Tantadel

abril 10, 2013

¿Dónde se extravió el periodismo cultural? II


(Última parte)

Con la aparición de la obra magna de Truman Capote, A sangre fría, lo que él mismo señala como un nuevo género que no es reportaje y al mismo tiempo acaba con la novela tradicional, las cosas se enriquecen o se hacen más complejas para su cabal entendimiento. Casi al mismo tiempo, novelistas como Norman Mailer escriben grandes reportajes como El combate y Los ejércitos de la noche, donde aparecen nuevas propuestas para enriquecer tanto a la literatura como al periodismo. Sin embargo, la dinámica e intransigente propuesta de Tom Wolfe no parece contar con el decidido apoyo de su generación, a lo sumo la ven como un fenómeno aislado, para justificar, critica Mailer, su propio trabajo. En un libro que escribí a petición de la UAM-X, La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura, recojo multitud de opiniones de literatos y periodistas que no dejan lugar a dudas de las dificultades para encontrar una precisión al tema. Algunos (como José Camilo Cela y Antonio Gala) dicen que periodismo y literatura son la misma cosa, puesto que usan la palabra escrita, pero otros rechazan tal posibilidad y dicen que la literatura es superior al diarismo, que éste es efímero e incapaz de alcanzar los grandes niveles de calidad que posee una novela o un cuento. Aquí aparece Hemingway, quien a pesar de sus recomendaciones a los jóvenes de abandonar el periodismo a tiempo, él nunca dejó de hacer periodismo. En sus páginas literarias hay un realismo proveniente de su trabajo de comunicador. La verdad es que otras son las diferencias entre ambas tareas: el periodismo debe apegarse a la verdad de los hechos, en tanto que la literatura carece de límites. Por otro lado, la última es ficción, el primero es realidad y así lo indica Mario Vargas Llosa en un ensayo notable: “La verdad de las mentiras”. Pero en ambos casos debe prevalecer la osadía de un nuevo y más rico lenguaje y seguramente una estructura menos convencional. Por desgracia, las libertades y las intromisiones literarias no son muy del agrado de los directores de secciones políticas o económicas, suelen ser excesivamente celosos de las tradiciones y en ellas el reportaje es el reportaje y el artículo de fondo no va más allá de los límites que le conocemos. En consecuencia, es en el suplemento cultural donde pueden darse mejor las innovaciones, donde la riqueza de la literatura puede mejorar al periodismo.

La tarea de comunicar le concede, a quien bien la realiza, una recompensa ilimitada: el agradecimiento y el respeto de una sociedad orientada correctamente. Ahora bien, ¿de dónde sale el periodista ideal que apenas hemos esbozado? Puede formarse en las salas de redacción, como hasta hace un tiempo, pero asimismo egresan de las universidades, donde el joven recibe no sólo los elementos académicos, sino también una clara idea del código moral que debe llevar como escudo y divisa. La corrupción tiene que cesar del todo. El informador serio se debe a la sociedad y darnos su esfuerzo ético y estético, dejando la arrogancia de lado, allí está su mayor compromiso, no con el político todopoderoso ni con los partidos ni con el Estado. Tendrá que encontrar su sitio junto a los mayores intereses de la nación.

¿Cómo formarse en el periodismo cultural? Los caminos pueden ser diversos, destacan las escuelas y las mismas redacciones. Pero hay uno que conduce de la mejor forma posible a este diálogo entre escritores y lectores: la cultura, el arte. Decía Kapuscinski que se aprendía más política en un museo que en los escenarios naturales de tal actividad. Siguiendo esta lógica, el joven periodista que se asuma colaborador de secciones y suplementos culturales deberá ser dueño de una amplia cultura. Las visitas a museos y galerías, a espectáculos de alta cultura y manifestaciones populares, los conciertos y los recitales, la literatura y la cinematografía, la lectura y el trato con los autores, son un camino formidable que, créanme, nada tiene de tedioso. Así lo he pensado desde que a los veinte años me acerqué al poeta y periodista español Juan Rejano para publicar en las hermosas páginas del suplemento cultural de El Nacional, Revista mexicana de cultura. Fue mi primer maestro en tal vocación. Más adelante, colaboré en las páginas del suplemento México en la cultura, ya en la revista Siempre!, donde Fernando Benítez me recibió con su acostumbrado mal humor. En 1984 fundé El Búho, suplemento de Excélsior, cuya vida de unos trece años me permitió obtener multitud de premios, incluido el Nacional de Periodismo que concedía el gobierno de la república. Hoy apenas veo unas modestas páginas destinada a temas culturales, mezcladas con el espectáculo y el entretenimiento comercial, que tanto promueven los políticos mexicanos, suponiendo que los harán populares, sin percatarse que contravienen las tradiciones luminosas del mejor México.

De cualquier manera, escribir bien, como Novo o Leduc, digamos, produce algo que podríamos llamar periodismo literario y le concede perdurabilidad. Deja de ser efímero, momentáneo. Se hace historia y literatura. Como he escrito en estas páginas: hay que añadirle a la estética, la ética.

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