Tantadel

abril 12, 2013

El presidencialismo redivivo

Deben universidades públicas evitar modelos de culto al mercado:

José Narro

En años recientes hemos asistido al “descubrimiento” del presidencialismo. Primero fueron tímidos análisis acerca del extraño fenómeno que desciende del caudillismo y que inventa o le da forma legal el general Lázaro Cárdenas. Más adelante los propios ex presidentes comenzaron a decirnos, no exentos de cinismo, cómo habían elegido a sus sucesores o, peor aún, cuál había sido el proceso mediante el cual obtuvieron la llave de Los Pinos. Algunos investigadores escribieron libros donde hablaban cautelosamente de las facultades metaconstitucionales de los presidentes: sumadas a las que les permite la Constitución, resultan una fuente de poder inagotable.

Pero dos fenómenos han acotado al presidencialismo mexicano. El primero fue el abuso y la reacción de la sociedad en contra de ese inmenso poder. El segundo fueron las derrotas que el PRI sufrió a manos del PAN. Ambos casos remodelaron al agotado esquema. Hoy no es que Peña Nieto sea un acabado demócrata, sino que los medios y los sectores más avanzados de la sociedad no le permiten más recurrir al autoritarismo con frecuencia brutal, al abuso, al nepotismo y a la corrupción del pasado. Los mismos partidos opositores al Revolucionario Institucional buscan reacomodo, nuevas posturas, no es posible que sigan vociferando contra el pasado (que es el suyo también), participando de los mismos métodos priistas y utilizando la corrupción como conducta política.

Los presidentes, luego de Lázaro Cárdenas, se han caracterizado por ser hombres de claroscuros. Alguien podría decir con razonable ironía que predomina la parte oscura. Pero también hubo aciertos, acciones que le permitieron al PRI mantenerse por décadas en el poder y actuar a placer, dominar a la sociedad y corromper a los medios. El estancamiento que sólo el discurso político ignora, se ha hecho algo afín al mexicano. El periodismo de calidad y los analistas académicos se han convertido en pésimas batutas. Nada dirigen y sí en cambio entorpecen más el sinuoso camino hacia el desarrollo y la armonía. A Peña Nieto debemos darle por ahora el beneficio de la duda, pero su discurso es confuso, repetitivo y cargado de temores. Un caso: su relación con escritores y artistas plásticos.

De otro lado, los intelectuales han fallado estrepitosamente en lo político. Si bien la mayoría cumple con su función primordial, hacer arte, son muy escasos aquellos que tienen coherencia política. El intelectual orgánico en México no es el que miraba Gramsci, fiel a una causa o postura. A una ideología. Son leales a sí mismos. Ayer apoyaban a López Obrador, ahora comienzan a acercarse a Peña Nieto. Con Miguel Alemán, Echeverría y Carlos Salinas ahora son implacables, en su momento les sirvieron. Como mandatario Alemán edificó algo grandioso: la CU, nadie lo menciona, queda como herencia su tendencia al enriquecimiento. Echeverría se rodeó de intelectuales que hoy lo insultan rutinariamente. Algo semejante le ocurre a Salinas, en tanto el gran “modernizador” y con López Portillo, cuya charlatanería careció de límites pero supo convencer. ¿No hay manera de estudiarlos con frialdad y objetividad para al fin saber qué debemos hacer con el presidencialismo mexicano?

El PRI sigue sin ser un partido político, es una aceptable maquinaria electoral. No sirve para otra cosa. Se percató, qué absurdo país, que la distancia con el presidente no ayudaba en sus afanes de triunfo y de nuevo se puso al servicio del primer mandatario. Otra vez las ovaciones priistas resuenan tras cada frase de apariencia genial en boca de Peña Nieto. Todos los méritos son suyos. Sus primeros pasos le dieron sentido al país. Y volvemos a las detestables frases hechas: hay rumbo y timón. Es el mejor mexicano.

Claro, después de doce años lamentables, en realidad vergonzosos, buena parte del país ve como bueno el regreso del PRI. El sistema en su conjunto parece obligado a aceptar la nueva realidad y con discreción se pliega. La oposición ha quedado en manos de López Obrador y, éste, sin recursos y sensiblemente venido a menos, apenas contará. De nuevo el PRI se hará invencible otro buen tramo histórico.

México no tiene referentes ideológicos. Dividimos a las fuerzas políticas por comodidad y porque ellos así intentan definirse. Fernando Savater precisaba, al hablar de la postura de Norberto Bobbio, que “tras la caída del muro de Berlín y el patético final de los regímenes comunistas, la izquierda en todos los países ha quedado desconcertada. Algunos afirman que ya no puede hablarse de izquierda ni derecha y que sólo cabe un pragmatismo político universal…”. Nuestros partidos buscan el centro, despreciado por Maurice Duverger. Nadie realmente tiene en sus manos una nueva utopía ni deseos de revitalizar las antiguas. Los mexicanos vamos dando tumbos según las indicaciones del presidente, de un caudillo temporal que nos dice ser un acabado demócrata y modernizador.

Es posible, siguiendo a Savater, que entre los jóvenes y los eternos rebeldes, que izquierda y derecha sean conceptos válidos y que entre ambas posiciones, necesitemos la primera, pues la segunda a poco o a nada conduce. Lo vemos en donde gobierna. Actualmente el discurso político nacional no funciona más que para darnos ánimos y no perder las esperanzas. Al respecto, ¿qué piensa el PRI? ¿O debemos esperar la respuesta en Peña Nieto?

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