en la segunda mitad del siglo XIX. Escritores como Ignacio Ramírez, El Nigromante e Ignacio Manuel Altamirano convirtieron el acartonado periodismo en ágiles notas que de pronto estaban más cerca de la creación que del informe de hechos preciso, justo.  Durante los años de la Revolución Mexicana ocurrió otro tanto. De este modo fue apareciendo nuestro Nuevo Periodismo. La llamada novela de la Revolución Mexicana contiene tantos elementos autobiográficos que resulta imposible no ver la mezcla de periodismo y de creación literaria. Algunas obras como las Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán son falsa autobiografía y las novelas de José Vasconcelos no son otra cosa que autobiografías. Hay, pues, deliberada combinación de géneros con tal de lograr obras maestras.

Los antecedentes pueden remontarse mucho más atrás. Hay quienes citan El diario del año de la peste de Daniel Defoe (1722), como precursora y los tenemos que van a dos libros de rapiña: Las cartas de relación de Hernán Cortés y La crónica de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, ambos vistos como empresas de “comunicadores”. Kapuscinski  hace su lista e incluye a poetas como Eliot y Wordsworth y narradores como Balzac, Dostoyevski, Orwell y Malaparte. Ello equivale a dar como hechos informativos o periodísticos, seguramente históricos, libros de memorias, diarios, crónicas de viajes y autobiografías. En tal sentido, Michel Tournier los separa y explica que los anteriores son parte del género documental. Pero podríamos decir que muchos de esos libros “documentales” con frecuencia son parte de la ficción del escritor, de su imaginación, a veces en forma deliberada, otras como resultado de recuerdos imprecisos o borrosos. La historia es asimismo inexacta por más que la consideremos una ciencia. Por siglos aceptaron la existencia del ave Roc sólo porque Herodoto la citaba en sus Nueve libros de Historia. Pero sabemos que la historia es variable y sufre modificaciones según las simpatías personales del “científico social” que analiza al personaje: no es lo mismo el Benito Juárez de Francisco Bulnes o de José Vasconcelos que los de Héctor Pérez Martínez o Ralph Roeder. Para los primeros es un canalla, para los segundos, un héroe impecable. Ello nos lleva a una complejidad mayor y una riqueza que debemos explotar sin miramientos. Hace algunos años dicté una conferencia en una universidad de EU, el tema era discutible y fascinante: la autobiografía como ficción. En este trabajo despojé de precisiones a los géneros escritos y les di una atractiva ambigüedad o una falsedad definitiva. No es posible confiar en libros autobiográficos que han sido escritos en la vejez o en diarios de mitómanos (los artistas suelen serlo), pero sí aceptarlos por su belleza. La autobiografía y sus variantes padecen egocentrismo, lo cual es normal. Por regla general se trata de personajes que al verse exitosos piensan que es su deber redactar la historia de sus acciones. De este modo Churchill pasó de la política a la historia y enseguida, gracias al premio Nobel, a la literatura.

Es posible añadir que toda la literatura, como precisa Roland Barthes, “está penetrada de socialidad. Los materiales que utiliza provienen esencialmente de la sociedad, de la historia de la sociedad. Resulta inconcebible escribir el texto más mínimo sin que por él, de un modo u otro, pase la historia y, desde luego, la sociedad con sus divisiones, sus conflictos, sus problemas…” ¿Acaso no sucede lo mismo con el periodismo? Quizá un límite pudiera ser la sutil diferencia entre fantasía y realidad, la primera aplicada a la literatura y la segunda al periodismo, pero con asombrosa frecuencia la línea fronteriza se hace cada vez más delgada ante los ojos del periodista agudo e inteligente, en consecuencia ante los del lector. No hay texto, por más fantasioso que sea, que no posea elementos tomados de la realidad. Al revés, la realidad inmediata puede estar llena de fantasía.

En Tom Wolfe hay aportaciones notables: el dejar de considerar al periodismo como un género menor y el rechazar la canonización de la novela como el género supremo. Mientras Wolfe respinga contra el periodismo convencional y la literatura como sinónimo de arte sublime, Norman Mailer experimenta y seduce con Los ejércitos de la noche donde plantea un mismo tema bajo dos enfoques diametralmente distintos: la novela como historia y la historia como novela. Los resultados son asombrosos y nos recuerdan que en México el antropólogo norteamericano Oscar Lewis había novelado su trabajo antropológico Los hijos de Sánchez y que Ricardo Pozas había hecho lo propio con el notable libro Juan Pérez Jolote; ambas obras hoy las leemos como historia, como antropología sí, pero también como literatura, no sólo por el esfuerzo de novelar sus investigaciones sino por la buena manufactura de sus textos.

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